CAPITULO 9
AHORA YA LO SABEN
El auto policial se detuvo frente al asilo, levantando apenas polvo del camino seco. El edificio se alzaba detrás de una reja alta, fría, imponente, con un aspecto descuidado que no necesitaba estar en ruinas para incomodar. Maisa bajó por una de las puertas traseras, Eli por la otra, y Villegas salió desde adelante, cerrando con firmeza antes de mirar el lugar.
Por un segundo, ninguno dijo nada.
Se quedaron de pie frente a la entrada, observando el terreno amplio que separaba la reja del edificio principal. El viento se colaba entre las estructuras, moviendo apenas los arbustos secos que bordeaban el camino. No había gente afuera. No había movimiento.
Villegas fue el primero en avanzar.
Empujó la reja y esta cedió con un chirrido largo, metálico, que rompió la quietud del lugar. Eli se aferró de inmediato al brazo de Maisa, apretándolo con fuerza, y ambas comenzaron a caminar detrás del carabinero, siguiendo su paso sin soltarse.
Al cruzar el umbral, la sensación cambió.
El interior no estaba oscuro, pero tampoco resultaba acogedor. La luz era blanca, dura, y caía de forma desigual sobre un pasillo largo, flanqueado por múltiples puertas cerradas. El aire tenía un olor extraño, una mezcla entre desinfectante y humedad antigua, algo que no terminaba de ser limpio.
Sus pasos resonaban más de lo normal.
Avanzaron sin hablar, escuchando únicamente ese eco y algún ruido lejano que no lograban identificar del todo. Al fondo, el pasillo se abría hacia una sala más amplia.
Era una especie de sala común.
Había pacientes sentados en distintos puntos, algunos inmóviles, con la mirada fija en nada, otros murmurando cosas incomprensibles, y un par acompañados por personal del lugar que se movía con una calma casi mecánica. Nadie sonreía. Nadie conversaba con normalidad.
Cuando entraron, varias miradas se levantaron al mismo tiempo.
No fue inmediato, pero fue claro.
Eli lo sintió primero.
Apretó más fuerte el brazo de Maisa, incómoda, casi sin poder evitar mirar de reojo a quienes los observaban. No era curiosidad. Era otra cosa. Algo más pesado.
Más atento.
Se detuvieron frente a un mesón al fondo de la sala. Detrás de él, una enfermera estaba sentada, revisando su celular sin levantar la vista, completamente ajena a su llegada.
Villegas carraspeó suavemente.
Nada.
La mujer levantó la mirada apenas por encima de sus lentes, los evaluó en silencio durante un segundo… y volvió a su teléfono.
Villegas cambió el tono.
—Buenos días.
La enfermera no levantó la vista de inmediato, pero finalmente dejó el celular a un lado y habló con un tono plano, sin interés.
—Dígame, ¿en qué los puedo ayudar?
Villegas dio un paso leve hacia adelante, manteniendo la calma.
—Venimos a ver a una paciente.
La mujer entrecerró apenas los ojos.
—¿Son familiares?
Eli reaccionó antes que cualquiera, apretando nuevamente el brazo de Maisa, como si necesitara afirmarse para sostener la mentira.
—Sí… —dijo—, soy su nieta.
La enfermera levantó la mirada por completo esta vez. Sus ojos pasaron lentamente por Eli, luego por Maisa, y finalmente se detuvieron en Villegas, evaluándolo con una pausa incómoda.
Eli sintió esa presión y se apresuró a completar.
—Ella es mi hermana… —añadió, señalando a Maisa—, y él es su esposo.
Maisa la miró de reojo, apenas un segundo, sorprendida por lo improvisado, pero no la contradijo. Volvió la mirada hacia la enfermera y asintió con una leve duda.
—Sí… así es.
La mujer no cambió su expresión. No asintió. No reaccionó.
—¿Nombre de la paciente? —preguntó, seca.
—Nastia Asimov —respondió Villegas.
El efecto fue inmediato.
Los ojos de la enfermera se abrieron apenas, lo justo para notarlo. Lentamente levantó la mirada hasta fijarla en Villegas, sin parpadear. El silencio que dejó después de eso se estiró más de lo necesario.
—La señora Asimov… —dijo finalmente— no tiene parientes. Nadie viene a visitarla. Nunca.
Eli sintió cómo se le apretaba el estómago, pero no retrocedió.
—Sí… me enteré de eso —respondió rápido—. Está súper solita… qué pena. Por eso quisimos venir. Sí soy pariente… pero lejana, muy lejana.
La enfermera la observó sin cambiar el rostro, completamente seria, sin mover un músculo, como si estuviera midiendo cada palabra. Luego extendió la mano con lentitud.
—Cédula de identidad.
Eli dudó apenas un instante antes de reaccionar. Soltó el brazo de Maisa, buscó en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó su documento. Se lo entregó, sintiendo por primera vez que la situación podía no salir como esperaban.
La enfermera lo tomó sin apuro.
Y comenzó a revisarlo.
La enfermera siguió mirando la cédula unos segundos más de lo necesario antes de levantar la vista hacia Eli.
—¿Qué tipo de parentesco tiene usted con la señora Asimov?
Eli tragó saliva, pero sostuvo la mirada.
—Lejano… muy lejano.
La mujer no se movió.
—¿Pero qué tipo de parentesco? —insistió, ladeando apenas la cabeza—. Porque su apellido es Pezoa… no Asimov.
Eli dudó.
Pero Maisa intervino.
