La maldición de Catrine 2. Klint #2
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2. Klint #2

Lovise y Jonas parecían haber desaparecido en aquel instante, me giré para comprobarlo y lo que comprobé fue que ellos dos ya se estaban besando con tal pasión que parecían salir llamas de sus cuerpos.

«Pues sí que le iba a costar superar lo de Christian, sí», pensé, y luego, una milésima de segundo después, noté la mano de Klint apoyada en mi muslo, dando rodeos a modo de caricias suaves que no hacían otra cosa que humedecerme las partes inevitablemente.

—¡¿Qué haces?! —pregunté, tratando de mostrar un leve malestar sin conseguirlo.

—Hago lo que quieres que haga, ¿o no?

Y no pude hacer más que abalanzarme sobre él y besarle con locura.

Era la primera vez en mi vida que sentía una atracción tan potente y fuerte hacia un hombre, al fin y al cabo, yo solo era una niña de diecinueve años que estaba empezando a querer vivir como los adultos, y a veces eso pasa factura.

A mí me pasó, pero no fue hasta pasadas dos semanas; dos semanas en que Klint y yo vivimos una bonita historia de amor.

Se portó como un caballero, me trató como una dama en todo momento y yo quería resistirme a acostarme con él, quería atarle de otro modo, aunque costase, pero al final, después de esas dos semanas, el día fatal llegó.

Aquel día estábamos en su casa: un precioso apartamento loft en el centro de Copenhague, a unos diez minutos de casa de mis padres.

Klint había preparado una bonita cena, compuesta por un plato de pato asado con curri y unas patatas asadas también con especias.

Según él, era un plato típico en su familia.

Eran las siete y media de la tarde, la noche ya hacía rato que había caído sobre la ciudad cuando terminamos el postre a base de flan, también preparado artesanalmente por él.

Y es que Klint, aparte de ser un galán de dotes muy variadas, también era un hombre de su casa; cocinaba todos los días y comía como un marqués, cuidaba de su perro Yacki y se encargaba de las coladas y la limpieza de la casa aun pudiendo contratar a una asistenta.

Era un hombre muy provechoso y con talento.

Aparte de su experiencia en el mundo empresarial, en sus ratos libres se dedicaba a pintar cuadros que exponía en importantes galerías de Europa, recaudando fondos y donándolos a un par de asociaciones benéficas; una de niños huérfanos y otra de niños autistas.

Era un encanto de persona. Se había criado en una familia humilde en el barrio de Frederiksberg.

Su padre era pescador y había perdido la vida faenando cuando Klint solo tenía cuatro años, dejándole a él, a su hermano Denis y a su madre a solas frente a la vida.

Su madre enfermó de cáncer cuando solo tenía diez años y murió dos años después.

Klint y Denis fueron acogidos por una residencia de huérfanos al no tener familia directa que los acogiera.

Solo tenían un tío, hermano de su padre, que era un borracho inestable que poco pudo hacer con la situación de los dos hermanos de doce y quince años de edad.

Fue entonces cuando Klint y su hermano desarrollaron su incesante esfuerzo por ganarse la vida, licenciándose Klint en finanzas y Denis en economía con ayuda del gobierno.

Cuando tenían dieciocho y veintiún años respectivamente, Klint y Denis Jacobsen ya habían adquirido acciones de varias empresas nacionales; cuatro años después, saltaron al terreno internacional y a sus veinticinco y veintiocho años de aquel entonces, Klint y su hermano ya aparecían en revistas sensacionalistas de economía financiera como dos de los hermanos con más proyección del panorama mundial, con un patrimonio de más de mil millones de dólares en acciones y bienes .

Y aquí, la señorita Catrine Clausen se encargó de frenar esa proyección en forma de muerte prematura. Todo un genio soy; el genio de la muerte, vaya.

Pues bien, sabiendo todo eso sobre aquel hombre que estuvo a punto de conquistar mi corazón de no ser porque lo maté, hay que tener en cuenta que era un hombre muy considerado pese a poder vivir con muchos más lujos de los que poseía y eso hacía entrever la magnífica persona que se escondía bajo aquel hombre de físico encantador.

Una niña de diecinueve años como yo estaba encantada de haber podido conocer a un hombre así, y aquella noche no pude resistirme más a su proposición de hacerme el amor.

Terminamos la cena y nos sentamos en el sofá con los restos del vino que habíamos tomado durante la cena; un vino español con mucho encanto al paladar, por cierto.

Recuerdo que mi embriaguez era cada vez más acentuada y mis palabras brotaban de mi boca como notas musicales de un altavoz cada vez que me refería a los encantos de Klint.

—Eres maravilloso. Me imagino una vida atada a ti, una vida de sentimientos puros y rejuvenecedores.

—Sí, puedo decir lo mismo de ti, por algo decidí invitarte a aquella cerveza, ¿recuerdas?

—Sí, y Jonas y Lovise también te lo agradecen. La loca me ha dicho que quiere casarse con él. ¡Es de locos! Solo han pasado dos semanas desde que se conocieron.

—Sí, como tú y yo… y también me casaría contigo, princesa —Dio un trago de vino después a esa frase.

—¿Cómo? Estás de broma, ¿no? —Mi sonrisa escapaba de mis labios sin igual .

—No, hablo en serio. ¿Cómo no iba a querer?

Mírate, eres la chica que cualquier hombre de buen gusto querría tener.

Con esa carita tan fina y de facciones tan perfectas.

Con esos labios tan carnosos y a la par sensuales, con sus comisuras alzadas cual trazo al aire.

Con esos ojos verdes de resplandeciente brillo, llenos de vitalidad; con esa sonrisa que me premia a cada momento…

y ese cabello… negro azabache, liso como madera pulida, con su brillo natural.

—¡Calla, bobo! Me vas a ruborizar…

—Y qué decir de tu cuerpo de infinitas curvas esenciales y sensuales, que cada vez que te miro saltan chispas en mi interior, haciendo que me derrita por dentro, imaginándome sobre ti, dándote placer…

—Tú tampoco estás nada mal, eh… —dije antes de dar un trago de vino.