La maldición de Catrine 3. Lars
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3. Lars

Dos suicidios en ocho meses después de tener sexo conmigo ya eran demasiada casualidad.

Aun así, nada me incitaba a pensar que yo tuviese algo que ver directamente con sus deseos de morir.

Lo que no me quedaba claro eran los motivos que habían llevado a cada uno de los dos a quitarse la vida, siendo el primero uno de los chicos más populares del instituto y el otro una promesa emergente en el mundo empresarial y financiero.

Y yo quedé tocada después de aquello, tanto que decidí estar un tiempo a mi aire, sin mezclarme con nadie del sexo opuesto más de la cuenta, recordando a Klint en cada despertar y a Jarl cada vez que visitaba el instituto.

Por suerte, el tiempo de instituto pasó y Jarl pasó a ser un recuerdo de algunas noches en vela y momentos de soledad consumada en libros de muertes con motivos misteriosos.

La universidad comenzó, y con ella mi andadura en la rama de las letras.

Siempre me ha entusiasmado el mundo de los abogados.

De pequeña veía series y películas relacionadas con ello, y siempre tuve claro que de mayor sería abogada, cosa que conseguí sin mayor esfuerzo.

A día de hoy, mi vida es tan estable profesionalmente que contrasta perfectamente con mi faceta amorosa: letal, sucia y horrible, como poco.

En algo debe compensarme hacer justicia de vez en cuando a mis pobres clientes, aunque a veces de pobres tienen lo mismo que yo de santa, pero, en fin, me pagan y tengo que defender sus mentiras, aunque no esté de acuerdo con ellas.

Pasé dos años al amparo de mis estudios, dedicándome en cuerpo y alma a aquello que era capaz de evadir mi mente de todo lo relacionado con amor y hombres, y eso que había muchos que morían por mis huesos, o así me lo hacían saber, pero la mía era una actitud tosca, fría, a veces desagradable hacia ellos; ninguno me parecía lo suficientemente hombre como para complacerme, y el fantasma de Klint parecía acecharme en cada esquina, en cada conversación con hombres, o en cada mirada hacia ellos.

Así fue, hasta que llegó Lars, aquel profesor de tercero de universidad que apareció aquel primer día de clase de aquel septiembre, cargado con su maletín, su traje caro y sus gafas de pasta negras, aderezadas por un mechón de pelo despeinado que le daba carácter y personalidad.

Su mirada era frágil e inspiraba inocencia, pero nada de eso parecía tener cuando abría la boca, de un hablar exquisito, con tono rasgado, tan sensual y elegante que costaba concentrarse en las explicaciones y no perderse entre fantasías sexuales de cualquier tipo y en cualquier lugar, por remoto que fuese.

Tenía un punto violento cuando alguien le interrumpía que contrastaba directamente con su aparente fragilidad física, de no más de metro setenta y cinco y unos sesenta y ocho kilos aproximadamente, nada del otro mundo, pero en su interior tenía mucho más de lo que aparentaba y así nos lo transmitía a cada una de las alumnas de su clase de Matemáticas.

Lovise ya no estudiaba conmigo y, en cambio, Clara pasó a ser mi compañera preferida en las clases universitarias, que no mi mejor amiga; hoy en día, ese lugar sigue ocupándolo Lovise, y siempre lo será, si es que no muero dentro de poco como Lucas no deje de tocar a mi puerta de una vez…

¡Oh! Es como si me hubiese escuchado, ha parado tan pronto he dejado de escribir la frase anterior. Mucho mejor, así Lovise seguirá siendo mi amiga, ya que Lucas acaba de darme una pequeña tregua a mis ganas de morir de amor.

Pues bien, ¿por dónde iba? Ah, sí…

Clara era la chica con la que mejor me llevaba en mis años universitarios y, a esas alturas, ya teníamos la suficiente confianza como para poder fantasear con Lars Anderssen entre clase y clase.

Aquel hombre nos había seducido a ambas sin siquiera intentarlo y aquel hecho era algo que a las dos se nos escapaba de las manos teniendo en cuenta que éramos sus alumnas de veintidós años y él tendría al menos treinta y cinco o cuarenta.

Más tarde quedó claro que tenía treinta y ocho recién cumplidos cuando lo vimos por primera vez.

—¿Has visto cómo ha sonreído al ver tu cara después de decir tu nombre al principio de la clase? —me preguntó Clara rizando un mechón de su pelo y mirando con ojos pícaros y entusiastas.

Estábamos fuera de clase, apartadas en una esquina, y la primera clase de Matemáticas había pasado como una gacela que huye de su depredador.

—Por supuesto que lo he visto. Pero ese hombre es muy mayor.

—Pero es tan mono…

—Sí lo es, sí…

Un carraspeo masculino se escuchó detrás, interrumpiendo nuestra fabulosa conversación.

—Espero que pongan el mismo entusiasmo para aprender las Matemáticas que tengo que enseñarles, señoritas.

Era Lars; al parecer, había escuchado nuestra charla privada.

Y eso me llevó a pensar que le interesaba lo que hablásemos de él.

