La maldición de Catrine 22. Lágrimas en las páginas #2
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22. Lágrimas en las páginas #2

—Y tanto que es la última vez, Catrine. Es la última porque me muero —tosió; una tos tan malsonante como para creer que lo que estaba diciendo era mentira—.

Los de asuntos internos que me han interrogado ya lo saben.

Tengo confianza en que se reabrirá tu caso y ella pagará por todas esas muertes de personas inocentes que ha provocado —tosió de nuevo y sus palabras quedaron en algo incomprensible para mí. Realmente se moría.

—¿Ella? ¿Quién? ¿De qué hablas, Bent? —pregunté, esta vez con gesto preocupado.

—Tus suicidios, Catrine. Jamás fueron suicidios.

Ha sido Andrea, Andrea Lee todo el tiempo.

Ha utilizado un veneno volátil que no deja rastro.

Un veneno que utilizan algunas tribus del Amazonas para castigar a hombres y mujeres impuros; un veneno que induce a suicidarse por el grave daño que causa en el organismo —tosió de nuevo, esta vez parecía estar lanzando sus tripas por la boca—.

Pero yo no me voy a suicidar. Voy a morir con todo el dolor, estoy muerto ya. Lo merezco.

—Pero ¿estás diciendo que lo ha utilizado contigo? ¿Por qué? Si estabais juntos.

—Hay una grabación que la delata. Tenía hackeadas tus redes sociales.

La tengo pillada echando algo en mi bebida.

He encontrado el frasco del veneno en la basura y he conseguido sacar su diario de casa.

Lo he entregado todo a Asuntos Internos antes de llamarte.

Ahí lo cuenta, Catrine. Todo. Desde Jarl.

Cómo hizo llegar el veneno a cada uno, a quién pagó, a quién extorsionó y cómo siguió cada uno de tus pasos para actuar poco antes de que se quedaran a solas contigo.

No necesitaba entrar en los espacios privados; preparaba el camino y utilizaba a otros.

Los de asuntos… —tosió de una forma mucho más acentuada que las demás.

Y el silencio llegó para dar paso a una voz que decía: «¡Lo perdemos, lo perdemos!

». Después la llamada se cortó entre sonidos de trasteo del teléfono .

Miré a Lucas, había escuchado toda la conversación, muy a su pesar, ya que había puesto mi teléfono en modo manos libres.

—Tenemos que irnos de esta ciudad, Catrine —dijo, muy serio.

Miré el teléfono, quedé pensativa.

—¿Y tu trabajo? ¿Y mi familia? —contesté.

—Dejémoslo todo. Aquí estamos en peligro. ¿Quién sabe lo que esa lunática es capaz de hacer? ¡Vámonos lejos, donde nadie sepa quiénes somos!

Me abrazó con gran sentimiento.

Lloré, por un lado, de tristeza y rabia, pero por otro de alegría al saber que lo mío no era una maldición y que, al fin, Bent, pagando con su vida, había descubierto la causa de mi gran problema.

Eso significaba que Lucas y yo podríamos al fin tener una relación plena, lejos de esa loca de alma endiablada.

Los dos podríamos empezar de nuevo en alguna ciudad grande donde las personas no supieran de dónde venimos ni lo que nos precede.

No lo dudamos y dos horas después ya estábamos en el aeropuerto, cargando con pocas cosas, dispuestos a comenzar una nueva vida juntos.

Y aquí estamos, en Barcelona. Ciudad bonita y grande que siempre nos había atraído, aunque ninguno guardase un recuerdo especial de ella.

Ciudad donde somos dos bultitos más en medio de una multitud desconocida y frenética.

Ciudad donde, por fin, en una noche de ensueño, pude tener relaciones sexuales con el hombre de mi vida sin tener que sufrir las tan dramáticas consecuencias que me han azotado durante toda mi vida.

