CAPITULO 9 #2
—Se trata de sus hermanos —dijo, firme—. Nos han pasado cosas terribles. Mataron a mi mejor amigo, atacaron a una niña, los hemos visto. Ellos tienen que ver con todo esto… y acá nadie habla. Todos desvían el tema, nadie quiere decir nada.
Su voz bajó un poco, pero no perdió fuerza.
—Por eso llegamos hasta usted. No es nuestra intención molestarla.
Nastia desvió la mirada nuevamente hacia el patio, como si lo que escuchaba le resultara insoportable.
Villegas intervino, más medido.
—Entiendo que le incomode —dijo—. Somos extraños, llegamos de la nada a hablarle de cosas… fuertes. Pero pensamos que usted podría ayudarnos. Si esto no fuera importante, créame que no estaríamos acá.
Hizo una pausa breve.
—No queremos faltarle el respeto.
Eli volvió a hablar, ahora con más desesperación que antes.
—Nos están persiguiendo… ¿cómo no nos va a querer ayudar?
Nastia giró la cabeza otra vez y la miró directamente.
—No sé de qué están hablando.
Su voz fue seca.
—Váyanse.
El rechazo fue claro.
Maisa dio un paso más, sin intimidarse.
—¿Qué onda? —respondió, molesta—. Estamos metidos en algo que tiene que ver con usted.
—Váyanse —repitió Nastia, más dura—. Largo de aquí.
El aire se tensó.
Maisa sostuvo la mirada un segundo más, y luego dejó escapar un leve gesto de frustración. —Señora… qué lata, en serio. No es nuestra intención molestarla —dijo, bajando apenas el tono—. Pero si de verdad no sabe, nos vamos. Y si sabe y no nos quiere decir… ojalá pueda dormir tranquila esta noche. — Hizo una pausa. —Gracias por nada.
Se dio vuelta sin esperar respuesta y comenzó a caminar de regreso hacia la entrada del patio.
Eli y Villegas se quedaron un segundo atrás.
Se miraron.
Villegas levantó apenas los hombros, en un gesto pequeño, como diciendo que no había mucho más que hacer.
Eli suspiró.
Y ambos comenzaron a seguir a Maisa.
Nastia Asimov giró lentamente la silla de ruedas y dirigió la mirada hacia Maisa, Eli y Villegas, que ya se alejaban en dirección a la salida del patio. Sus ojos se fijaron en ellos con una intensidad inquietante, sin parpadear, siguiéndolos durante un par de segundos que se sintieron más largos de lo normal. Luego bajó la vista con calma, deslizó la mano hacia el costado de la silla y tomó una pequeña campana metálica que colgaba junto al apoyabrazos. La hizo sonar con un movimiento suave, apenas un tintineo contenido, pero suficiente para romper el silencio del lugar.
El sonido los obligó a detenerse. Los tres se giraron casi al mismo tiempo, buscando de dónde provenía, hasta que la vieron. Nastia tenía la mano levantada, llamándolos de vuelta sin necesidad de decir una palabra.
Villegas intercambió una mirada breve pero cargada con Maisa y Eli, quien aún se aferraba con fuerza al brazo de su amiga. Nadie necesitó hablar. Los tres dieron media vuelta y regresaron sobre sus pasos, más lentos esta vez, como si cada baldosa del pasillo los acercara a un precipicio que ya no podían evitar.
Cuando se detuvieron frente a Nastya Asimov, el silencio se volvió espeso, casi viscoso. La anciana levantó lentamente la cabeza. Sus ojos, velados por los años, conservaban una lucidez fría y dolorosa.
—Si aún estoy viva —dijo con voz baja, áspera y sorprendentemente firme—, es porque nunca antes le había contado esto a nadie. Y sé que hacerlo ahora me va a costar muy caro. Así que pónganse cómodos… porque lo que van a oír ya no podrán sacárselo de la cabeza.
Nastya respiró hondo. Sus dedos huesudos se cerraron sobre la manta como si necesitara anclarse al mundo real.
—Mi familia llegó desde Rusia huyendo del hambre. Vinimos a Chile buscando una oportunidad. Al principio todo fue peor. Mi madre… cambió. Dejó de rezar. Empezó a gritarle al viento todas las noches, exigiendo riqueza, poder, una vida distinta. Hasta que algo la escuchó.
