CAPITULO 10 #3
—¿Por dónde…? —murmuró, girando sobre sí mismo.
Norman, que aún lloraba, pero empezaba a reaccionar, levantó la cabeza de golpe. Su voz salió rota, pero clara:
—Es para allá… por el lado de los pinos. Yo conozco este lugar.
Cambió de rumbo y los demás lo siguieron. Corrían sin aliento, mirando constantemente hacia el cielo y hacia los costados, esperando que en cualquier momento aquellas sombras volviesen a descender. Cada crujido de hojas, cada rama que se movía con el viento, les arrancaba un nuevo sobresalto.
Llegaron jadeando hasta la reja principal. Las gruesas cadenas seguían puestas, los candados cerrados. La libertad estaba a solo unos metros… pero inalcanzable.
Ricardo. Las llaves las tenía Ricardo.
El peso de esa realidad cayó sobre ellos como una losa más. Se detuvieron frente al metal frío, respirando con dificultad, mirando las cadenas como si fueran las rejas de una prisión de la que ya nunca podrían escapar.
Villegas agarró los barrotes de hierro con ambas manos y los sacudió con rabia contenida. El metal frío vibró bajo su fuerza, pero no cedió ni un milímetro. Levantó la mirada hacia la oscuridad del cementerio, respirando con dificultad.
—Ni cagando podemos atravesar esta weá… —murmuró Maisa, con la voz rota.
De pronto, desde las profundidades del camposanto, llegó una risa. Baja al principio, casi infantil. Luego se multiplicó. Tres voces distintas riendo al unísono, divertidas, crueles, acercándose.
Todos se giraron de golpe, aterrorizados. Eli soltó un gemido ahogado y se pegó contra la reja.
Villegas apretó la mandíbula. Sacó el revólver, apuntó a los candados y disparó dos veces. El estruendo retumbó como un trueno. Luego tres disparos más arriba. Las cadenas cayeron con un ruido metálico. Empujó el portón con el hombro y lo abrió de par en par.
—¡Vamos! ¡Al auto!
Corrieron como animales perseguidos por la calle desierta. Villegas se lanzó al volante, los demás apenas alcanzaron a cerrar las puertas antes de que el auto saliera disparado, chirriando llantas en la noche.
Dentro del vehículo, el silencio era pesado. Maisa, todavía jadeando, habló primero:
—La reja del asilo de esa vieja reculía también va a estar cerrada… ¿cómo mierda vamos a entrar? No podemos ponernos a disparar ahí.
—Ahí veremos la manera —respondió Villegas, con los nudillos blancos sobre el volante.
Norman, desde el asiento de atrás, soltó una risa amarga y rota:
—¿Qué? ¿Vamos a entrar a la pieza de la abuelita y matarla?
—¡Qué abuelita ni qué mierda! —escupió Maisa—. Esa vieja de mierda nos engañó desde el principio. Vamos a abrir la puerta y la hacemos chaya. Despierta o dormida.
El auto se detuvo bruscamente cerca de la reja del asilo. Las luces del edificio estaban casi todas apagadas. Solo una ventana, en el segundo piso, permanecía encendida como un ojo amarillo vigilante.
Norman señaló en silencio tres barrotes sueltos en la reja exterior. Uno a uno se coló por la abertura, mirando hacia todos lados como fugitivos. Norman entró primero, luego Eli (casi empujada), después Maisa y por último Villegas. Avanzaron agachados por el jardín hasta una ventana entreabierta en la planta baja.
—Esa luz… —susurró Norman, con la voz temblorosa—. La bruja nos está esperando.
Subieron las escaleras en penumbras, pisando con cuidado. El pasillo del segundo piso estaba en silencio absoluto. Solo una puerta entreabierta dejaba escapar un rectángulo de luz enfermiza.
Se detuvieron frente a ella. Villegas levantó el revólver, respiró hondo… y pateó la puerta con todas sus fuerzas.
La madera se abrió de golpe.
Allí estaba Nastya Asimov, de pie junto a la ventana, erguida como si nunca hubiera sido una anciana frágil. Una soga gruesa ya estaba atada alrededor de su cuello, asegurada a una viga del techo. Los miró con una sonrisa perturbadora, casi cariñosa.
—Les dije que vendrían por mí… —susurró con voz suave, casi dulce—. Pero mi misión ya está cumplida.
Y sin darles tiempo a reaccionar, Nastya saltó por la ventana.
El cuerpo cayó. La cuerda se tensó con un chasquido seco. El golpe del cuello al romperse resonó en la noche. El cuerpo quedó colgando, balanceándose lentamente contra la fachada del edificio, como un péndulo macabro.
Maisa gritó con toda su alma:
—¡¡Nooo!!
En el hospital de El Albarrán, la habitación de Tania estaba en penumbras. La niña yacía inmóvil, conectada a las máquinas. De pronto, su frente se arrugó. Otra vez el mismo sueño.
Caminaba descalza frente al edificio antiguo. La ventana del piso más alto seguía iluminada. La sombra estaba allí… pero esta vez la cámara del sueño se acercó lentamente. La figura se volvió más nítida.
No era un niño.
Era Nastya. Sonriendo con esa misma sonrisa insidiosa que acababa de ver Maisa. La anciana levantó la mano y la saludó despacio, con cariño enfermizo.
Tania abrió los ojos de golpe en la cama.
Sus pupilas eran completamente negras. Dos pozos de oscuridad absoluta.
El monitor cardíaco emitió un bip largo y continuo… que de pronto se cortó. Silencio.
Luego, muy lentamente, Tania sonrió.