2. Klint
El sol de media tarde incide en la habitación, golpeando a tiras horizontales mi rostro.
Mis lágrimas deben brillar con destellos sin luz.
La estilizada planta de hojas palmadas se mece con la brisa que entra por las rendijas de la persiana, acompañada por los tonos de voz de Lucas.
Espero que desaparezcan pronto o no podré hacer otra cosa que llorar de rabia o suicidarme al fin.
Es el dos de julio y, aunque me pese, aunque cueste, quiero hablaros de Klint, la segunda víctima mortal de mis encantos. Él fue uno de los pocos que despertó ciertos sentimientos en mí, pero, hoy en día, todo es confuso, misterioso; siempre me quedará la duda de si pudo ser algo bonito o no.
Habían pasado siete meses del asunto de Jarl y mi mente ya parecía haberse repuesto bastante del suceso.
La muerte de Jarl significó un antes y un después en la clase.
No pasaba un día sin que su ausencia hiciese recordar que cierto día, un joven de dieciocho años se había quitado la vida en tan dramáticas circunstancias.
Y en la clase se dejaba sentir su presencia a cada rato, a cada ojeada hacia un pupitre vacío que un día estuvo lleno de vida, lleno de ambiciones, deseos, sueños e ilusiones frenadas por esta mantis religiosa de placer carnal.
Y Jarl pasó a ser un recuerdo inevitable, una imagen congelada en las mentes de quienes le conocieron, un sonido con tono de voz agolpado en la memoria, una canción escuchada a ratos, o un aroma que te azota de cuando en cuando.
Pero la vida seguía, y los demás todavía estábamos en ella.
Así que no cabía otra opción que seguir luchando por lo que creías que era bueno para ti en aquel momento.
Y lo bueno pareció llegar una tarde de invierno cuando Klint apareció en mi vida.
Eran casi las siete de la tarde. Me encontraba con Lovise tomando unas cervezas en un conocido club de copas del barrio, cercano al puerto.
Desde allí se puede contemplar la bahía, con barcos cargueros y pesqueros navegando o amarrados.
Es un sitio maravilloso, lleno de camas al aire libre donde poder recostarse a leer mientras tomas una buena cerveza, un buen café, un buen vino o una magnífica copa, además de cócteles y algunas cositas de picar.
Por la noche se convierte en lugar de reunión de gentes de todo tipo que buscan su lugar en la sociedad u otras cosas que suelen buscarse por la noche en un local de copas famoso en la ciudad.
Estábamos tumbadas en una de sus camas, a la orilla del puerto, hablando de nuestras cosas.
Lovise contaba las batallitas amorosas que había vivido con Christian la noche anterior.
—Y dijo que ya no quiere estar conmigo, ¿lo puedes creer?
—dijo Lovise; parecía que tenía ganas de sacar su lengua a rodar por el suelo por la carrerilla que llevaba al hablar—.
El sinvergüenza, diciéndome todas estas semanas atrás que me quería, que no podía vivir sin mí, y ahora dice que ya no quiere estar conmigo. ¡Maldito cabrón!
—No te preocupes, Lovise. Pronto se dará cuenta de que no puede estar sin ti y volverá con el rabo entre las piernas, ya lo verás.
Mi voz sonaba convincente; yo era convincente por aquel entonces, no como ahora, que soy un mar de dudas y temores.
—¿Tú crees? Parecía muy seguro de sí mismo mientras hablaba.
Sinceramente, Catrine, no creo que vuelva, y si no vuelve no podré superar esto, me gusta demasiado.
Quiero morir si no estoy con él —Lovise parecía estar conteniendo las ganas de llorar; siempre ha sido una chica muy sensible; demasiado, diría yo .
—¡No digas tonterías, Lovise! ¡Vales demasiado como para perder así la cabeza por un chico!
Christian no merece que estés mal. La verdad, nunca me gustó demasiado para ti.
Es un canalla que solo te quería por sexo; se notaba a la legua.
No te lo había dicho antes por no entrometerme, pero llegados a este punto, lo tenía que decir.
Lo siento —mi tono era bastante duro y directo, firme como una caña de bambú, y mis ojos, con toda seguridad, denotarían una impresión indeleble en su cerebro, difícil de rechazar, incluso molesta.
—¿Por qué dices eso, Catrine? Es buen chico, me lo ha demostrado.
Lovise finalmente rompió a llorar a lágrima viva.
—¡Sí, ha demostrado lo canalla que es, jugando contigo!
¡Lovise, por favor! ¡Abre los ojos! Si fuese buen chico no habría jugado contigo diciéndote ayer mismo que estaba colado por ti y hoy todo lo contrario.
Esas cosas no se hacen cuando eres buena persona y quieres a alguien —mi tono de voz al final de la frase era mucho más conciliador, consciente de que Lovise estaba muy dolida y necesitaba otro tipo de trato, menos duro.
—Tienes razón, Catrine. Voy a enviarle un mensaje ahora mismo. O mejor, voy a llamarle —dijo mientras se secaba las lágrimas y buscaba el teléfono móvil en el bolso, pegado a su muslo, posado en el colchón blanco sobre base de madera.
—¡No vas a hacer nada, Lovise! —dije mientras mi mano iba directamente a parar a la suya, frenando su impulso de buscar en el bolso—.
