CAPITULO 10
FRENTE A FRENTE
La luz dorada de la tarde se filtraba débilmente por las cortinas de la habitación del hospital de El Albarrán. Tania dormía con el rostro pálido y sereno, pero Norman no podía apartar la mirada de ella. Sus ojos estaban hundidos por el cansancio y el miedo.
Ricardo, a su lado, frotaba con suavidad la espalda de su primo en un gesto de consuelo silencioso.
—Vamos a salir de esto, primo —dijo en voz baja—. Me voy a quedar aquí el tiempo que sea necesario.
Norman colocó su mano sobre la de Ricardo, apretándola con fuerza, como si necesitara sostenerse de algo real.
—Gracias…
En ese instante, el celular de Ricardo vibró. Miró la pantalla y contestó casi en un susurro:
—Es Eli.
—Hola —dijo ella al otro lado de la línea—. Ya sabemos qué tenemos que hacer. ¿Siguen en el hospital?
—Sí, todavía estamos aquí. ¿De qué hablas? ¿Qué tienen que hacer?
—No fue en vano —respondió Eli, con la voz cargada de adrenalina—. Hablamos con la señora Nastya. Nos dijo exactamente cómo matar a los hermanos.
Ricardo parpadeó, confundido.
—¿Cómo?
—Tenemos que ir al cementerio y atravesar el corazón del más chico. De Nikolay.
—Suena… excelente —murmuró Ricardo con sarcasmo, aunque su rostro mostraba una mezcla de incredulidad y temor—. ¿Y ella cómo carajos sabía todo eso?
Mientras tanto, en otro punto del pueblo, Villegas había repartido armas improvisadas que los muchachos guardaban con cuidado en sus mochilas. Maisa, Eli, Norman y Ricardo ya formaban parte del grupo.
Horas más tarde, cuando el sol comenzaba a morir tras los cerros, el cementerio de El Albarrán se cubría de sombras alargadas. Un cuidador de uniforme gris terminaba su jornada, colocando gruesas cadenas en la reja principal. Primero la superior, luego la inferior. Aseguró todo con dos candados grandes que resonaron con un clang metálico y definitivo.
Escondido tras un poste de luz al otro lado de la calle, Villegas observaba en silencio, vestido de civil, pero sin poder ocultar del todo su porte de carabinero.
En cuanto el viejo auto blanco del cuidador se alejó por la carretera, Villegas hizo una seña con la mano. A unos cien metros, el resto del grupo esperaba. Norman se acercó rápido con las llaves, abrió uno a uno los candados con manos temblorosas, intentando no hacer ruido. Sacaron las cadenas con lentitud y entraron al cementerio. Volvieron a cerrar todo tras de sí.
—Igual quedamos encerrados —dijo Villegas en voz baja—. No llamé a más carabineros. Esto es un caso diferente. Nadie me creería. Estoy aquí por mi cuenta… porque yo ya he visto cosas. Y después de escuchar a la señora Nastya, ¿cómo no creerles?
Maisa asintió con firmeza.
—Además estamos juntos en esto. Somos un equipo y tenemos cómo defendernos.
Norman miró a su primo.
—¿Tiene cierre esa chaqueta canguro?
—Sí, ¿por?
—Guárdame las llaves, porfa. Imagínate que tengamos que correr y se nos caen… quedaríamos encerrados aquí adentro con ellos.
—Obvio —respondió Ricardo. Recibió las llaves, las guardó en el bolsillo interior de su polerón y dio dos palmaditas firmes sobre la tela—. Ya están seguras.
Villegas respiró hondo.
—Estamos listos.
—Vamos —dijo Maisa, exhalando con las mejillas infladas.
Ellie se persignó rápidamente, murmurando una oración casi inaudible.
Los cinco comenzaron a avanzar por el camino principal del cementerio mientras la noche caía como un velo pesado y frío. Las hojas secas rodaban por el suelo impulsadas por un viento que parecía susurrar advertencias. Caminaban cada vez más lento, temblorosos, con los nervios consumiéndolos. Cada sombra, cada crujido, hacía que miraran alrededor con paranoia.
Villegas sacó su pistola y la sostuvo con ambas manos, avanzando con extrema cautela. Maisa caminaba a su lado, solitaria y tensa, sintiendo cómo la oscuridad del cementerio los tragaba poco a poco.
Por su parte, en el hospital de El Albarrán, Tania seguía inconsciente en su cama. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por las luces frías y parpadeantes de los monitores. La niña permanecía conectada a varios respiradores y cables que emitían un pitido constante y monótono.
De pronto, su pequeña frente empezó a arrugarse lentamente. Otra vez el mismo sueño.
En su pesadilla, Tania caminaba descalza frente a un edificio antiguo y sombrío. Todas las ventanas estaban tapiadas, excepto una en el piso más alto, donde brillaba una luz amarillenta y débil. Allí, recortada contra el resplandor, estaba la sombra otra vez, levantando la mano y saludándola con un movimiento lento, suave y aparentemente inocente.
Tania se detuvo, preocupada. Retrocedió un paso, luego otro. Pero la sombra no bajó la mano. Siguió moviéndola de un lado a otro, insistente, casi juguetona, invitándola a acercarse.
La niña sintió un frío helado subirle por la espalda.
En la habitación real, las máquinas comenzaron a alterarse de golpe. Los pitidos se volvieron rápidos y agudos. El respirador empezó a fallar con un sonido ahogado e irregular. Las alarmas se dispararon, llenando la habitación de luces rojas intermitentes y sonidos estridentes.
