3. Lars #2
Pasó a la acción más directa, la que a mí me gustaba, la que yo quería y anhelaba con todas mis fuerzas en aquel momento de debilidad humana.
Acto seguido mis manos fueron guiadas por una fuerza misteriosa que ni siquiera yo puedo explicar y desabrocharon dos botones de la camisa, tal como Lars había sugerido.
Mis senos quedaron medio expuestos y Lars miraba con deseo y vicio puros.
La tensión sexual se palpaba en el ambiente y los dos sabíamos que aquello no estaba bien, pero nada podía frenarnos, excepto la frialdad de aquel hombre de casi cuarenta años que parecía saber manejar cualquier situación a su antojo, por muy dura que pareciese.
—Haga el favor de taparse, señorita Catrine. Me avergüenza que piense así de mí —dijo mientras se levantaba, agarraba su maletín y se disponía a irse, dejándome con cara de tonta y más excitada que avergonzada—. A las siete y media en el café Phenix —susurró al pasar a mi lado.
Me sonrojé con cara de tonta y no pude hacer otra cosa que mirar cómo aquel hombre de infinito atractivo masculino y sexual se alejaba con su elegante andar.
Mientras abrochaba mi camisa no quería hacer otra cosa que llegar a casa y masturbarme hasta reventar para luego esperar con ansia la cita tan prohibida que me había propuesto el hasta entonces inalcanzable Lars Anderssen.
Caminé hacia casa deseando que el camino se hiciera corto para que toda esa humedad que había en mis bajos no se esfumase. Al llegar masajeé la zona varias veces hasta alcanzar varios orgasmos con el nombre de Lars incrustado en los momentos de mayor clímax.
Había quedado con Lovise a eso de las cuatro de la tarde.
Queríamos ir a ver una película, pero cambiamos el plan tan pronto como pude contarle mi experiencia extraescolar con Lars.
Y ella se alegró mucho al saber que su mejor amiga había podido volver a sentir algo por un hombre después de dos años, pero, por otra parte, no le pareció lo más ético que hubiese elegido a Lars, mi profesor de treinta y tantos años.
—Pero ¿estás loca? Casi te dobla la edad. No puede ser bueno.
El gesto de Lovise parecía bastante afectado por la noticia. A mí, en cambio, no me parecía tan grave.
—Pero, Lovise, cariño, ¿acaso se elige por quién se siente atracción y deseo?
Después de dos años, tras Klint, ha sido el único hombre que ha conseguido despertar algo en mí, y cuando digo algo, digo que Rocky (juguete erótico que ella misma me regaló) no me hace falta cuando juego a tocarme, ¿entiendes eso?
Mi voz sonaba convincente y era algo que había echado de menos: tratar de defender lo que sentía por un hombre. Había pasado demasiado tiempo, demasiadas batallas con Rocky, demasiadas noches a solas sin consuelo ni margen de satisfacción aparente.
—No, si entiendo lo que dices, amor. Pero no sé, no me gusta que andes con una persona tan mayor. Además, es tu profesor, algo me dice que no puede salir bien. Algo me dice que no debes seguir adelante ni ir a esa cita.
Lovise fruncía el ceño con gran profusión mientras trataba de frenar mis ganas de desenmarañar las telarañas de mi entrepierna con aquel hombre. Pero yo no quería escuchar. No podía: sentía demasiada atracción y deseo. Y qué tonta fui por no escuchar. Habría salvado otra vida inocente .
—Lovise, cariño, deja que sea yo la que decida qué hacer, si tropiezo, ya sabré que no debo repetir; si sale bien, puede que apruebe Matemáticas sin esfuerzo, ¿no crees?
Reí, reí con ganas, pero con cierta preocupación. Realmente, si salía mal, tendría que lidiar con la presencia de Lars cada día en clase, soportando su voz y sus explicaciones. Y hasta suspendería Matemáticas. Aun así, estaba dispuesta a asumir el riesgo; Lars me gustaba demasiado.
—Esperemos que tengas razón y este asunto salga bien. Solo quiero lo mejor para ti —dijo Lovise, esta vez con tono conciliador, cariñoso.
—Bueno, y ahora, cuéntame lo de Jonas. Repítemelo porque todavía no lo puedo creer.
Mi excitación era evidente.
—Sí. Me ha dicho que tenemos un hotel reservado en España, que tiene algo importante que decirme allí. Cariño, ¿crees que me va a pedir matrimonio?
Los nervios en Lovise eran más que aparentes; frotaba las manos entrelazando sus dedos y se mesaba la perfecta melena negra, lacia, de estilo Cleopatra, que le daba ese carácter dulce tan afilado.
—Pues claro que te lo va a proponer, ¿qué si no? ¿Para qué iba a reservar un hotel en otro país? ¿Solo para decirte qué?
»Solo cabe esa posibilidad: pedirte la mano. O eso, o que se ha hecho gay y quiere decírtelo en un ambiente alejado de tus familiares para que no lo maten, no sé.
