CAPITULO 10 #2
Afuera, el viento feroz pareció calmarse de repente, como si el cementerio mismo estuviera conteniendo la respiración. Pero dentro del mausoleo el frío era inhumano. Cada exhalación de los cinco salía convertida en vapor blanco, como si estuvieran encerrados en un congelador. El aire olía a piedra húmeda, a tierra removida y a algo mucho más antiguo.
Villegas paseó el haz de su linterna por un rincón oscuro y se detuvo.
—Hey… miren esto.
Todos voltearon. Una escalera estrecha descendía hacia un subterráneo negro como la boca de un pozo.
Antes de que pudieran decir una palabra, la pesada reja de hierro del mausoleo se cerró de golpe con un estruendo metálico ensordecedor. El sonido reverberó entre las paredes como un disparo.
Eli soltó un grito ahogado y corrió hacia la reja. La empujó con desesperación; aún no estaba asegurada. La abrió de un tirón y salió corriendo entre las tumbas, alejándose del mausoleo.
—¡Eli, no! —gritó Ricardo.
—¡Eli, vuelve! —exclamó Maisa.
Pero ella seguía corriendo, con la voz quebrada por el pánico:
—¡No! ¡Ya no hay viento! ¡Es una trampa! ¡Vámonos de aquí! ¡Nos están poniendo una trampa!
Se detuvo en seco.
Frente a ella, a unos cincuenta metros, las tres siluetas se materializaron de la nada, cayendo del cielo con una lentitud antinatural. Los hermanos Asimov se pararon en medio del camino, observándola.
Ellie se quedó paralizada. Las lágrimas rodaban por su rostro pálido mientras miraba a los tres adolescentes que la observaban fijamente, sin parpadear.
Los demás salieron corriendo del mausoleo y se detuvieron en seco al verlos. Ricardo se acercó lentamente a Eli, extendiendo la mano.
—Eli… por favor, ven aquí.
Ella no se movía. Ricardo la tomó del brazo con cuidado y la arrastró hacia atrás, hacia el grupo. Todos apuntaron con sus armas hacia Nikolay, el del centro. Todos menos Ellie, que lloraba en silencio, incapaz de apartar la vista de ellos.
Nikolay, flanqueado por Christoph y Dmitry, levantó lentamente los brazos y ladeó la cabeza hacia su hombro derecho, en un gesto que podría haber sido infantil… pero que a la distancia resultaba profundamente perturbador.
Nadie se atrevía a disparar.
De pronto, Villegas dio un paso adelante, apuntó con firmeza y disparó directo al pecho de Nikolay.
El disparo retumbó en la noche.
Nikolay cayó hacia atrás con violencia. Sus dos hermanos se desplomaron al mismo tiempo.
Por un segundo reinó el silencio.
Luego, los tres se levantaron con calma. Se sacudieron la ropa y, de repente, sus rostros cambiaron. Ya no eran adolescentes de mirada vacía. Ahora eran niños. Rostros tiernos, inocentes, casi angelicales. Los mismos que debían haber sido antes del horror. Se miraron entre ellos, sonrieron con timidez, se abrazaron y comenzaron a alejarse caminando como si nada hubiera pasado.
Pero Ricardo entrecerró los ojos.
—¡Nos están engañando! —gritó—. ¡No son ellos! ¡Los cuerpos siguen ahí!
Se acercó rápidamente al Nikolay que yacía en el suelo, con los ojos cerrados, y apuntó directo a su corazón.
En ese instante, Nikolay abrió los ojos.
De forma imposible, los tres hermanos aparecieron rodeándolo en un parpadeo. Eli gritó:
—¡No!
Maisa y Villegas la sujetaron con fuerza para que no avanzara.
Los tres hermanos rodearon a Ricardo en un parpadeo imposible.
Antes de que pudiera reaccionar, lo sujetaron. Christoph tomó su brazo derecho, Dmitry el izquierdo, y Nikolay sus piernas. Lo levantaron entre los tres con una fuerza sobrenatural, elevándolo cada vez más alto sobre las tumbas.
Ricardo gritó, debatiéndose como un animal atrapado. Sus piernas pataleaban en el vacío. Desde abajo, el grupo observaba horrorizado cómo los tres hermanos flotaban en el cielo nocturno, suspendidos contra las nubes oscuras, sosteniendo a su amigo como si no pesara nada.
Y entonces… se separaron.
Con un movimiento brutal y sincronizado, tiraron en direcciones opuestas. Se escuchó un sonido horrible: carne desgarrándose, huesos rompiéndose, un grito ahogado que se cortó de golpe. La sangre cayó como lluvia caliente sobre las lápidas.
Un pie de Ricardo —con el zapato aún puesto— golpeó el suelo con un sonido húmedo y sordo justo frente a Eli.
La chica miró hacia abajo y soltó un alarido desgarrador que pareció romper la noche misma
El grupo se quedó paralizado, envuelto en un silencio roto solo por los sollozos ahogados de Eli. Nadie se movía. La sangre de Ricardo aún goteaba desde las lápidas cercanas. El shock era tan profundo que parecía que el tiempo se había detenido.
Villegas fue el primero en reaccionar. Con la voz ronca pero firme, tomó el control:
—¡Maisa! ¡Reacciona! ¡Tenemos que movernos! ¡Ahora!
Maisa parpadeó, como saliendo de una pesadilla. Miró a Eli, que temblaba sin control, y se acercó rápidamente.
—Eli… Eli, mírame. Tenemos que correr. Vamos, mi niña…
Entre Norman y Maisa levantaron a Eli casi en vilo y comenzaron a correr entre las tumbas. Norman lloraba abiertamente mientras sostenía a su amigo destrozado en la memoria. Eli sollozaba sin parar, con las piernas apenas respondiéndole.
