4. Catrine Clausen
La sala de interrogatorios de la policía era fea y fría.
—Les voy a contar todo desde el principio. Estar en esta sala de interrogatorios como presunto homicida no es lo que habría esperado jamás, pero tengo que empezar desde el principio.
»La noche que conocí a la señorita Catrine Clausen casi no pude pegar ojo.
Era la tercera vez en poco más de tres años que su nombre llegaba a mis manos, en la oficina del departamento central de policía de Copenhague.
Por aquel entonces yo tenía unos treinta años, y mi función como detective de la unidad de policía central de Copenhague no hacía más que comenzar después de superar las pruebas que estipulaba el convenio interno del cuerpo.
Salí de ellas airoso, fui uno de los clasificados de mejor nota de aquella promoción y mi futuro como investigador oficial prometía ser imparable y brillante.
Pero Catrine fue, y a día de hoy sigue siendo, un caso que escapa a mi entendimiento.
Jamás he podido siquiera imaginar ni por un instante a qué se debe lo que siento por ella.
Y es que se la ha relacionado con hasta once cadáveres por suicidio en los últimos seis años.
Todos, los once, coinciden en haber tenido su última relación sexual con ella poco tiempo antes de suicidarse de las formas más variopintas que existen.
Pues bien, Catrine Clausen vivía con su madre, en una pequeña calle del barrio de Christiania.
Aquella noche recibimos un aviso del departamento de emergencias de la ciudad.
Una joven había llamado, asustada, diciendo que alguien se acababa de suicidar en la habitación número doscientos veintitrés del lujoso Marriott Hotel.
Agarré mis bártulos y me planté allí para estudiar el caso.
Al llegar pude comprobar la siniestralidad del asunto, y no por ser fea la estampa de aquel hombre tumbado sobre una mancha de sangre en la cama, sino por ser aquel hombre un reputado profesor de Matemáticas de la Universidad de Copenhague.
Y el suicidio era algo claro, lo que no estaba tan claro era el móvil que había llevado a aquel hombre a suicidarse de esa manera tan antinatural, cortándose el cuello, desnudo, después de haber mantenido relaciones sexuales.
Había marcas de semen reciente en una de las almohadas.
La chica que llamó a urgencias debía ser una pieza clave en la investigación, así que hice varias preguntas a los trabajadores del hotel que habían podido verla.
Un vestido rojo, un abrigo beis y unos tacones negros que vestían a una dama de pelo negro y ondulado, de esbelta figura y belleza innata, eran los únicos datos que tenía hasta que volví a la habitación y encontré una pequeña tarjeta universitaria: Catrine Clausen Petersen.
No fue difícil localizarla después de aquello y la suerte pareció estar de mi parte, pero solo hasta el momento en que la encontré, porque, a partir de ahí, comenzó mi particular calvario con su maldito caso.
La una de la madrugada y mi mano golpeando la puerta de la casa en que supuestamente vive Catrine. Poco después las luces se encienden y abre una señora de mediana edad, guapa, con una bata rosa de raso, el pelo revuelto y los ojos de haber estado dormida.
—¿Qué quiere? ¿Quién es usted? —me pregunta a través del pequeño hueco de la puerta, atrancada por el cerrojo de seguridad.
—Me llamo Bent Meyer, señora. Soy detective del departamento de investigación de la policía de Copenhague. ¿La señorita Catrine Clausen Petersen vive aquí?
—Sí, es mi hija. Pero ¿qué ocurre? ¿Ha hecho algo malo ?
Sus ojos muestran el terror de imaginar que su querida hija pueda estar metida en algún lío ilegal.
—Traigo una orden para interrogarla. Al parecer, es un posible testigo de la muerte del señor Lars Anderssen Jacob, hallado muerto hace unas pocas horas.
—¿Cómo? ¿Mi niña? ¿Testigo de una muerte?
La señora Clausen está tan asustada como sorprendida.
—Mamá, ¿qué pasa? ¿Quién es a estas horas? —se escucha una voz femenina al fondo, una voz que, desde aquel momento, no he sido capaz de sacar de mi mente.
—Es la policía, hija. Dice que quieren hablar contigo.
La puerta se cierra, se escuchan sonidos de cerrojos y poco después se abre del todo. Tras la señora de la bata de raso está ella, Catrine, con su melena negra alborotada a contraluz, con su silueta escondida tras su camisón blanco, y su voz dulce diciendo:
—Hola.
Su inocencia es tal que me es difícil pensar en relacionarla de cualquier modo con la muerte de Lars en ese momento.
—Es usted Catrine Clausen Petersen, ¿verdad?
—Sí.
—¿Sería tan amable de acompañarme a comisaría? Debo hacerle unas preguntas.
—¿Preguntas sobre qué?
—¿Conoce usted al señor Lars Anderssen Jacob?
Catrine se adelanta hasta estar a mi altura .
—Mamá, puedes retirarte, voy a acompañarle. Estate tranquila, no pasa nada.
—Pero, hija, ¿qué ha ocurrido? ¿Quieres contarme algo?
—Es mi profesor de Matemáticas. Se ha suicidado hoy.
—Dios, eso es horrible. ¿Por qué no me has dicho nada?
—Solo era mi profesor, mamá. No creo que la noticia te incumbiese.