Más tarde quedó comprobado que así era. Pero en ese momento supo disimular con mucha habilidad, fingiendo ser el típico profesor estirado al que no le afecta nada de lo que sus alumnos hablan sobre él.

Apretó su maletín contra el torso, irguió la espalda y se alejó, bajando la escalera que daba al descansillo principal de las aulas, dejándonos sin habla, sonrojadas e inmóviles .

Las dos reímos una vez se hubo alejado lo suficiente y comentamos aquel hecho tan cómico a la par que comprometido.

—Ostras, puede que eso se deje notar en nuestra puntuación de final de curso —dijo Clara, notablemente asustada, pero con cierta guasa en sus palabras.

—Sí, claro, para entonces ya habré hecho tantas veces el amor con él que no tendrá otra opción que aprobarme a mí y a cualquiera que tenga algo que ver conmigo.

Clara echó a reír como si estuviese viendo un concurso de monólogos en el que se compite por ser el más gracioso del espectáculo.

—Sí, claro, y después despiertas, si eso…

Pensaba que bromeaba.

En ese momento supe que no había bromeado y que intentaría romper mi sequía amorosa por la puerta grande.

Las dos quedamos mirando hacia algún punto de la nada, seriamente: ella pensaba que yo podía estar hablando en serio y yo pensaba que lo iba a conseguir, fuera cual fuese el precio que hubiese que pagar, pero claro, jamás pensé que el precio fuese tan alto como el que puede tener una vida humana.

Jamás lo pensé. Lars se suicidó; esa es la realidad.

Los días fueron pasando fugaces mientras mi empeño por conseguir un acercamiento amoroso con Lars era cada vez mayor, en detrimento de mi interés por las Matemáticas, ya que en sus clases mi concentración se veía diezmada, rota, agónica.

Fantaseaba con encuentros sexuales con Lars en clase, en los baños, en su coche, incluso en salas de profesores donde había armarios lo suficientemente amplios como para llevar a cabo el acto sexual.

Y así suspendí esa asignatura el primer parcial; la única vez en mi vida que he dejado que algo afecte a mis estudios más de lo realmente necesario.

Lars era un hueso duro de roer, cosa que a mí me aumentaba aún más las ganas de acostarme con él, de desnudarle a besos, de romper sus elegantes camisas de un tirón y devorar cada parte de su cuerpo endeble.

Yo sabía que Lars era consciente de mi interés por él, y él sabía que yo lo sabía, y se las apañaba muy bien para jugar con esa baza. Era muy inteligente, más de lo que podía haber imaginado.

Un día, al terminar su clase, poco después de haber sabido que había suspendido su materia, me citó a solas en su mesa.

Era mi momento. No sabía por qué me había citado, pero estaba encantada de que aquello hubiera sucedido, y mi hambre sexual a esas alturas ya era algo por lo que apenas podía dormir por las noches, me mataba a masturbaciones con pensamientos directamente relacionados con Lars y eso me excitaba sobremanera, tanto que apenas tenía que utilizar el juguete que me regaló Lovise un día por mi decimoctavo cumpleaños.

Cuando Lars pronunció mi nombre mientras los demás recogían y me dijo que esperase, mi vagina comenzó a manar flujos que parecían haber desaparecido hacía mucho.

Así que traté de contener la emoción que aquello provocaba en mi interior y esperé, paciente, hasta que el último compañero de clase desapareció por la puerta.

Fue entonces cuando algo sucedió que, a día de hoy, todavía escapa a mi entendimiento.

Lars me lanzó un beso a distancia antes de acercarme a su mesa, y yo no sabía distinguir si me encontraba en una de esas fantasías sexuales en las que aparecía él o en la vida real.

Me acerqué, miré el calendario y el reloj del teléfono móvil para verificar que era la realidad y allí estaba él, sentado, con cara de picardía sexual aguda y el bolígrafo dando vueltecitas sexys en su boca.

—¿Hasta cuándo vas a seguir con este jueguecito, señorita Catrine?

El bolígrafo pasó a ser un objeto que simulaba un miembro masculino erecto para mí, un miembro que quería llevarme a la boca y desgranar despacio.

Aun así, traté de mantener la compostura y fingí ser tonta, una habilidad que se me da bastante bien.

—¿Juego? ¿Qué juego? No sé a qué se refiere, señor Lars —dije; mis labios estaban húmedos y mi fantástica habilidad de hacerme la tonta había desaparecido—. Pensé que quería hablarme de mi fracaso en su asignatura, ¿no es así?

—No se haga la tonta, señorita Catrine; si se la está haciendo, finge realmente mal.

Se recostó sobre el respaldo de la silla y adoptó una posición que incitaba directamente a que me lanzase sobre él con las piernas abiertas por delante.

Mis bajos, a esas alturas, estaban tan húmedos como un barrizal en medio de un manglar tropical.

—Sea más claro, por favor, señor Lars.

Traté de seguir con mi mentira, pero era evidente que los dos sabíamos qué asunto estábamos tratando.

—¿Por qué no te acercas un poquito más y me muestras lo que llevas bajo esa camisa tan sugerente ?