3. Lars #3
—Un café solo, por favor —dijo, y luego volvió a mirarme, sonriendo con picardía. Sin esas gafas de clase, sus ojos eran punzantes y mostraban un carácter y una determinación innatos—. Bien, Catrine, imagino que te haces una idea de por qué te he citado fuera de clase, ¿no?
Se reclinó sobre la mesa sin apartar sus ojos de los míos.
—Para …
—Para hablarte de la asignatura y la nota que te he puesto. ¿Para qué si no? —me interrumpió, sonriendo, intimidando.
Quedé helada como una tonta: había creído que quería verme lejos de clase para tratar temas que nada tenían que ver con los estudios, y resultó ser que no, que estábamos allí para hablar de lo último de lo que yo querría hablar con alguien como él fuera de clase.
Había estado casi una hora arreglándome y cambiando de modelito para nada.
Allí estaba yo, vestida como una falsa mujer adulta, tratando de seducir a un verdadero hombre adulto, y mi vestido rojo, ceñido, por encima de las rodillas no parecía hacer mucho efecto en él.
Me sonrojé al escuchar aquello, tanto que apenas pude contenerlo y él se dio cuenta del hecho. ¡Catastrófico!
—¡Ah! —Fue lo único que pude soltar por toda respuesta.
—Sí. Me preocupa bastante tu rendimiento en mi clase.
¿A qué se debe? Me consta que en todas las demás materias eres una chica muy aplicada e inteligente, capaz de sacar adelante todo sin problema.
Es más, me consta que en años anteriores las Matemáticas no han sido un problema para ti. ¿Qué ocurre?
No tuve más remedio que improvisar y adaptarme a aquella situación inesperada. Me sentí cómoda de nuevo: Lars volvía a ser mi profesor y aquello dejaba de ser una cita prohibida, de atracción letal, que me cortaba las palabras.
—Pues… no sé, Lars. No consigo concentrarme en tu clase. No sé qué me pasa. Pero no lo consigo.
—¿No será que piensas en mí como un icono sexual y tienes fantasías con montártelo conmigo a todas horas?
Sonrió .
Me sonrojé de nuevo. Realmente Lars me impactaba demasiado, por su edad, por ser mi profesor. No lo sé.
—Vamos, mujer. ¿De veras pensabas que iba a citarte aquí, ponerme uno de mis mejores trajes, peinarme como en mis mejores citas y ponerme mi mejor perfume solo para hablarte de Matemáticas? Has picado como una cateta. Y sé que de cateta no tienes nada.
Sonrió con descaro atendiendo a la camarera, que ya aparecía con su café.
—No sé, estabas tan serio… Yo tampoco me he puesto uno de mis mejores vestidos para hablar de Matemáticas. Por cierto, hueles muy bien.
Poco a poco me iba sintiendo más cómoda. Aquella broma había sido muy buena para romper el hielo. Lars era un especialista, se notaba su amplia experiencia en la vida. Y eso me excitaba más aún.
La multitud que nos rodeaba pareció desaparecer, quedando solos él y yo, sentados frente a frente, con dos tazas de café del bueno vaciándose casi al compás y con esa música de la ciudad antes citada, que ahora parecía salir de algún lugar alejado, misterioso y familiar.
Claro, era un pasacalle musical que se aproximaba por alguna de las calles cercanas.
En ese momento supe que era una ingenua al pensar que los coches y la muchedumbre podían componer música aleatoria.
Y Lars, mientras los músicos pasaban a nuestro lado zumbando trompetas y golpeando tambores, se levantó de la mesa y me dijo algo que no pude escuchar, pero que, sin embargo, supe leer perfectamente en sus labios: «Vamos al hotel».
Seguidamente me tendió la mano y yo, como una niña sin destino, accedí sin vacilar un instante.
Agarré su mano y salimos de allí corriendo.
Unos metros más allá, al doblar la esquina, Lars se abalanzó sobre mí y me besó.
¡Y qué beso! La pasión fue desatada cuando nuestros labios se fundieron.
Al llegar al hotel después de estar diez minutos metidos en un taxi, fui consciente de que Lars era un tipo bastante adinerado.
Era uno de los hoteles más lujosos de la ciudad, el Marriott Hotel, un lugar situado en el pintoresco puerto con vistas, por una parte, a la ciudad, y por otra, a la bahía viva de Copenhague, toda una delicia que yo tuve la oportunidad de probar gracias a Lars.
Llegamos a la habitación número doscientos veintitrés y, al entrar, mis sentidos se deleitaron hasta su máximo exponente.
El olor a limpio invadía todo; los detalles estaban estrechamente cuidados.
Sobre la cama, una pequeña bandeja sobre la que se asentaba una cubitera con un cava del caro y dos copas.
Todo parecía creado para aquel momento tan esperado, mi emoción crecía deprisa.