Hizo una pausa. El aire de la habitación pareció enfriarse varios grados.
—Logró contactar a un ser antiguo. Un Betal. Un demonio poderoso y maligno. Le ofreció exactamente lo que quería: dinero, éxito, abundancia sin fin. Y ella aceptó. El negocio prosperó de la noche a la mañana. La miseria desapareció. Pero nada es gratis.
La voz de Nastya se quebró apenas.
—Le pidió a uno de sus hijos. Ella aceptó. Escogió al menor. Escogió a mi hermano Nikolay.
Maisa sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Mi querido hermano Nikolay —continuó Nastya, con los ojos húmedos—. Ya estaba entregado incluso antes de nacer. Mi madre lo había prometido como moneda de cambio, como si fuera una cosa más que ofrecer. Creció como cualquier niño… hasta que llegó el día de pagar.
La anciana cerró los ojos un instante, como si las imágenes la golpearan de nuevo.
—Solo Nikolay debía morir. Pero el demonio traicionó el acuerdo. No se llevó a uno… se llevó a los tres. A Dmitry, a Kristof y a Nikolay. Yo estaba ahí. Solo tenía siete meses, pero se me grabó en el alma para siempre. Desde entonces escucho cada grito, cada súplica, cada llanto de mis hermanos. La imagen nunca se me ha borrado. Sigue clavada aquí —se tocó la sien con un dedo tembloroso—, y no me ha dejado vivir en paz ni un solo día.
El silencio que siguió fue tan profundo que se podía oír el leve zumbido de las luces fluorescentes del pasillo.
—A través de ellos el demonio se manifiesta —prosiguió, bajando aún más la voz—. No actúa directamente. Los utiliza para atraer víctimas y alimentarse de su miedo, de su dolor y de su muerte. Así aumenta su poder.
Nastya miró hacia la ventana, donde la noche parecía más oscura que nunca.
—Años después, una trabajadora de la lechería empezó a sospechar. Vio lo que nadie quería ver y cometió el error de hablar. La gente del pueblo, aterrorizada, la sacó de su casa a la fuerza y la quemaron viva en la antigua fábrica, creyendo que así acabarían con el mal.
La anciana soltó una risa amarga y rota.
—No funcionó. El pueblo empezó a caer en desgracia. Los animales aparecían muertos, completamente secos, sin una gota de sangre. Los campos se marchitaron. La miseria regresó como si todo lo que habíamos ganado solo hubiera sido un préstamo temporal. Entonces comenzaron a ver a mis hermanos… de niños y de adultos al mismo tiempo. Les decían “los vampiros”. Formaron grupos con antorchas, ajo y armas improvisadas. Gritaban frente al mausoleo, amenazaban, rezaban. Pero nada detenía el horror.
Villegas palideció. Recordaba fragmentos de historias que sus abuelos contaban en voz baja.
—Una noche, un grupo regresaba en camioneta, convencidos de haber hecho lo correcto. Algo los atacó en el camino. Los levantó por los aires, los envolvió y los dejó caer desde lo alto en medio del lago. Nadie sobrevivió.
Nastya miró directamente a Maisa.
—Ese es el precio de despertar su ira.
Miguel, casi en un susurro, preguntó:
—¿Cómo es posible que ese ser… habite con uno de los hermanos?
—No habita con uno —respondió Nastya con tristeza antigua—. Nikolay es el polo. El núcleo. Christoph y Dmitry ya no son individuos. Son extensiones, cuerpos muertos que el demonio utiliza para moverse y manifestarse. Pero el menor… el menor lo tiene adentro. Es quien lo ama, quien lo ata a este mundo. A través de Nikolay es que actúa.
Maisa no pudo quedarse callada. Dio un paso adelante, con la voz temblorosa pero decidida.
—Señora Nastya… usted dice que ellos atacan a quienes los molestan. Pero yo los vi apenas llegamos al pueblo. Ni siquiera habíamos hecho nada todavía.
La anciana levantó la mirada. Una sonrisa triste y cansada se dibujó en sus labios arrugados.