Enfermeras y paramédicos irrumpieron rápidamente en la habitación, alertados por el escándalo de los monitores.
Mientras tanto, en el sueño, la sombra del piso alto seguía saludando… cada vez más rápido, más ansiosa. Y una sonrisa torcida y oscura se dibujó lentamente en su silueta.
En el cementerio, los jóvenes caminaban entre las tumbas con el corazón latiéndoles en la garganta. Cada paso resonaba demasiado fuerte en el silencio del cementerio. Eli, con la voz temblorosa, rompió el mutismo:
—¿Y quién dice que justo hoy los vamos a encontrar? ¿Y si se aparecen de repente? ¿Qué hacemos?
Maisa, sin dejar de mirar hacia los costados, respondió con sequedad:
—¿Y qué crees tú? ¿Qué trajimos la pistola para peinarte el pelo?
Eli soltó una risa nerviosa, casi histérica.
—Ya sé, ya sé… pero ponte en mi lugar. Si aparecen de la nada, me voy a cagar de miedo. No voy a atinar a dispararle a un maldito vampiro, o lo que mierda sean.
—Estamos todos en las mismas, Eli —intervino Ricardo, intentando sonar firme—. Por favor, colabora.
Norman miró hacia el fondo del cementerio, donde se adivinaba la silueta imponente del mausoleo.
—¿Vamos al mausoleo, cierto?
—Sí, supongo que sí —murmuró Maisa.
Pasaron junto a una tumba cuya lápida estaba corrida a la mitad, dejando ver un hueco oscuro y amenazante. Eli se aferró con fuerza al brazo de Ricardo y asomó apenas la cabeza, iluminando con su linterna.
—Se ve… Oh, Dios… qué horror. Me quiero ir. Me quiero ir ya.
Maisa se detuvo un segundo.
—¿Sientes algo? ¿Como una mala sensación?
Ricardo bufó, nervioso.
—Ya, Maisa, no empieces con tus weás, por favor.
—No la estoy molestando —se defendió Maisa—. A mí me pasó lo mismo ayer.
Eli temblaba visiblemente.
—Estoy cagada de susto, en serio. Así asustada no creo que sea de mucha ayuda…
Villegas intentó calmarlos, aunque su propia voz sonaba tensa.
—Deben haber estado trabajando en esa tumba durante la tarde. Eso es todo.
—Pero puede ser una mamá… —susurró Eli, con los ojos llenos de lágrimas—. Pobre de sus hijos, sabiendo que está ahí tirada y todos pueden verla…
Norman apretó los dientes, la rabia y el dolor endureciendo su rostro.
—Tenemos que matar a esas cosas. Casi asesinaron a mi hija. Si la solución es atravesarle el corazón al más chico, hagámoslo de una vez. No te vamos a dejar sola.
Siguieron internándose en el enorme cementerio. El cielo se oscurecía por momentos, como si la noche tuviera prisa por tragárselos. Enormes ráfagas de viento los golpeaban sin piedad, levantando hojas amarillas secas y tierra que les raspaba la cara y les dificultaba abrir los ojos. El frío se metía hasta los huesos.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Maisa, con la voz más afligida de lo que quería demostrar.
—Apurémonos —urgió Norman.
—No se separen —ordenó Villegas, con la pistola ya en la mano.
Eli empezó a llorar abiertamente.
—Tengo miedo, Richie… vámonos, por favor.
—Ya se ve el mausoleo de los vampiros —dijo Ricardo, señalando la estructura oscura que se erguía más adelante.
Se detuvieron a unos metros de distancia. Villegas respiró hondo.
—Ahí estamos. Ricardo, vamos a entrar.
Maisa miró a Eli, que negaba con la cabeza.
—No, Richie, por favor… no entremos ahí.
—Tenemos que entrar —insistió Villegas—. Todos.
El carabinero llegó hasta la reja semiabierta del mausoleo y la empujó con fuerza. El metal chirrió como un lamento. Hizo un gesto para que los demás entraran, buscando protegerse del viento y la tierra que volaba por todas partes.
—Vamos, primo —dijo Norman, avanzando.
Maisa lo siguió. Eli, casi arrastrada por Ricardo, entró la última.
En cuanto cruzaron el umbral, un silencio absoluto los envolvió. Era un silencio antinatural, pesado, como si el mausoleo mismo estuviera conteniendo la respiración. El viento afuera aullaba, pero adentro solo se escuchaban sus respiraciones agitadas y el sonido de sus pasos sobre el suelo de piedra.
Encendieron las linternas. Los haces de luz temblorosos recorrían las paredes frías y húmedas. Maisa alumbró el epitafio principal y leyó en voz baja. Todos guardaron silencio, más asustados que nunca en sus vidas.
—Aquí está más helado que afuera… —susurró Eli, abrazándose a sí misma.
Ricardo, con los ojos húmedos, miró a Maisa.
—¿Qué?
—Van a venir —respondió ella—. Tenemos que esperar. Tú me dijiste que había huellas de Hans en este lugar —le dijo a Villegas.
—Cuando vinieron los peritos a investigar, no pasó nada —contestó el carabinero—. Ahora somos varios. Hans estaba solo. Además, su cuerpo estaba afuera, no aquí dentro.
El mausoleo parecía escuchar cada palabra.
—Entonces esperemos —dijo Maisa en voz baja, casi un susurro.