Mientras corrían, sintieron que no estaban solos. Sobre ellos, el cielo parecía lleno de algo invisible. Sombras que volaban en círculos, como aves de carroña acechando a su presa. Escuchaban el aleteo, el roce de alas membranosas, pero al mirar hacia arriba solo veían nubes oscuras y nada más. La sensación de ser cazados era asfixiante.
—¡Allá! —gritó Villegas—. ¡La tumba está entreabierta!
Eli se detuvo en seco, aterrorizada.
—No… por favor, no… ¡No quiero meterme ahí!
—¡Sí! —ordenó Villegas—. ¡Adentro! ¡Es la única opción!
Maisa entró primero, deslizándose por la abertura. Norman agarró a Eli por la cintura y la empujó casi a la fuerza. Maisa la recibió abajo, abrazándola fuerte. Norman entró después y, por último, Villegas cerró la losa lo mejor que pudo, sumiéndolos en una oscuridad casi total.
Dentro de la tumba el aire era denso, húmedo y olía a tierra removida y muerte antigua. Se quedaron en silencio un largo rato, solo se escuchaban sus respiraciones agitadas y los sollozos de Eli
Norman, con la voz quebrada y tapándose la cara con una mano, explotó de repente:
—¿Pero qué mierda hicimos mal? ¡Le disparamos al corazón del pendejo! ¡Lo vimos caer! ¿Qué carajos pasó?
Maisa, con las mejillas mojadas de lágrimas, sacó su celular con manos temblorosas. Se limpió la cara con el dorso de la mano y tecleó “Betal” en el buscador. La luz de la pantalla iluminó su rostro pálido mientras leía con voz entrecortada, rota por sollozos:
Betal es un espíritu maligno en la mitología india. Es un demonio fantasma es híbrido o vampiro. Especialmente el letal que ocupa cadáveres. Los letales rondan los cementerios, osarios y crematorios y pueden tomar posesión de un lugar o un ser con vida para poder descansar. Se manifiesta con cadáveres a través de los cuales atormentan a los vivos causando enfermedades, locura y hasta la muerte…»
Maisa levantó la mirada, con los ojos cristalinos y llenos de horror.
Norman frunció el ceño, confundido.
—¿Pero ¿cómo…? Si ellos están muertos, ¿cómo va a tomar posesión de…?
Eli, con la mirada perdida en la oscuridad, susurró:
—La vieja nos mintió… Nos dijo que la mamá eligió al menor… Nikolay. Pero nunca dijo que él fuera el menor de verdad. Maldita sea… fuimos tan imbéciles. Ella es la menor. Nastya es la que está viva. Ella es el recipiente.
En ese mismo instante, lejos de allí, en el asilo de El Albarrán, Nastya Asimov estaba sentada en su silla de ruedas frente a la ventana. Su cabeza colgaba hacia abajo. Lentamente, muy lentamente, la levantó. Una sonrisa insidiosa y perturbadora se dibujó en sus labios arrugados.
Luego, con una facilidad que ningún anciano debería tener, se puso de pie. La silla de ruedas quedó atrás, vacía. Nastya dio varios pasos firmes hacia la ventana, sin ninguna dificultad, como si el peso de ochenta años nunca hubiera existido.
Dentro de la tumba el aire era espeso, casi sólido. Olía a tierra mojada, a huesos viejos y a la sangre que aún parecía flotar en la memoria de todos. Nadie hablaba. El silencio era tan profundo que se escuchaba el latido acelerado de sus propios corazones.
Norman no paraba de llorar. Sentado contra la pared de piedra fría, con la cara enterrada entre las manos, sollozaba en silencio, el cuerpo sacudido por espasmos. Su primo Ricardo —el que siempre bromeaba, el que había conseguido los boletos, el que los había metido en esto— ya no existía. Solo quedaba un pie sobre la hierba y un recuerdo que se repetía una y otra vez en su cabeza.
Villegas, después de varios minutos que parecieron horas, se movió con cuidado. Empujó ligeramente la losa de la tumba y asomó la cabeza. La noche seguía oscura y quieta. No había movimiento entre las lápidas.
—Está despejado —susurró—. Es hora de salir.
Nadie se movió. Eli seguía temblando entre los brazos de Maisa, con la mirada perdida. Norman ni siquiera levantó la cabeza.
Villegas suspiró y terminó de salir. Se arrodilló al borde de la abertura y llamó hacia abajo con urgencia contenida:
—¡Maisa!
—…Sí —respondió ella finalmente, con la voz ronca.
—Vamos, mi niña. Tenemos que movernos. No podemos quedarnos aquí.
Maisa respiró hondo. Con ternura, tomó el rostro de Eli entre sus manos y le limpió las mejillas mojadas con los pulgares, intentando borrar las lágrimas y el terror.
—Eli… mírame. Tenemos que salir. Por favor, cariño. Yo estoy contigo.
Entre los tres ayudaron a Eli a subir primero. Luego salió Maisa, y por último Norman, que parecía un muerto en vida. Villegas los esperaba arriba, con la pistola aún en la mano y la mirada nerviosa recorriendo las sombras.
—Vamos —dijo él, intentando transmitir una seguridad que no sentía—. Corramos.
Empezaron a correr entre las tumbas, desorientados. El cementerio parecía haber cambiado. Las cruces, los mausoleos y los senderos se veían iguales en todas direcciones. Villegas iba adelante, pero pronto se detuvo, mirando alrededor con frustración.