—Porque es lejano —dijo, cortante, sin darle espacio a seguir—. Ya se lo dijeron. ¿Podemos ir a verla sí o no?
Su tono cambió el aire de inmediato. No levantó la voz, pero había algo en su forma de hablar, firme, directa, que rozaba lo intimidante. La enfermera la sostuvo con la mirada, sin reaccionar de inmediato, como si midiera hasta dónde podía tensar la situación.
El silencio se estiró.
Luego, sin decir nada más, giró levemente la cabeza.
—Patricia —llamó—, ¿puedes venir un momento?
Otra enfermera apareció desde uno de los pasillos laterales. Al acercarse, su mirada pasó por los tres jóvenes y luego se detuvo en Villegas, reconociendo el uniforme antes de volver a observarlos con una mezcla de curiosidad y cautela.
—Acompaña a los jóvenes —continuó la primera enfermera—. Vienen a ver a la señora Nastia Asimov.
El nombre no pasó desapercibido.
Patricia abrió apenas los ojos y asintió lentamente, procesando, como si tampoco fuera una visita habitual.
—Está en el patio —dijo finalmente—. Acompáñenme por acá.
Se giró sin esperar respuesta.
Los tres intercambiaron una mirada rápida, breve, suficiente para entender que ya no había vuelta atrás, y comenzaron a seguirla por el pasillo.
La primera enfermera se quedó atrás.
Observándolos.
Al salir de la sala y reincorporarse al pasillo, el espacio cambió por completo. A un lado se levantaban los muros del enorme edificio del asilo, altos, fríos, sin vida, pero al otro se abría un gran parque, amplio, despejado, con distintos grupos repartidos entre los senderos. Había pacientes, enfermeras, algunos familiares que conversaban en voz baja o caminaban sin rumbo claro, ocupando los rincones como si cada uno habitara su propio mundo.
El contraste resultaba extraño.
Mientras avanzaban, Villegas miró alrededor con atención.
—Es bonito el lugar… grande —comentó, sin dejar de observar—. ¿Hace cuánto está la señora Asimov acá con ustedes?
Patricia no lo miró.
—Sí, ya falta muy poco… por aquí derechito, síganme nomás.
Villegas frunció levemente el ceño, notando la evasiva.
—Disculpe… ¿hace cuánto vive acá la señora Asimov?
—Estamos casi llegando —repitió ella, con el mismo tono neutro.
Maisa no lo dejó pasar.
—Linda, escuche lo que el cabo le está preguntando —dijo, seca—. ¿O usted también es paciente de acá?
El comentario cortó el aire de inmediato. Eli reaccionó al tiro, dándole un codazo suave a Maisa, intentando bajarle el tono.
Patricia se detuvo.
Giró apenas la cabeza hacia ellas, sin enojo, pero tampoco con simpatía.
—Ya… miren —dijo finalmente—. Allá está.
Levantó la mano y señaló a la distancia.
—Solita, como siempre. Qué bueno que hayan venido a verla… disfruten la visita.
A unos ochenta metros, en medio del parque, una mujer en silla de ruedas les daba la espalda. Estaba completamente inmóvil.
Patricia no esperó respuesta. Se dio media vuelta y se fue.
El silencio quedó entre los tres.
—¿Qué onda esta tipa? —murmuró Eli, en voz baja.
Maisa no apartó la mirada de la figura.
—Como todos… se hacen los lesos. Nadie quiere hablar de ellos.
Se quedaron un segundo más ahí, observando.
Luego comenzaron a avanzar.
El ritmo fue más lento ahora, casi instintivo, como si ninguno quisiera llegar demasiado rápido. A medida que se acercaban, la figura no se movía. No giraba. No reaccionaba.
Se detuvieron a pocos metros. Nadie habló.
Y entonces, sin darse vuelta, la mujer les pregunto. —¿Qué es lo que quieren saber?
Las palabras cayeron de golpe.
Los tres se miraron, descolocados, sin entender del todo cómo reaccionar.
Eli fue la primera en recomponerse. —Buenas tardes, señora Nastia… —dijo, tratando de sonar segura—. Es un gusto conocerla. Queríamos… hablar un momento con usted.
La mujer no respondió de inmediato. —¿De qué? —preguntó finalmente, con un tono plano, sin girarse.
Maisa avanzó un paso. Se movió hasta quedar frente a ella y, con calma, se inclinó ligeramente, buscando su mirada. —Hola, señora… yo soy Maisa —dijo—. Vinimos a hablar con usted, necesitamos respuestas. Hizo una pausa breve, pero firme. —Queremos saber qué pasó con su familia… con sus hermanos… con su madre.
Sus ojos no se apartaron de ella.
Nastia no respondió de inmediato. Permaneció en silencio, sin devolverle la mirada a Maisa, como si las palabras no hubieran sido suficientes para sacarla de su propio mundo.
Eli dio un paso al frente, más cauta.
—También supimos que tenían una empresa importante… que de pronto dejó de funcionar.
El efecto fue inmediato.
El gesto de Nastia cambió. No de forma exagerada, pero lo suficiente. Su mandíbula se tensó, su expresión se endureció y algo en su postura se volvió incómodo, molesto.
Giró la cabeza lentamente.
Primero miró a Maisa.
Luego a Eli.
—¿Qué imprudencia más grande es esta? —dijo, con un tono frío, cargado de disgusto.
Eli sostuvo la mirada, aunque le costó.
—Señora Nastia, por favor… necesitamos saber.
Maisa no dudó en entrar de nuevo.