—Bien, de acuerdo. Ya me contarás con más detalle. Trátenmela bien, agente, por favor.
La madre muestra cara de preocupación, y es que las madres tienen esa percepción inexplicable capaz de advertir cosas más allá de lo que se les explica.
En el fondo sabía que las cosas no iban bien cuando un policía vestido de paisano se presenta en tu casa a la una de la madrugada y se lleva a tu hija a comisaría.
Una madre no puede quedarse tranquila ante ese hecho hasta que se entere de todo cuanto haya sucedido.
—¿Vamos? —le digo a Catrine.
—Sí, un segundo. Me pondré algo…
Catrine desaparece por el pasillo caminando con ese estilo que le caracteriza, a contraluz se puede intuir su bello y esbelto cuerpo. No puedo hacer otra cosa que observar, atolondrado, a tan bella dama. Su madre se ha dado cuenta.
—¿Quiere tomar un café mientras se cambia? —me pregunta para distraer mis ojos del cuerpo de su hija.
—No, gracias, tomaré uno en comisaría. ¿El señor de la casa no está?
—Trabaja de noche esta semana. Hasta las ocho no volverá .
—De acuerdo. Esperaré aquí, si no le importa.
Doy un paso y me adentro en la casa. Fuera el frío se deja notar y mi abrigo se ha quedado en el coche.
—Sí, claro. Pase. Hace mucho frío ahí afuera.
—Sí, cierto.
Observo la casa con detenimiento. Cuadros con fotos familiares cuelgan por todas partes.
Una decoración clásica no apta para personas habituadas al orden y un aroma a hogar feliz que solo ese tipo de casas son capaces de irradiar.
Catrine no tarda en aparecer con unos vaqueros, un jersey y un abrigo de cuero beis en el brazo.
Da un beso a su madre y me hace un gesto con la cabeza a modo de «vamos».
Abro la puerta y dejo que pase. Su melena queda ahora recogida en un moño mal hecho.
—Adiós, señora. Gracias por su amabilidad. Y pase el cerrojo, nunca se sabe dónde pueden merodear los ladrones a estas horas.
—Hasta luego, agente —dice. Luego susurra para que no la escuche su hija—: Por favor, llámeme y cuénteme todo —y me pasa un pequeño papel donde está plasmado un número de teléfono.
La miro y sonrío. No pienso hacer eso. Lo que pasa en comisaría, en comisaría se queda.
Que le cuente su hija lo que quiera contarle.
En realidad, la entiendo, pero iría en contra de mis principios contarle algo relacionado con alguno de mis casos, aunque su hija esté implicada directamente en uno de ellos.
El camino hacia comisaría es un juego entre silencios incómodos y pensamientos inciertos. Catrine no abre la boca a no ser que yo se lo pida, y cuando lo hace se limita a utilizar monosílabos secos.
—Así que era tu profesor, ¿eh ?
—Sí.
—¿Y qué hacía una niña como tú en un hotel como ese, con un hombre como ese?
Silencio incómodo…
—Ya… no quieres contar nada, ¿eh? Pues vas a tener que hablar si no quieres que se te siga relacionando directamente con su muerte. Ahora mismo eres posible homicida indirecta, ¿sabes?
—Sí.
—¿Y no te importa?
—No.
Parece muy tranquila, demasiado, teniendo en cuenta que ha sido testigo de una muerte tan misteriosa como ella misma lo es para mí en este momento.
El resto del trayecto se sucede entre más silencios incómodos y algunos sonidos de la radio interna que advierten de unas trifulcas entre cuatro borrachos callejeros.
Ya en comisaría entramos sin hacer demasiado ruido.
Camino detrás de Catrine sin poder evitar dirigir la mirada a partes que distan mucho de un comportamiento profesional; realmente tiene un trasero espectacular.
Yo soy hombre, no lo puedo evitar, aunque lleve una placa y un revólver en la funda sobaquera, bajo mi jersey, y esté de servicio.
A veces te puedes ver superado por ciertos instintos primitivos que hacen que tus principios y valores se tambaleen como cimientos mal estructurados al paso de un terremoto.
Entramos en la sala de interrogatorios. Es una estancia muy fría carente de cualquier resquicio de humanidad, con un tubo luminoso, una mesa y dos sillas baratas de madera.
El espejo es algo imprescindible y sin embargo no refrena el deseo de Catrine de mirarse en él por un instante.
No sé qué tienen las mujeres con los espejos, pero son capaces de prestarles la mayor atención, aun cuando están a punto de ser interrogadas por un presunto homicidio.
—Siéntese, señorita Catrine. ¿Me permite el abrigo?
No suelo ser tan cortés con las personas que entran aquí, pero Catrine es Catrine, no se puede evitar.
Se quita el abrigo y echa otra ojeada al espejo para mirarse ese moño tan desastrado y, sin embargo, tan sexy, y comprobar que sigue siendo una mujer muy atractiva, aunque se encuentre en una sala tan hostil y triste como esta.
Nos sentamos frente a frente, saco la pitillera y extraigo un cigarrillo que enciendo sin titubear; me encanta jugar a ser detective como en las películas. Le ofrezco uno que rechaza, también sin vacilar, haciendo un gesto con la mano.