Te vas a tomar unas cuantas cervezas más con tu amiga y vas a cambiar de tema, ¿verdad?
—añadí; mi mirada entonces resultó ser esa de ojos cómplices que solo son capaces de interpretar los mejores amigos, conocidos desde temprana edad, en este caso desde la escuela de bebés donde nuestras madres nos llevaban.
Un silencio viajó a nuestro alrededor callando todas las voces de clientes exasperantes del local que no dejaban de sonar y, sin embargo, no éramos capaces de escucharlas en esos momentos. Luego su mano se retrajo sobre sí misma, saliendo del bolso y apretujando la mía con fuerza.
—¿Sabes qué?
Hice un ademán suave con el mentón.
—Que sí, que vamos a bebernos hasta la última gota de cerveza de este local.
Y vamos a ligar con los primeros tíos que se nos presenten.
¡Que le den al maldito Christian! ¡Camarero!
—Ahora era su mirada la que brillaba con mofletes bañados en lágrimas que no tardarían en secarse por la pronta reacción positiva, posiblemente fruto de mis palabras determinantes y firmes.
—¡Así me gusta, pequeña! —exclamé, eufórica por el momento, arpía del desamor.
—Disculpad, señoritas —se escuchó tras nosotras.
Nos giramos al compás y lo vimos. Era Klint; tan alto y rubio como lo recuerdo; tan esbelto y de facciones tan marcadas que su rostro parecía un desierto de dunas esculpidas por el viento; de ojos tan azules y tez tan fina que casi pensé que era un ángel caído del cielo en aquel arduo momento.
Y sin querer darme cuenta, mi sonrisa blanca nacía entre mis labios como una puerta que se abre al paso de los reyes—.
Estamos mi amigo Jonas y yo sentados en esa cama —señaló a otro danés guapo, moreno y casi tan alto como él que miraba sonriente hacia nosotras, alzando la mano a modo de saludo— y no hemos podido evitar escuchar vuestra conversación .
—Ah, ¿sí? —saltó Lovise, que también mostraba su mejor sonrisa en ese momento.
—Sí —contestó Klint, simpático, con unos dientes tan bien puestos, escondidos bajo unos labios tan carnosos, que no podía evitar mirar a esa zona— y nos hemos preguntado si dejaríais que os invitásemos a la siguiente ronda de cervezas. Es justo pensar que podemos entablar una bonita amistad.
—¿Y por qué no? —dije, y miré a Lovise con complicidad y picardía, era mi momento—. Dile a tu amigo que venga; sentaos aquí con nosotras —añadí, y mi sonrisa lució aún más prominente, a sabiendas de su poder de seducción.
—¡Claro! ¡¡Jonas!! —Y Klint, rodeado de masculinidad, le hizo un gesto a su amigo para que se acercase.
Jonas obedeció al instante; parecía estar esperando ese gesto como un agricultor que espera agua de mayo.
Una vez hechas las presentaciones y servidas las cervezas pertinentes, mi juego de seducción fatal comenzó.
—Y dime, Klint… apuesto a que te dedicas a algo realmente importante; tu aspecto varonil así lo anuncia —le dije con mi sonrisa hablando subliminalmente.
—Oh, no me gusta hablar de mis negocios cuando estoy en mi tiempo libre, pero sí, poseo un porcentaje de acciones de una reconocida empresa multinacional, además de otras muchas en varias empresas del país.
Con eso puedo vivir tranquilo, sin preocupaciones —Su modestia contrastaba con mi atrevimiento.
Lovise me dio un golpecito en la pierna para que no continuase con mi persuasión, me conocía demasiado, aunque en ese momento también sabía que, sin mis habilidades con los hombres, posiblemente, esos dos partidazos de hombres no terminarían cenando con nosotras, y esa era mi intención y mi objetivo más cercano.
—Ah, muy bien, guapo. No haré más preguntas sobre ese tema, de momento. Pero dime, ¿por qué unos chicos como vosotros querrían invitar a dos chicas como nosotras? —pregunté; mi picardía comenzaba a dilatarse.
Klint se quedó pensativo un instante, mirándome con esos ojos azules parlantes, casi podía intuir lo que iba a decir, pero me equivoqué, y en lo más interno de mi ser se despertó algo que hasta ese momento desconocía; el interés más allá de la seducción inicial.
Klint resultó ser un hombre tan misterioso que quedé prendada de él al momento.
—Porque una chica como tú ha de ser seducida por un chico como yo. Por eso te invito a una cerveza, ¿acaso creías que te invitaba por el placer de invitarte? —Su mirada me traspasaba, me atraía hacia él.
—¿Y por qué no?
—Un hombre nunca invita por puro placer de invitar, siempre hay un motivo suspendido en el aire, a veces a la vista, a veces escondido.
—¿Y este cómo está? ¿Escondido?
—Lo tienes en tus labios…
Se acercó tanto que pude sentir su aroma más puro; pude percibir la esponjosidad de sus labios sin tocarlos y pude ver su cara más borrosa de lo que parecía… Permaneció ahí por un instante y luego se retiró. Quedé estupefacta, casi aturdida. Su sonrisa no hacía más que intimidarme cada vez más .