—¿Te gusta el sitio? —preguntó Lars ayudándome a quitarme el abrigo de cuero beis que me regaló mi madre por mi veintiún cumpleaños.
—¿Cómo no va a gustarme? Es sencillamente perfecto. Mira los barcos ahí abajo. Es una vista magnífica.
Caminé hacia la ventana observando las luces de los barcos y el otro lado de la ciudad reflejadas en el agua de la bahía. Mi sonrisa era fulgurante.
—Me alegro. Eres una chica muy especial, Catrine; mereces un sitio especial como este.
Se acercó por detrás, cogiéndome por los hombros con delicadeza y besando la zona de mi cuello, rozando con suavidad. Mi piel se tersó y se erizó; un escalofrío recorrió mi cuerpo .
—¡Abramos esa botella! Está esperando —dijo Lars, y se retiró de mi espalda, dejándome deseosa de más caricias y besos.
—¡Sí! ¡Brindemos!
Lars ya sostenía mi copa con una mano, ofreciéndomela. Terminó de llenar la suya, dejó la botella en la cubitera y tendió su mano al brindis.
—¡Por Catrine, la bella!
Su sonrisa era algo difícilmente descifrable.
—Por nosotros también.
Y brindamos, bebiendo después como si la vida se fuese en ello, y realmente la vida de Lars estaba muy cerca de acabar… Ninguno de los dos imaginábamos que aquel sería su último brindis.
Después de terminar la botella de cava y jugar un rato a ser un hombre inteligente, Lars marcó los tiempos y se abalanzó sobre mí besándome con descaro y sensualidad, a lo que yo respondí ardiente, loca por el sexo que había echado de menos durante mucho tiempo.
Me hizo el amor como nadie nunca antes me lo había hecho.
Disfruté tanto que fui capaz de llegar al orgasmo en varias ocasiones.
Fue como una experiencia surrealista de un sexo imposible y lejano pero real.
Terminamos dos horas después; eran las once de la noche y mi madre ya estaría comenzando a preocuparse por mí ya que no le había dicho que cenaría fuera ni dónde iba.
Aun así, decidí que me quedaría a pasar la noche con Lars en el hotel; era una pena desperdiciar aquella habitación y aquel momento de sexo tan puro.
Además, pensaba volver a tener relaciones con él antes de que terminase la noche; no quedé saciada del todo, lo cual es comprensible después de dos años de sexo individual y triste.
Lars se levantó de la cama para ir al baño, momento que aproveché para escribir a mamá.
Cuando volvió se tumbó en la cama, mirándome.
Encendió un cigarro con el semblante sexy de las películas antiguas de grandes galanes de gabardina de tres cuartos.
Me volvía loca, era un hombre extremadamente sexual y potente, un portento de la masculinidad que yo tenía el placer de disfrutar.
Después de acercarme a su mejilla y besarla con sensualidad, decidí ir al baño a tomar una ducha de agua caliente, sentía que lo necesitaba.
Debía ser un lujo aquello de tomar una ducha en una habitación tan bonita y que olía tan a limpio.
Le sonreí y me metí en el baño. Abrí el grifo del agua caliente al máximo y esperé, mirándome en el espejo.
Me veía guapa, privilegiada, rodeada de glamour y lujo, como una mujer adulta, sí, haciendo el amor con un hombre adulto.
Y eso me excitaba demasiado, pensaba salir y darme otro buen revolcón con él.
La ducha fue algo que no se puede explicar con palabras porque al tiempo que salía agua caliente por el grifo, unos pequeños aspersores rociaban perfumes de varias fragancias en derredor, se te pegaban al cuerpo y la experiencia pasaba a ser sensitiva.
Salí con olor a maravillas, una toalla enroscada en el pelo y otra en mi cuerpo.
La del cuerpo cayó al suelo cuando vi la mancha de color rojo que cubría gran parte de la cama, y el olor a sangre casi apagaba el buen olor que emanaba de mi cuerpo.
El cigarrillo que había fumado Lars se encontraba en el charco de sangre de la cama, y Lars yacía inmóvil sobre él, aún vivo, con respiraciones lentas, pero sin consciencia.
Me tiré encima de él y lo zarandeé con todo lo que pude, pero Lars no reaccionó.
Tenía un corte muy profundo en el lateral de su cuello.
La sangre todavía manaba de allí a borbotones, cada vez más débiles.
Agarré el teléfono, llamé a urgencias y desaparecí del lugar cuando conseguí vestirme y limpiar las manchas de sangre que habían quedado en mis manos y piernas.
Salí con el pelo mojado aún y un susto que apenas me dejaba pensar.
Otra muerte, otro suicidio, otro episodio de sexo terminado en tragedia y aquello comenzaba a no parecer una casualidad.
Aquello empezaba a tomar la tonalidad de ser una maldición del sexo, de mi sexo.
Y aquella noche no pude apenas dormir, Bent Meyer se encargó de ello.