La maldición de Catrine
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1. Jarl Nielsen
Me llamo Catrine, tengo veinticinco años y me es imposible tener relación sexual alguna.
Y no porque no quiera o porque no se me dé bien ese tipo de relaciones, sino porque mato cuando hago el amor.
Así es. Tener sexo conmigo asesina, sí. No ha habido hombre que no haya muerto después de tener relaciones sexuales de cualquier tipo conmigo.
A decir verdad, solo uno, no sé por qué, todavía.
Recuerdo la primera vez; yo acababa de cumplir diecinueve años y él se llamaba Jarl Nielsen.
Era uno de los chicos más guapos del instituto.
Muchas chicas andaban tras sus pasos y yo estaba entre ellas.
Una noche, en una fiesta privada que unos amigos organizaron en su casa, Jarl y yo terminamos encerrados, casualmente, en una de las habitaciones de la casa.
Miento, no fue casualidad; fingí haber perdido su teléfono móvil, que él mismo me había prestado, para fotografiar una pintada que alguien había hecho en la pared, en esa misma habitación y enviármela a mi teléfono móvil.
Cuando estuvimos buscando su teléfono por toda la estancia, una chica llamada Lovise (mi mejor amiga) cerró la puerta y la atrancó desde fuera con algo, creo que una silla.
El caso es que la puerta no se abría y Jarl Nielsen y yo pudimos intimar hasta que lo excité tanto, que no pudo resistir la tentación de hacer el amor conmigo.
Aquel día fue inolvidable para mí porque perdí la virginidad, pero también porque horas más tarde hallarían el cuerpo de Jarl colgado de un árbol.
La noticia corrió como la pólvora por el barrio de Christiania, en mi natal Copenhague.
Mi trauma fue agonizante, extenuante. Jarl se había colgado por voluntad propia.
Pero ¿qué motivación puede llevar a uno de los chicos más prometedores de todo un instituto a hacer algo semejante?
Nunca lo sabremos. Lo que sí sé hoy es que uno de esos motivos fui yo y todavía, estas son las fechas que corren, no sé por qué me pasa esto.
A veces pienso que es una maldición, pero esas cosas no existen.
Otras he llegado a pensar que hay alguien que me vigila y se encarga de amedrentar con amenazas, vete a saber cuáles, a todos esos hombres para que terminen suicidándose horas después de haber tenido relaciones conmigo.
Y no puedo más. No puedo con esta vida de secretos, no puedo con esta angustia de saber que no puedo enamorarme cuando ese sentimiento llega sin avisar, sin remedio alguno y sin piedad, terminando con la vida de los hombres que más he querido en mi angustiosa vida.
Pienso que jamás he estado enamorada de verdad.
Pero a día de hoy, y si escribo todo esto es porque sé que he caído locamente enamorada de un hombre maravilloso llamado Lucas.
Lo malo es que él también siente ese tipo de cosas hacia mí.
Y eso debería ser motivo de alegría, pensaría cualquiera, pero no en mi caso.
En el momento en que consumemos nuestro amor en forma de sexo, todo habrá terminado de la peor forma posible, con su muerte, con su suicidio inevitable.
Pero volvamos a los demás hombres y a mi vida hasta este momento.
Una vida tan extraña que a veces he sido yo la que ha pensado en terminar con ella.
Acabar de una vez por todas con esta maldición agónica que no me deja vivir, ni siquiera formar una familia en condiciones.
Mi frustración aumenta cada día que pasa, cada segundo me parece un mundo perdido entre el sentir y el pensar.
No puedo sino resignarme a vivir con esta carga, a alejar a todo aquel que quiera algo más que una amistad conmigo, a salvar la vida de esos hombres.
Pero cuando una siente verdadero amor, ¿cómo se puede alejar a ese hombre?
¿Cómo? ¿Cómo decirle que ya no quieres estar con él cuando lo que realmente deseas es pasar cada instante a su lado?
Estoy desquiciada; no puedo hablar de esto con nadie excepto con mi gran amiga Lovise.
La policía ya sigue mis pasos. Para ellos es extraño que todos los hombres suicidas encontrados coincidan en haber tenido su última relación sexual conmigo.
Pero siempre sale a la luz que se han matado ellos mismos.
Eso me exculpa, pero no hace que Bent Meyer no esté obsesionado conmigo desde que me conoció.
