La Maldición Asimov CAPITULO 8 #3
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CAPITULO 8 #3

El ambiente no cambió. La tensión seguía ahí, instalada entre ellos, pegada a las paredes, acompañando cada movimiento.

Ricardo se giró y caminó hacia la entrada, estirando la mano hacia el colgador donde estaban las llaves. Las tomó con un leve tintinear metálico que sonó más fuerte de lo que debería en ese silencio cargado. Mientras tanto, se puso una chaqueta con movimientos rápidos, casi torpes, como si el cuerpo le pidiera salir de ahí cuanto antes.

Eli, todavía con el pulso inestable, tomó su cartera sin mirar mucho lo que hacía y se envolvió en un abrigo largo de lana, cerrándolo hasta el cuello, como si el frío viniera desde dentro más que desde afuera.

Maisa, en cambio, se movió más lento. Extendió la mano hacia el respaldo de una silla y tomó su chaqueta de cuero, pero se quedó un segundo con ella en el aire, pensativa. Finalmente decidió no ponérsela. La dejó caer de nuevo y, en lugar de eso, se ajustó las mangas de su polera, bajándolas con cuidado sobre sus brazos, como si necesitara sentir algo firme, algo que la anclara.

Nadie hablaba.

Solo se escuchaban pequeños sonidos: el roce de la ropa, el leve crujir de la madera, una corriente de aire que se colaba por alguna rendija y hacía vibrar apenas una de las ventanas.

Y entonces, desde afuera, se escuchó el corte brusco de un motor.

No era cualquier vehículo.

El sonido inconfundible de un auto policial rompiendo la quietud del lugar.

Las luces se reflejaron por un instante en los vidrios antes de apagarse.

Los cuatro reaccionaron casi al mismo tiempo. Norman fue el primero en moverse, avanzando hacia la salida con rapidez contenida, seguido de cerca por los demás. Al asomarse, vieron el vehículo detenido frente a la casona, aún tibio, como recién llegado desde la urgencia.

La puerta se abrió.

Y del interior bajó el cabo segundo Villegas.

os cuatro se detuvieron en la entrada de la casona antes de bajar la escalinata. Se quedaron ahí, de pie, como si algo los hubiera frenado al mismo tiempo, observando cómo el carabinero se acercaba. Nadie dijo nada. Solo esperaron.

Villegas avanzó con paso firme hasta quedar frente a ellos.

—Hola… ¿qué tal? —saludó, mirando al grupo—. ¿Van saliendo, muchachos?

Norman fue el primero en responder.

—Sí… vamos al hospital. A ver a mi hija… tuvo un accidente.

La expresión de Villegas cambió de inmediato. Su rostro se tensó con una preocupación genuina.

—¿Está bien? ¿Fue grave?

Norman bajó la mirada un segundo ante de contestar.

—Está fuera de peligro… pero sí… fue grave.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, breve, incómodo.

Villegas los recorrió con la mirada, uno por uno, como midiendo lo que estaba viendo.

—Chicos… necesito que hablemos.

Maisa dio un paso al frente sin dudar.

—¿Qué pasa?

Villegas subió la escalinata y se detuvo frente a ellos, más cerca ahora, más directo.

—¿Podemos entrar?

Ricardo lo miró apenas un segundo, evaluando, pero no se opuso. Sacó la llave, abrió la puerta y se hizo a un lado. Todos se giraron y volvieron a entrar a la casa. Villegas fue el último en cruzar el umbral.

El living estaba en penumbra, iluminado solo por una luz lateral que dejaba zonas en sombra, dándole al espacio una sensación más cerrada de lo normal. El grupo se acomodó sin muchas palabras, cada uno buscando un lugar casi por instinto.

Villegas se sentó en el sillón principal. A su lado, dejando un pequeño espacio, se ubicó Ricardo, rígido, con los brazos apoyados sobre las piernas. En el otro extremo, Eli se sentó con el cuerpo recogido, todavía envuelta en su abrigo. Frente a ellos, en una silla de mimbre antigua, Norman tomó asiento lentamente, mientras Maisa se quedó de pie, a un costado, con los brazos cruzados y la mirada fija en el carabinero.

Villegas respiró hondo antes de hablar.

—Después de lo que pasó… y del relato de la señorita —dijo, mirando brevemente a Maisa—, no me quedé tranquilo.

Hizo una pausa corta, ordenando las ideas.

—Fui al cuartel. Hay un archivo antiguo, subterráneo… donde guardan casos sin resolver, de hace muchos años. Busqué información de la familia Asimov.

Las miradas comenzaron a cambiar.

—Y encontré cosas… —continuó— que no tienen mucho sentido si uno las mira como casos normales.

Se inclinó levemente hacia adelante.

—Toda la familia murió en circunstancias extrañas. No hay explicaciones claras. Todo queda inconcluso, como si nadie hubiera querido profundizar demasiado.

El ambiente en la sala se tensó.

—La madre de los niños… —agregó— estaba vinculada a cosas… poco claras. La gente del pueblo la acusó de brujería. Años después de la muerte de los cabros… la quemaron.

Nadie habló.

Pero todos reaccionaron.

Las expresiones cambiaron de inmediato: sorpresa, incomodidad, incredulidad, algo que comenzaba a tomar forma.

Villegas metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una hoja doblada. La desplegó con cuidado, alisándola con los dedos antes de dejarla sobre la mesa de centro.

—Miren esto.

El papel quedó ahí, expuesto.

