4. Catrine Clausen #2
—Bien, señorita Catrine. Debe hablarme de todo lo que ha visto en esa habitación, ¿de acuerdo? Así como de su relación con el señor Lars.
El humo invade la estancia emborronando la visión que tengo de ella y el espejo.
—Tutéame, por favor. Soy demasiado joven para que me llamen de usted, ¿no crees?
Parece que al estar aquí quiere hablar más, ya no utiliza monosílabos y mi esperanza de poder esclarecer algo sobre el caso comienza a crecer.
—De acuerdo. ¿Qué relación tenías con Lars?
—Era mi profesor, ya te lo he dicho .
—Sin embargo, te encontrabas con él en esa habitación. ¿Por qué?
—¿Realmente son necesarias estas preguntas?
Esa pregunta no lo era, pero me moría de curiosidad por saber qué demonios podía ver una chica como ella en un hombre como él.
—Sí, puro protocolo… ya sabes —mentí.
—Me invitó a pasar la tarde con él fuera de la universidad. Teníamos que pulir varios asuntos relacionados con mis estudios.
Sonrió de tal modo que ella misma se delató.
—Sabes que mientes. ¿Por qué?
—No puedes saber si miento o no. Fue como te digo.
Me recuesto sobre el respaldo de la silla y apago el cigarro de una forma bastante chulesca; ese gesto parece que suele intimidar, aunque ese no fue el caso.
—Ese gesto de policía peliculero no te favorece, ¿sabes? Esto es la vida real, no una película, agente Bent.
Sonrió con gran picardía clavándome una mirada que más bien podía salir del mismísimo diablo convertido en chica guapa y atractiva.
Fue la primera vez que me sentí intimidado por ella.
Aquel gesto del cigarrillo causó un efecto contrario al esperado, y eso no estaba previsto.
Mi condición de novato se hacía notar y eso no era bueno, y menos ante una mujer que parecía mucho más inteligente de lo que cabía esperar a su edad.
—No cambies el tema. No estamos aquí para hablar de cómo hago mi trabajo. Limítate a contestar mis preguntas, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, agente Bent, no te enfades .
—Bien. Los dos sabemos que te acostabas con él.
Bien podrías haber utilizado ese pretexto para llevarlo a esa habitación y fingir su suicidio, era el típico profesor que te caía mal, al que habías cogido cierta manía.
En ese caso estaríamos ante un delito de homicidio y encubrimiento de los hechos. ¿Te gusta más así, señorita Catrine?
—Y a ti, ¿cómo te gusta, agente Bent? ¿Abajo? ¿Arriba, tal vez? ¿O de costado?
—¡Ya está bien! ¡No me tome el pelo, Catrine! Limítese a responder mis preguntas. Se lo vuelvo a repetir.
—Has vuelto a tratarme de usted, muy mal, señor Bent…
—¡¡Ya está!! Responde o yo mismo me encargaré de meterte entre rejas por el asesinato de Lars, y el de Klint Jacobsen y también el de Jarl Nielsen.
¿Pensabas que estabas exenta de ellos dos?
¿Pensabas que era la primera vez que tu nombre aparece entre mis manos?
Déjate de jueguecitos y habla claro si no quieres pasar el resto de tus días comiendo pan duro y vistiendo ropas sucias.
Fue el primer momento, y casi diría que el único, en que pude sentir que tenía la situación controlada con Catrine. Pareció palidecer cuando pronuncié el nombre de Klint; se puso nerviosa, sus ojos se llenaron de lágrimas que contenía con todas sus fuerzas.
—Está bien. Sí, me acosté con ellos tres poco antes de suicidarse. No tengo la culpa. Bastante tengo con lidiar con la carga de conciencia diaria. No sé nada más, solo sé que se suicidaron poco después de estar conmigo por causas aún desconocidas.
Las lágrimas pasaron de ser contenidas a ser incontenibles; rodaron por el barranco de su nariz hasta ir a parar a la mesa, absorbidas por la madera vieja y castigada de cientos de interrogatorios previos .
Catrine agachó la cabeza y sollozó profunda y lentamente.
El corazón se me encogió y fue la primera vez que supe, más bien, pensé, que aquella chica no se iba a borrar de mi cabeza así como así.
Y a día de hoy así sigo… absorto en su mirada, esclavo de sus encantos imposibles y deseados.
Mendigo de sus besos invisibles, obseso de su vida y su presencia.
Deseoso de poder probar esa bendición llamada Catrine, aunque once de los hombres que han estado con ella se hayan suicidado después.
Tal vez sentían algo parecido a lo mío y no pudieron hacer otra cosa que matarse después de culminar sus deseos más fervientes.
Puede que sea mejor no probarla. Es posible que encuentre la muerte; aun así, me encantaría correr ese riesgo.
Quizá el peligro sea inexistente y todo sea fruto de una casualidad tan extraña como años de soledad entre cuatro paredes llenas de recuerdos vagos y efímeros, sedientos de vida y experiencias que podrían ser fruto de mentes enfermas y llenas de placer unilateral y condescendiente.
Una maldición llamada Catrine, que un día vino y se quedó para siempre, por siempre, de día y de noche, en invierno y verano, otoño y primavera.
Un dulce calvario lleno de dudas y temores vanos, cercanos y lejanos a la vez.
Un miedo que se convierte en deseo cuando la vuelvo a ver.
Ella, tan distante y tan fría como acostumbra a ser, puede hacer que me retiren de mi puesto por esta obsesión.
A veces pienso que estoy enfermo de ella, una enfermedad sin cura ni regresión.
A veces dura, a veces extraña y azucarada.
De pasión incierta y dunas desiertas, sin agua, con sed, con comida y sin hambre.
Una carga muy pesada para un hombre que un día fue uno de los detectives más prometedores de todo Copenhague.
Y aquí estoy, solo y frustrado ante esta desgracia femenina de nombre bonito y curvas perfectas.
Una Catrine despiadada y ágil, que podría ser el centro del mundo si quisiera, y sin embargo no lo es, porque se aleja de todos cuantos quieren querer .
Y entonces dijo algo que jamás olvidaré.
—Será mejor que te alejes de mí si no quieres acabar como ellos.
Su brazo se alargó hasta entrar en contacto con la pitillera, la cual abrió de un plumazo, extrayendo un pitillo que encendió sin más misterio.
—No puedo, no quiero. No dejaré este caso a no ser que quede resuelto y quedes fuera de toda culpa.
—No tengo ninguna culpa, ya te lo he dicho —dijo antes de dar una calada, con mirada sexy y el rímel emborronado.
—Eso ya lo veremos, Catrine. Eso ya lo veremos.