5. Clark Roberts
Nunca había estado en la sala de interrogatorios de una comisaría, y mucho menos como supuesta homicida indirecta.
Aquel rato fue de lo más devastador para mí.
No era suficiente con saber que las únicas tres veces que había tenido el placer de acostarme con hombres habían terminado en tragedias poco probables.
Bent resultó ser un tipo bastante curioso; el típico niñato que juega a ser detective en su primer año de servicio y se encuentra rápidamente con un caso que escapa a toda elocuencia.
Y encima el muy bobo se enamoró de mí como se enamora alguien por primera vez, obsesionándose de tal modo que, a día de hoy, sigue haciendo el ridículo en cada uno de nuestros encuentros, aunque a veces resulta tierno que alguien a quien has rechazado tantísimas veces siga insistiendo de ese modo, con tal perseverancia que merecería al menos una pequeña oportunidad, la cual no llegará, más que nada porque no quiero que muera.
Será tonto, pero no merece morir. En el fondo, es una buena persona.
Eran más de las cuatro de la madrugada cuando mis pies pisaban de nuevo el descansillo de la entrada a casa de mis padres. Cómo no, mamá no había podido dormir, y cuando me escuchó entrar salió a recibirme.
—¿Cómo ha ido, hija?
—Bien, mamá. Varias preguntas protocolarias. Tengo sueño. Mañana hablamos, ¿vale?
—Pero, hija…
—Mañana, mamá, por favor…
—Está bien, está bien. Buenas noches, descansa.
—Buenas noches, mamá .
Quedó mirando cómo desaparecía por las escaleras que conducen a la planta superior con esa cara que se le puede quedar a una madre cuando su preocupación es palpable.
Me sentí mal por dejarla así, pero era lo mejor.
Debía ser ajena a todo este asunto. Es un problema mío y no suyo, bastante tiene ella.
Como dije, Bent se encargó de que apenas durmiese aquella noche.
Bent y la gran preocupación que sentía por un nuevo suicidio después de un buen rato de sexo fueron los responsables.
Y aquello comenzaba a no parecer casualidad, pero, claro, ¿cómo no iba a serlo?
¿Qué fuerza era la que guio a aquellos hombres a quitarse la vida después de hacer el amor conmigo?
No podía ser que yo tuviese algo que ver, pero las preciosas vidas que llevaban los tres me hacían pensar que yo era el desencadenante que los llevaba a decidir morir de aquellas dramáticas maneras.
Al día siguiente no acudí a clase. No me sentía capaz de afrontar un día académico después de aquellos hechos y de no haber podido dormir más de una mísera hora.
Cuando ya había terminado la jornada universitaria, Lovise no tardó en llamarme, claro, quería saber con todo lujo de detalles todo lo que había sucedido entre aquel profesor y yo.
Le conté lo sucedido y decidimos ir a tomar algo al precioso local del puerto con camas para tumbarse, allí donde conocimos a Klint y Jonas; era nuestro pequeño templo de placer sociológico.
Antes de salir, mamá me preguntó qué me pasaba.
Le dije que no tenía ganas de hablar, que me iba con Lovise a tomar algo y despejarme porque no había dormido muy bien.
Mamá se quedó preocupada de nuevo, pero no pudo hacer mucho más.
Me había prometido a mí misma no hablar con ella de aquello, y así fue.
Mamá, a día de hoy, todavía no sabe siquiera que me he cargado a once hombres involuntariamente.
Sería una carga demasiado pesada para dos mentes de la misma familia, con la mía propia ya es suficiente.
Una vez en el local, Lovise trató de consolarme sin éxito.
Debatimos el asunto con más criterio del que cabía esperar y llegamos a la conclusión de que aquello era una mera casualidad.
Pensamos que esos tres hombres llevaban una vida interna bastante amargada pese a su evidente éxito.
Y es que uno no es rico cuando tiene todo el éxito del planeta; uno es rico cuando ha encontrado su lugar en el mundo y su misión existencial.
Para todo lo demás, el dinero puede ayudar a crear una falsa e ingrata felicidad.
Klint, Lars y Jarl eran hombres de éxito absoluto, pero con un interior tan vacío como el mismo universo inverosímil.
Después de tres cervezas negras que ayudaron a que mi cabeza deambulase por otros derroteros que no tenían nada que ver con suicidios incomprensibles, llegamos a aquella conclusión y decidimos que el viernes por la noche saldríamos de copas para probar que esas tres muertes habían sido pura casualidad.
Nefasta decisión, sin duda, ya que corroboró que aquello no era fruto de la casualidad.
Aquella decisión consiguió que mi preocupación fuese más evidente, si cabía, porque el siguiente en sucumbir a mis encantos caería esa misma noche de viernes.
La semana transcurrió tranquila en todo menos en el momento en que anunciaron en clase que Lars, el flamante profesor de Matemáticas, había muerto.
No dieron más detalles del suceso, solo lo hicieron para justificar la presencia del nuevo profesor; un anciano que parecía tener robín en vez de piel y que se encargó de que las posteriores clases fuesen algo que te inducía más a vomitar que a aprender.