Maisa fue la primera en inclinarse. Sus ojos recorrieron rápidamente el documento… hasta detenerse en un nombre.

Se quedó congelada.

Lentamente, se llevó la mano a la boca.

—…Nastia… —murmuró.

Levantó la mirada de inmediato y buscó a Eli, luego a Ricardo, luego a Norman. No hizo falta decir nada.

Los otros también lo entendieron.

El nombre ya lo habían escuchado.

La grabación.

El susurro.

La respuesta.

El silencio que se formó no fue de duda.

Fue de reconocimiento.

Villegas notó de inmediato que algo cambiaba en la expresión de los cuatro. No fue un gesto evidente, sino una tensión compartida que apareció al mismo tiempo en sus miradas, como si todos hubieran entendido algo que él todavía no alcanzaba a ver. Dudó un segundo, pero decidió seguir.

—Esta persona… Nastia Asimov —dijo, señalando el documento sobre la mesa— es el único miembro de toda la familia que sigue con vida.

El silencio que se formó no fue normal. Las caras de los muchachos lo obligaron a detenerse, y por primera vez desde que había empezado a hablar, sintió que estaba perdiendo el control de la conversación.

—¿Pasa algo, chicos?

Eli, que hasta ese momento había permanecido completamente quieta, con la mirada fija en el centro de la mesa, reaccionó de golpe, como si una idea hubiera terminado de encajar dentro de ella.

—Espere… necesitamos que escuche algo.

Se levantó sin pedir permiso y fue hasta la mesa donde habían dejado la grabadora. Nadie dijo nada. Todos la siguieron con la mirada, atentos, con una incomodidad creciente que volvía el aire más pesado.

Volvió con el aparato en las manos y lo dejó frente a Villegas.

—No sé bien cómo funciona… pero tiene que escuchar esto.

Maisa se inclinó de inmediato. Al intentar retroceder la cinta, se dio cuenta de que el mecanismo no respondía. Frunció el ceño.

—No corre…

Ricardo se levantó sin decir nada, fue hasta un mueble cercano, tomó un lápiz y regresó. Abrió la grabadora con cuidado, sacó el casete y comenzó a girarlo manualmente con el lápiz, avanzando la cinta con una concentración casi obsesiva. El sonido leve del plástico girando se metió en el silencio de la sala, marcando cada segundo con una precisión incómoda.

Cuando llegó al punto que buscaba, volvió a colocar el casete, cerró la tapa y levantó la vista hacia Villegas.

—Atento—dice Ricardo— Presionó play.

La grabación comenzó a avanzar desde el inicio, dejando correr las voces ya conocidas para ellos, sin que nadie en la sala interviniera. Maisa, Eli, Norman y el propio Ricardo permanecieron en silencio, atentos, pero sin sorpresa, siguiendo cada segundo con la misma tensión contenida de quien espera una reacción ajena más que una propia.

Villegas, en cambio, no apartaba la vista de la grabadora.

A medida que la cinta avanzaba, su expresión comenzó a cambiar lentamente. Primero fue una leve rigidez en el rostro, luego el ceño fruncido, después algo más profundo, una incomodidad que no alcanzaba a explicar. No necesitaba entender cada sonido para darse cuenta de que aquello no era normal.

Cuando la voz de Hans apareció, distorsionada, arrastrada entre el ruido, Villegas dejó de parpadear. Su atención se volvió total.

Y cuando el susurro final se deslizó entre la estática, breve, casi imperceptible, su cuerpo se tensó por completo.

La cinta se cortó.

Nadie habló, pero esta vez el silencio no era para todos. Era para él.

Villegas se quedó mirando la grabadora unos segundos más, como si esperara que algo volviera a salir de ahí, y luego levantó la vista hacia el grupo con una expresión que ya no era de duda, sino de desconcierto real.

—¿De dónde sacaron esto?… ¿Qué es esto? —preguntó finalmente, sin poder ocultar la tensión en su voz.

Eli respondió sin dudar. —Intentamos comunicarnos con Hans… y esto fue lo que pasó.

Maisa lo sostuvo con la mirada. —Lo conseguimos.

Villegas no contestó de inmediato. Procesó, ordenó, y cuando volvió a levantar la vista, ya no estaba dudando de la situación, sino tratando de entenderla.

—¿Y qué fue exactamente lo que le preguntaron?

—Cómo terminamos con ellos —respondió Norman.

Maisa dio un pequeño paso hacia adelante, firme.

—Entonces ella es la respuesta. ¿Cómo hablamos con ella? ¿Dónde está?

Villegas los miró en silencio. Esta vez no había escepticismo en su expresión, sino algo distinto, más claro, más definido.

Sabía algo.

Y estaba listo para decirlo.

Villegas seguía mirando la grabadora, inmóvil, como si aún esperara que algo más saliera de ese aparato, como si lo que acababa de escuchar no terminara de acomodarse dentro de su cabeza. No parpadeaba. No hablaba.

Fue Ricardo quien rompió la tensión.

—Ya… entonces tendríamos que hablar con esta señora, ¿no? Si ella es la supuesta respuesta para terminar con todo esto…

Nadie respondió de inmediato. Afuera, la noche comenzaba a ceder lentamente. Los primeros tonos del amanecer se filtraban por las ventanas, apenas visibles, tiñendo el interior de la casa con una luz tenue que no alcanzaba a calentar el ambiente, pero sí a cambiarlo.

Villegas levantó finalmente la mirada.