2. Klint #3
Klint agarró mi copa y la apartó a un lado, sobre la mesa de cobre, luego posó la suya al lado.
Lo que ocurrió después fue una de las noches de sexo más apasionantes de mi vida.
Consumamos nuestro inquietante y creciente amor en una cama con sábanas de seda, preparadas exclusivamente para la ocasión, con pétalos de rosa y velas de aromas dulces encendidas, algunas dibujaban la frase «te quiero» precedida de un corazón creado a base de velas también.
Y sobre el cabecero de la cama un cuadro con mi rostro dibujado la tarde anterior, un retrato que todavía conservo como oro en paño, colgado en mi salón.
Un cuadro como único recuerdo físico del que pudo ser el amor de mi vida y no fue.
Después de consumar nuestro deseo y pasión durante horas, quedé dormida en su regazo como un gatito en la panza de mamá, acurrucada, de espaldas a él, notando su protección y su cálido abrazo en una noche de frío invierno.
Cuando desperté por la mañana, Klint no estaba a mi lado.
Olía a café en toda la casa. Así que me limité a esperar regocijándome entre las sábanas de seda, con esa sensación que tiene una después de creer haber pasado la noche de su vida junto al hombre de su vida.
Pronto supe que algo no iba bien. Klint tardaba demasiado en venir con el supuesto desayuno y los ladridos de Yacki no parecían ser de lo más normales en un perro que está con su amo y amigo.
Así que me levanté cubriéndome solo con una sábana, salí de la habitación y Yacki corrió hacia mí con la desesperación de un perrito que ha sido abandonado y confía en cualquier persona.
Las puertas del balcón estaban abiertas y las cortinas blancas se batían con la brisa fresca de las once de la mañana de un sábado danés de sol luminoso.
Y pronto, después de dejar de escuchar los ladridos de Yacki, el sonido de sirenas llamó mi atención.
Klint no estaba por ninguna parte y Yacki, en mis brazos ya, miraba el balcón con miedo aparente en su comportamiento.
Al salir, el sonido de las sirenas se volvió palpable, casi molesto.
Al asomarme lo vi todo: Klint yacía desparramado en el suelo, sobre un charco de sangre que ocupaba al menos tres cuartas partes de su torso.
Policías y médicos ya acordonaban la zona y el timbre de la casa sonó como un chillido de la muerte misma.
Yacki se deslizó de mis brazos y lloró hacia la puerta, como esperando que fuese Klint el que picaba el timbre, como esperando que su amigo volviera de un paseo matutino, un paseo infinito del que nunca regresó.
Y Yacki pasó a formar parte de la familia de Denis, que ya tenía otros dos perritos.
Aquella tarde de sábado me encerré en casa después de declarar en comisaría.
Dije toda la verdad y la autopsia así lo corroboró.
No fue ahí donde conocí a Bent Meyer, todavía pasaría un tiempo hasta tener mi primer contacto directo con él, aunque aquel sábado ya nos cruzamos las miradas sin conocernos y sin saber el uno del otro.
Lovise pasó por mi casa tan pronto se enteró de la desagradable noticia.
Le había dicho a mi madre que si venía alguien a buscarme le dijese que no estaba, pero mi madre, a sabiendas de que algo malo me pasaba, la dejó entrar con la esperanza de que la débil de Lovise le contase lo que había pasado, cosa que no ocurrió porque Lovise estaba bien advertida sobre los interrogatorios de mamá.
Teníamos un pacto en lo que a ese tema respectaba, ninguna de las dos desvelaría jamás un secreto a oídos de ninguna de nuestras madres.
Así que Lovise pasó a mi habitación y al verme se desmoronó sobre mí en un sollozo profundo, cosa que yo jamás comprendí porque Lovise solo conocía a Klint de aquel momento en la cama del bar, después, todo lo que sabía era lo que yo le había contado.
Me alegra que siempre haya sido tan buena amiga y que cualquier mal que yo haya tenido lo haya sentido como suyo.
Tal vez sea porque es tan débil que solo con el hecho de ver a alguien mal, le nace una enorme pena interior irrefrenable.
Tal vez solo sea porque es una llorona compulsiva, no lo sé.
En cualquier caso, aquello no me vino nada bien, ya estaba intentando asimilar lo ocurrido y lo último que quería era tener a mi amiga llorando como una posesa en mi habitación.
Así que le resté importancia al asunto, objetando que Klint no había sido nada tan serio ni tan alargado en el tiempo como para darle mayor importancia y la despaché lo antes que pude.
Fingí, y lo hice bien. Klint había sido mucho más que un simple conocido, había sido capaz de despertar cosas inexplicables y desconocidas para mí hasta aquel momento, y ahora, recordándolo, doy aún más por seguro que Klint fue alguien especial que jamás olvidaré.
Tuvo que llegar Lucas para recordarme que esas cosas existían todavía en mi interior, esperando a la persona adecuada.
A partir de aquella experiencia mi frialdad como mujer se vio engrandecida y mi corazón trató de cerrarse, y lo consiguió, porque los siguientes ocho hombres fueron importantes, sí, pero nada comparados con Klint o con Lucas en este caso.