Siempre que me ha interrogado en comisaría ha terminado invitándome a café, proponiéndome ir de copas o a cenar; quiere sexo y no se lo voy a dar, pero también quiere esclarecer mi caso porque sabe que alguna relación tengo con esos suicidas, pero si ni siquiera yo sé por qué pasa eso, ¿cómo lo va a descubrir un policía de media tinta que no sabe lo que es llevar una investigación criminal de verdad?
Simplemente no puede hacerlo, es un cateto de pueblo que solo sabe fardar de buena posición social y abusar de su autoridad en la medida de lo posible. Allá él.
Siempre he sido una chica muy pícara y los hombres raras veces han podido aguantar mis travesuras, o, mejor dicho, ellos, guiados por su músculo genital, nunca han podido resistirse a mis encantos femeninos, que me consta que no son escasos.
Es tan sencillo llevar a un hombre a la cama que resulta hasta cómico.
Pero ya dejé de jugar con ellos a la undécima vez.
Cada vez que ocurría pensaba «no tiene por qué ser así.
No tiene que ver contigo. Son solo casualidades».
Entonces lo volvía a intentar por meros motivos instintivos naturales y volvía a suceder: otra muerte, otro suicidio, horas después del jolgorio sexual.
Y once veces fueron demasiadas para seguir pensando que era fruto del destino o de la casualidad, o de la peor de las suertes.
Once veces que me restaron sueño y horas de vida, porque, créanme cuando digo que, gracias a ello, moriré joven por todas estas circunstancias que me han pasado.
Y ahora llevo un tiempo largo resistiéndome al sexo, al amor y a todo, viviendo desolada.
Con miedo a volver a matar de placer, a volver a incitar al suicidio.
Pero claro, en tanto tiempo, tarde o temprano, ese alguien tenía que llamar a mi puerta, a la puerta del deseo y del amor más puro y carnal, porque basta con que no desees algo demasiado para que te llegue sin buscar.
Y ese alguien es el pobre Lucas, que sin saberlo se ha metido en un camino hacia el fin de sus días, hacia una muerte segura por parte de una mujer diabólica, asesina del amor.
Un Lucas que se encuentra en este preciso momento llamando a mi puerta con desespero, y que nunca encontrará una respuesta, ni siquiera una explicación a mi desaparición. Es mejor así. Merece vivir.
Lágrimas resbalan por mis mejillas deslizándose hasta mis labios de curvatura acentuada; ese sabor salado esta vez es tan amargo que puede que casi termine envenenándome a mí misma y suicidándome, tal vez lo merezca, puede que sea el precio que debo pagar por haber terminado con tantas vidas inocentes y llenas de deseos y sueños.
Quizá yo tenga que morir y él vivir, a lo mejor es la duodécima vez la que determine mi futuro y deje a esta vividora en paz.
Pero algo me dice que no es el final. Que Lucas no desistirá en su empeño de encontrarme, de poder besarme y abrazarme como solo él ha sabido hacer; unos besos y abrazos exentos de mi deseo por el miedo a la muerte.
Unos besos y abrazos que denotan cierta frialdad en mí, pero nada está más lejos de la realidad.
Trataría de deshacerme en abrazos, besos y todo lo que conllevan esos actos tratándose de él.
Pero el miedo a sentirle muerto me puede, no me deja respirar y la puerta no deja de sonar, y su voz entra por la ventana como hachazos llenos de mentiras y odios hacia mí misma.
Quiero morir, pero no sé cómo en este momento; lo que quiero realmente es morir en sus brazos, morir de amor, morir con él, revolcarme en una cama en llamas de sábanas blancas y aromas almizclados.
Sea de la forma que sea, desearía consumar nuestro amor y suicidarnos al mismo tiempo.
Tal vez después podamos estar juntos en el más allá, viviendo felices y en paz, sin mentiras, con sentimientos puros.
«Estás soñando despierta», me digo. Y no puedo más.
He dejado caer mi frente sobre la mesa, sobre el papel en que escribo estas líneas, sollozando con fuerza para no escuchar su voz, para olvidar que está ahí, pero no se puede, es demasiado insistente, y me encanta.
Todo lo hace por mí… y eso me enamora más, si cabe.
Termino desviándome de la historia. Quiero contaros todo, desde el principio, para que al final alguien lo lea y pueda saber el calvario que me ha tocado vivir.
Es lo que siento ahora mismo, lo que quiero hacer: plasmar mi historia en un papel y dejar la huella que corresponde.
Mientras tanto, Lucas no deja de llamar…