La Maldición Asimov CAPITULO 8 #4
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CAPITULO 8 #4

—Yo sé dónde está —dijo, con calma—. Yo los puedo llevar.

Los miró a todos, uno por uno.

—Chicos… yo les creo. Los voy a apoyar. No están solos.

El grupo lo observó en silencio. No hubo una respuesta inmediata, pero algo en sus rostros cambió. No era tranquilidad, no todavía, pero sí una especie de alivio contenido, como si por fin alguien más estuviera dispuesto a cargar con lo que ellos ya sabían.

Ricardo fue el primero en reaccionar. —¿Pero ¿dónde está?

—En un asilo —respondió Villegas.

Eli frunció levemente el ceño. —¿Qué tipo de asilo?

—En el psiquiátrico del Albarrán. — Responde Villegas

La información cayó pesada.

Eli llevó la mano a su frente y echó la cabeza hacia atrás

Maisa los miró a todos, sin dudar. —Vamos. Podemos ir ahora.

Norman negó suavemente, todavía atrapado en otra urgencia. —Yo quiero ir al hospital, chiquillos… necesito ver cómo está la Tania.

—Sí —agregó Ricardo de inmediato—, yo también. Te acompaño, primo.

Eli tomó aire, ordenándose, y dio un paso adelante, asumiendo el control con una claridad que no había mostrado antes. —Hagamos algo —dijo—. La Maisa no puede ir sola a ese lugar, así que yo voy con ella. Ustedes vayan al hospital a ver a la Tania.

Eli, miró a Norman directamente. —Obvio que nos importa la niña… pero es mejor que nos dividamos y estemos en contacto. ¿Les parece?

Ricardo dudó un segundo. —Pero ¿cómo van a ir ustedes dos solas?

—No —intervino Villegas de inmediato—. Yo las llevo, yo voy con ellas

Eso cerró la discusión.

Villegas dirige la mirada a Norman — ustedes tienen como llegar rápido al hospital?

Norman bajó la mirada un instante. —Yo me quedé sin auto… así que ahí vemos cómo nos movemos.

Villegas negó con la cabeza. —No se preocupen. Váyanse con nosotros, los paso a dejar al hospital.

El grupo quedó en silencio un segundo más. No era un plan cómodo, pero era el único y todos lo sabían.

Mientras tanto, en el hospital del Albarrán, el exterior amanecía con un cielo opaco, cubierto por una luz grisácea que no lograba sentirse cálida. El viento recorría el lugar sin obstáculos, levantando hojas secas que giraban sobre sí mismas antes de arrastrarse por el suelo, mientras las ramas de los árboles se movían con un crujido constante, como si el entorno no terminara de tranquilizarse después de la noche.

En el interior, los pasillos del hospital estaban casi vacíos. La luz blanca caía uniforme sobre las paredes, sin sombras marcadas, sin vida. El silencio no era completo; se sostenía sobre pequeños sonidos dispersos: el bip constante de alguna máquina, el eco lejano de pasos, el roce seco de suelas sobre el piso pulido, el ritmo controlado de un lugar que parecía funcionar ajeno a todo lo demás.

En una de las habitaciones, Tania permanecía recostada en la cama, conectada a múltiples equipos. Una mascarilla de oxígeno cubría parte de su rostro, mientras varias mangueras y vías intravenosas se extendían desde su cuerpo hacia los aparatos que monitoreaban su estado. Sobre su cabeza llevaba un gorro médico que contenía su cabello, y su piel aún reflejaba el desgaste de lo que había ocurrido.

De pronto, algo cambió.

Su frente se arrugó levemente. Un gesto pequeño al principio, casi imperceptible, que fue creciendo poco a poco. Sus labios se tensaron, su respiración se alteró bajo la mascarilla, y un leve quejido escapó de su garganta, como si algo dentro de ella comenzara a incomodarla.

Estaba soñando.

Se vio caminando en un lugar oscuro, cubierto por una niebla espesa que le impedía distinguir con claridad lo que había más allá de unos pocos metros. El suelo bajo sus pies no era firme, parecía difuso, como si avanzara sin apoyo real. El aire era frío, inmóvil, y el silencio se sentía pesado, opresivo.

Entonces los vio.

A pocos metros frente a ella, los tres niños Asimov permanecían de pie, inmóviles, mirándola. No hablaban. No se movían. Solo estaban ahí, como si la hubieran estado esperando.

Al mismo tiempo, como coordinados, los tres levantaron su brazo izquierdo y apuntaron en una misma dirección.

Tania siguió la indicación con la mirada que través de la niebla, comenzó a distinguir, era la estructura de un edificio que se levantaba apenas visible entre la bruma, oscuro, silencioso. Solo una ventana, en altura, permanecía iluminada.

Dentro de esa ventana había una figura. La silueta oscura de una persona de pie, quieta que la observaba desde ahí

Tania no pudo apartar la mirada, ya que esta silueta levantó lentamente una mano y comenzó a saludarla

En la cama, su cuerpo reaccionaba. El sudor comenzaba a formarse en su frente, sus manos se tensaban, su respiración se volvía irregular, más rápida, más forzada. Su cuerpo no despertaba, pero algo dentro de ella sí.

Las máquinas comenzaron a alterarse. El ritmo dejó de ser estable. El cambio fue suficiente.

En el pasillo, una alarma leve se activó y el personal médico reaccionó de inmediato. Los pasos se aceleraron, las voces comenzaron a cruzarse, y en cuestión de segundos la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Los médicos entraron con rapidez. La situación había cambiado y no para mejor.