Ahora es hora de buscar trabajo y formar un nuevo porvenir lejos de todo lo malo, intentando pasar secuencias nuevas que dejen un poco de lado toda esa vida de muertes y sacrificios por los cuales es posible que me haya ganado el infierno.

Aunque puede que Dios me dé un poco de tregua al fin y castigue a aquella que ha sido capaz de amargar la vida de una persona inocente como yo.

Retomo estas líneas cinco días después de escribir que acabábamos de llegar. Tengo el placer de poder añadir una noticia que hemos visto en televisión:

«Joven danesa detenida en Copenhague. La joven, al parecer, miembro de una organización secreta de ocultismo, es la supuesta causante de la muerte de doce hombres tras haberlos envenenado con un extraño y difícil de encontrar veneno que induc e al suicidio.

La investigación ha dado un giro después de que el inspector Bent Meyer entregase a Asuntos Internos una grabación, un frasco y un diario perteneciente a la detenida.

En sus páginas, Andrea Lee describe cómo comenzó a obsesionarse con Catrine Clausen cuando ambas eran jóvenes, después de convencerse de que Catrine le había quitado a Jarl Nielsen, el muchacho del que Lee estaba enamorada.

También reconoce que ella misma contaminó una bebida de Jarl durante la fiesta y que, para la segunda víctima, ya había desarrollado las habilidades informáticas con las que empezó a chantajear a terceros.

El documento reconstruye caso por caso cómo hizo llegar el veneno a los demás hombres.

Según el diario, Lee se convirtió en una hacker profesional y siguió los teléfonos de Clausen y de las personas de su entorno.

Utilizó a falsos empleados y a personas ocasionales de los alrededores de Catrine para aproximarse a los hombres; a unos los pagaba y a otros los extorsionaba con información sensible.

Mediante pedidos inducidos, bebidas, cigarrillos o pequeños obsequios aparentemente casuales, hacía llegar la sustancia poco antes de que las víctimas se quedaran a solas con Clausen.

La policía cree que Lee calculaba la dosis y el momento de cada entrega mediante el seguimiento de los teléfonos, sin necesidad de acceder personalmente a la mayoría de los espacios privados.

El diario también relaciona a Lee con Madama Romina, a quien habría extorsionado para que reforzase en Catrine la idea de una maldición y guardase silencio.

Los investigadores consideran que Romina sufrió una parada cardiaca durante la consulta, después de entrar en un estado de ansiedad extrema; no se han encontrado indicios de envenenamiento en su muerte.

Es el primer caso visto en Europa. Se sabe que el veneno es utilizado por remotas tribus del Amazonas para castigar a hombres y mujeres impuros.

En casa de la joven se han encontrado hasta veinte frascos de este potente veneno volátil que no deja ningún resto en el organismo minutos después de causar el tremendo daño.

La joven pasará a disposición judicial en las próximas horas con cargos que podrían acarrearle una pena de entre veinte y sesenta años de prisión. »

Yo sé que Madama Romina veía cosas de verdad.

Andrea la había obligado a asustarme y a guardar silencio, sí, pero aquello que vio durante el trance no había salido de la boca de su extorsionadora.

Vio a los muertos. Vio a Andrea detrás de ellos.

Y comprendió que la mujer que la amenazaba era capaz de matar. Su corazón no soportó tanto miedo.

La Piedra de los Recuerdos nunca tuvo poder alguno. Fue solo un amuleto, una forma de aferrarme a algo cuando no tenía respuestas. Y tal vez por eso le cogí tanto cariño.

Una noticia que me hace respirar y poder disfrutar de esta nueva vida.

Una noticia que al fin pone justicia a la gran amargura que he sentido durante toda la vida.

Puede que un día podamos volver a Copenhague de visita.

Tal vez visitemos a esa mujer en la cárcel para escuchar de su propia boca cómo pudo llevar tan lejos aquella obsesión.

Hasta entonces seguiremos disfrutando del amor y de la vida.

Por ti, Lovise.

FIN