CAPITULO 9 #3
—Porque ellos buscan ser molestados, niña. Es la única forma en que pueden alimentarlo. Se aparecen, se muestran, provocan curiosidad… hasta que consiguen que alguien muerda el anzuelo. Mientras más personas los persigan, más fuerte se vuelve el Betal.
Nastya respiró profundamente. El viento suave de la tarde movía las hojas del viejo árbol bajo el cual estaban sentados, haciendo que las sombras bailaran sobre su rostro como dedos inquietos.
—Yo siempre supe que, si les tenía amor, terminaría igual que el resto de mi familia… igual que todos los que vivían en El Albarrán en aquel entonces. Ahora lo acepto. Sé que vendrán por mí. Pero a estas alturas de mi vida… ya no tengo mucho que perder. Mi misión era contarles esto. Y ya está cumplida.
Villegas bajó la cabeza, visiblemente afectado.
—Señora Nastya… lo siento tanto.
La anciana lo miró directo a los ojos. Su mirada era sorprendentemente firme, casi feroz.
—No pierda el tiempo en lástimas, carabinero. Tienen que destruir al Betal. Nikolay es el menor, el núcleo. Vayan ahora… antes de que sea demasiado tarde.
Maisa sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué tenemos que hacer exactamente?
—Deben atravesar su corazón —respondió Nastya sin titubear—. Ese es el único camino. No importa con qué lo hagan: cuchillo, bala, lo que sea. Pero tienen que destruirlo por completo. Ellos han crecido mucho… y seguirán creciendo mientras sigan alimentando al demonio con miedo y muerte. No permitan que sigan haciendo más daño.
Villegas frunció el ceño.
—¿Podemos ir ahora?
—De noche —sentenció la anciana—. De día duermen. Es el único momento en que son vulnerables.
Eli y Villegas se acercaron. Cada uno tomó una de las manos frágiles y frías de Nastya.
—Gracias… —murmuró Villeras con voz ronca.
Maisa fue la última. Se puso en cuclillas frente a la anciana, la abrazó con fuerza y enterró el rostro en su hombro huesudo. Olía a lavanda vieja, a medicina y a algo más… algo que olía a resignación y a muerte cercana.
—Cuídese, por favor —susurró Maisa.
Nastya correspondió el abrazo con una debilidad que contrastaba con la fuerza de sus palabras. Cuando se separaron, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
Los tres jóvenes comenzaron a caminar hacia la salida del asilo. El sol ya empezaba a descender, tiñendo el cielo de un naranja enfermizo. Antes de que doblaran la esquina del sendero, Maisa miró hacia atrás.
Nastya seguía sentada bajo el árbol, inmóvil, observándolos con una mezcla de preocupación profunda y alivio amargo. Su figura encorvada parecía más pequeña que nunca, como si al contar la verdad hubiera entregado también los últimos años que le quedaban.
Ninguno de los tres dijo nada durante varios minutos. El peso de lo que acababan de escuchar les oprimía el pecho como una losa fría.
Caminaban en silencio por el sendero que llevaba hacia la salida del asilo. El sol ya se hundía tras los cerros, tiñendo el cielo de un rojo sangre que se filtraba entre las ramas de los árboles. Maisa, sin decir nada, extendió la mano y apretó con fuerza el brazo izquierdo de Villegas. El carabinero se detuvo en seco y la miró, sorprendido.
—Gracias —murmuró ella, con la voz más baja y quebrada de lo habitual.
Era raro ver a Maisa así. Ella, que siempre cargaba una coraza de rudeza, sarcasmo y esa actitud molesta que usaba para mantener a todos a distancia. Mostrar vulnerabilidad no era su estilo. Casi nunca lo hacía.
Villegas la observó con extrañeza, frunciendo ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Maisa soltó un suspiro tembloroso y levantó la mirada hacia él.
—Porque recién ahora pudiste comprobar que no hemos estado mintiendo… y que nos estás ayudando de verdad.
El policía se detuvo frente a las dos chicas. Las miró a ambas con una seriedad profunda, casi solemne. El viento movía suavemente las hojas a su alrededor, como si el mismo lugar estuviera escuchando.
—Chiquillas… —dijo con voz ronca—. A mi abuelo lo mataron ellos. Yo lo sé. Sé que fueron ellos. Yo vi su cuerpo. Lo que le hicieron… nunca se me olvidó.
Hizo una pausa. Su mandíbula se tensó.
—Si esta es la forma de terminar de una vez por todas con ese maldito miedo que todos cargamos aquí en El Albarrán… un miedo que ustedes dos no tienen, yo las voy a ayudar. Hasta el final.
Maisa sintió que algo se le aflojaba dentro del pecho. Una sonrisa genuina, cargada de emoción, se dibujó en sus labios. Por un segundo, la chica gótica dura dejó ver a la joven que llevaba demasiado peso sobre los hombros.
Eli, que había permanecido callada, entendió perfectamente lo que esa carta le había removido a su amiga. Se acercó y pasó un brazo por encima de los hombros de Maisa, apretándola contra sí. Con la otra mano comenzó a masajearle suavemente el hombro, transmitiéndole calor, fuerza y ese apoyo silencioso que solo las mejores amigas saben dar.
—Vamos a terminar con esto —susurró Eli, aunque no estaba claro si se lo decía a Maisa, a Villegas o a sí misma.
Los tres siguieron caminando hacia la salida, más unidos que antes. El peso de la confesión de Nastya y la promesa que acababan de sellar flotaba entre ellos como una sombra espesa. La noche se acercaba, y con ella, la hora en que los hermanos Asimov despertaban.