Las dos reímos a carcajadas mientras casi lloramos de emoción al saber que la pequeña Lovise posiblemente se convertiría en prometida y en poco tiempo esposa de Jonas, aquel eterno amigo de Klint que cada vez que lo miraba evocaba recuerdos del que fue mi único amor.
Un rato después de divagar entre fantasías con profesores atractivos y futuros maridos encantadores, Lovise salió por la puerta, no sin antes despedirse de mí y pedirme que tuviese cuidado con lo que iba a hacer, que la llamase cuando hubiese terminado todo, para contarle cómo había ido la cita con Lars.
Por aquel entonces todavía vivía con mis padres.
Mi madre conocía muy bien a Lovise y salió a despedirla también.
Mamá siempre ha sido una persona muy protectora y más todavía cuando yo tenía esa edad tan temprana.
A día de hoy todavía trata de brindarme una protección que cada vez se torna más ineficaz.
Pronto seré yo la que tenga que cuidar de ella.
Y papá, qué decir del hombre que apenas descansó para pagar mis estudios, de sol a sol, tratando de darnos lo mejor a mi madre y a mí.
Un hombre de los que quedan pocos hoy en día.
Un galán seductor que fue capaz de enamorar a la mujer más maravillosa del mundo y engendrarme a mí, aunque yo sea una diabla asesina del amor.
Estoy segura de que ellos no tienen culpa de ello.
La culpa es mía y solo mía. Y no pararé hasta averiguar el porqué de este asunto que me ha fastidiado la vida.
Lucas no puede merecer esto, yo no puedo merecer esto.
Tal vez los dos merecemos vivir una vida digna, llena de amor, paz y serenidad. Ya es hora para ambos.
Mamá me conocía demasiado y sabía que esa tarde me estaba arreglando mucho para haber quedado con Lovise o con Clara.
Imaginaba que iba a quedar con un hombre, pero yo nunca he hablado de esos temas con ella, y más después de saber mi condición de asesina indirecta.
La única persona que sabe lo que me pasa es Lovise; nadie más, ni siquiera el alelado de Bent Meyer, que cree que lo sabe, pero no tiene ni idea.
Que siga buscando, indagando en su investigación policial infructífera.
Cuando quise salir de casa mamá me advirtió que sabía que no había quedado con amigas y me dijo que tuviera cuidado.
Le di un beso en la mejilla y salí, impetuosa, en busca de esa relación salvaje y prohibida a la que estaba a punto de enfrentarme, después de dos años secos como un desierto en plena época estival.
Ya conocía la cafetería en que me había citado Lars.
Era un local con mucho encanto, situado en la zona de Frederiksberg, con unas sillas y mesas en el exterior y una fachada pintada en letras blancas sobre fondo negro donde se podía leer el nombre del local: Phenix Café.
Así que me planté allí, con quince minutos de adelanto.
La puntualidad siempre ha sido una pequeña obsesión para mí.
Jamás he podido soportar a la gente impuntual; me parece gente irresponsable y deshonesta.
Tal vez me equivoque, pero pienso así. Me senté en una de las mesas, lo más retirada posible para evitar que alguien conocido que pasase por casualidad por la calle nos pudiese ver.
Pedí un café caramelizado con nata, una de las especialidades del sitio y, también, por qué no decirlo, una de mis debilidades.
Esperé disfrutando del café, de su nata y del sonido de la ciudad a esa hora de la tarde.
A veces se puede llegar a descifrar música en el caos de contaminación acústica de las ciudades; solo hay que saber enfocar la atención y poseer una imaginación abierta y amplia, claro.
Pasaban dos minutos de las siete y Lars no había aparecido.
Comencé a pensar que era muy descortés por su parte teniendo la edad que tenía.
Pero también comencé a pensar que se estaba retrasando porque todo había sido una farsa, que solo había tratado de impresionarme y hacerse el profesor interesante y duro, pero claro, eso no concordaba demasiado.
Ni un minuto después, cuando mi paciencia ya comenzaba a alterarse, Lars llegó pidiendo disculpas por su pequeña tardanza, acto que le honró bastante y me hizo olvidar que había llegado tarde a la cita que él mismo había fijado.
No pude hacer otra cosa que sonreír. Me sentía importante. De todas las alumnas de la universidad, Lars me había elegido a mí y solo a mí para tener una cita extraprofesional.
—Hola, Catrine.
—Hola, señor Lars.
Estaba algo avergonzada. Me intimidaba bastante su presencia en aquel momento. Quizá mi subconsciente sabía que era algo prohibido y deshonesto, y eso provocaba los nervios.
—Por favor, Catrine. Lars, a secas.
Sonrió mientras tomaba asiento.
Quedé ruborizada. Lars vestía un elegante traje de corte inglés, de color gris oscuro.
Su pelo no tenía mucho que ver con el que solía llevar en clase, y mucho menos su aroma.
Olía a hombre, a masculinidad sólida e implacable.
A sexo puro y descontrolado. Me miró un segundo mientras se desabrochaba la chaqueta, se mesó el cabello con ambas manos y luego desvió la mirada hacia la camarera de turno, que ya se acercaba a tomarle nota.