Al fin llegó el viernes; ese día que Lovise y yo habíamos estado preparando con esmero.
Primero acudiríamos a beber cerveza a Halvandet, ese sitio, como ya os he dicho, era mágico para nosotras, pasábamos largas horas de tertulia femenina allí.
Después acudiríamos a cenar a un famoso restaurante italiano cercano a la playa de Hellerup, el Tarantino Ristorante, donde las buenas pizzas y pastas italianas te transportaban directamente a la Toscana más pura.
Después de una buena cena iríamos a Mimers Bodega y después, para rematar la noche, acudiríamos a Hive, esa discoteca donde tantas noches habíamos pasado y en la que ponen música que te invita a mover el cuerpo con frenesí.
Pues el plan distó mucho de la realidad final, ya que Clara me llamó para preguntarme si podía acompañarla a un bazar ruso que montaban un viernes al año en el centro.
Tenía que comprar una cosa muy especial que solo se encontraba allí.
Y me pidió por todos los medios que la acompañase.
Claro, no me iba a negar, así que pedí a Lovise que viniese con nosotras y desde allí nos iríamos de copas para llevar a cabo el plan. Lovise aceptó sin rechistar.
Las tres caminábamos por las calles del centro de Copenhague, elegantes, con nuestros vestidos de fiesta y tacones, con bolsos pequeños donde poder guardar lo justo y ganas tremendas de comernos el mundo entero a bocados lentos.
Recuerdo que mi vestido era negro, ceñido y caía por encima de las rodillas, con escote justo pero insinuante.
Lovise llevaba uno parecido, pero en color beis y Clara otro similar, pero con un volante a la altura de la cintura y de color verde oliva.
Caminamos hasta llegar a la plaza Graaboedre Torv.
Era allí donde supuestamente estaba montado aquel mercado ruso tan difícil de ver, con sus múltiples tenderetes, con productos artesanos rusos y gente vestida con trajes típicos del mismo país.
Recorrimos las tiendas ambulantes en busca de lo que Clara llamaba «El Santo Grial de los Recuerdos» y lo recuerdo tan bien, precisamente, porque su nombre hace honor a su inmediato y, sin duda, real efecto.
Miramos y miramos, tienda tras tienda, hasta que al fin llegamos a la que, en teoría, tenía aquel artilugio que Clara había estado buscando desde que leyó un artículo en una enciclopedia sobre el mismo.
La tienda, ya de por sí, mostraba una cara ligeramente distinta a las demás.
Era como más tenue, con unas sombras que nada tenían que ver con el precioso sol que caía a esas horas de la tarde.
La señora que regentaba el negocio era una mujer de mediana edad con el pelo lacio y trenzas cayendo a ambos lados de su pecho, con cara robusta y colores acentuados en sus pómulos, de mirada alegre pero incierta y misteriosa.
Llevaba un vestido antiguo con delantal blanco.
Se frotó las manos cuando nos vio aparecer.
Y las tres parecimos caer en un embrujo incomprensible cuando escuchamos su voz, de tonos dulces pero incisivos y con cierta ironía en sus palabras.
—Hola, mis buenas amigas —dijo la señora, sin dejar de frotarse las manos—. Ya sé a qué habéis venido a mi tienda —y las tres la miramos con cara extraña mientras comprobábamos que estaba muy segura de lo que decía—. Buscáis la Piedra de los Recuerdos, ¿no es así?
—Sí, señora, ¿cómo lo ha sabido? —preguntó Clara visiblemente sorprendida.
El asombro de Lovise y el mío no era menos.
—Igual que he sabido que eres tú quien ha venido a buscarla. Lo mismo que ella, que se va a casar en España. Igual que sé que la faceta amorosa de ella no es como había podido imaginar .
Sus manos no dejaban de frotarse y su mirada era cada vez más amedrentadora. Las tres palidecimos; un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar aquello. ¿Cómo era posible que aquella mujer supiera exactamente todos esos datos?
—¿Cómo… cómo sabe eso, señora? —pregunté, estupefacta, acongojada.
—Señora, déjese de bromas y enséñeme lo que he venido a buscar. Quiero saber si es verdad todo lo que leí en aquel artículo —dijo Clara; parecía estar algo furiosa por la actitud de la señora misteriosa.
—No, déjala, Clara —dije—. Quiero saber qué sabe sobre mi vida amorosa.
Clara no sabía nada sobre mi asunto de suicidas compulsivos.
—Quieres saber qué será de tus asuntos amorosos, ¿verdad, joven? —dijo la mujer sonriendo con gesto aterrador—. Algo hubo en tus primeros días de vida que marcó el resto de tu vida para siempre, algo que afecta a tus asuntos amorosos directamente, ya sabes de qué hablo, señorita.
Lovise me miró con cara de miedo absoluto; la señora hablaba con mucha jerarquía y seguridad, como si supiese toda nuestra vida solo con mirarnos.