La Maldición Asimov CAPITULO 8 #2
73%

CAPITULO 8 #2

Un rato después, la comisaría estaba completamente activa, llena de movimiento y voces que se cruzaban sin pausa. Funcionarios entraban y salían de las oficinas, los teléfonos sonaban, los informes comenzaban a acumularse, y todo parecía responder a un procedimiento que se repetía con eficiencia. Sin embargo, Villegas no estaba dentro de ese ritmo.

Caminaba con la mente fija en otra cosa, arrastrando consigo esa sensación que había comenzado en el cementerio y que ahora no lo soltaba. La muerte de Hans no cerraba la historia, la abría. Y lo que había visto, lo que había recordado, comenzaba a encajar de una forma que le resultaba incómoda, pero imposible de ignorar.

Sabía que no podía comentarlo, así como así. No en ese lugar, no con cualquiera. Ni siquiera tenía claro cómo explicarlo sin sonar fuera de lugar. Aun así, necesitaba respuestas.

Se desvió hacia un pasillo menos transitado y abrió una puerta sin hacer ruido, entrando a una sala más pequeña, con iluminación tenue y olor a archivo antiguo. Frente a él se levantaba un mueble metálico de cajones desgastados, de esos que guardan años de historias que nadie revisa hasta que algo las vuelve necesarias.

Se acercó y comenzó a abrir cajones, uno tras otro, guiándose por las etiquetas, pasando los dedos por las carpetas con una mezcla de prisa y precisión. No estaba buscando al azar. Sabía qué nombre quería encontrar.

Y cuando lo vio, se detuvo.

El expediente era más grueso que el resto, con el apellido marcado en el lomo: Asimov.

Al tenerlo frente a él, un escalofrío le recorrió la espalda y le subió lentamente hasta la nuca, como si su propio cuerpo le advirtiera que no siguiera. Se quedó un instante con la mano suspendida, dudando, midiendo el peso de lo que estaba a punto de hacer.

Respiró profundo.

Y lo sacó.

Lo llevó hasta una mesa cercana, se sentó y lo abrió con cuidado. Las primeras páginas pasaron rápido bajo su mirada, apenas registradas, hasta que encontró el punto donde la historia comenzaba a tomar forma. Bajó el ritmo y empezó a leer con atención.

La información era clara. Tres hijos del matrimonio Asimov habían muerto en un accidente en el lago Albarrán, a fines de noviembre de 1943. Un caso cerrado, al menos en el papel. Sin embargo, al avanzar en el informe, la historia se volvía más densa. Aparecía el nombre de Betal, acusada de brujería por los lugareños y ejecutada años después en un acto de violencia colectiva que el documento intentaba describir con frialdad, pero que dejaba entrever algo más oscuro.

Siguió leyendo.

Las páginas hablaban de muertes posteriores dentro de la familia, todas en circunstancias poco claras, todas registradas sin conclusiones firmes. Finalmente, el informe mencionaba a la única sobreviviente: Nastia Asimov, internada en el asilo psiquiátrico del Albarrán.

Villegas se detuvo.

La fotografía de la mujer estaba ahí, fija en el papel, con una mirada que parecía sostenerse más allá del tiempo. La observó en silencio, sin apuro, dejando que todo lo que había leído terminara de asentarse.

Cuando levantó la vista, ya no era el mismo.

Se quedó unos segundos mirando al frente, procesando, ordenando las piezas que comenzaban a encajar con una claridad inquietante. Luego se puso de pie, se quitó el gorro, se pasó la mano por la frente húmeda y respiró hondo antes de volver a colocárselo con firmeza.

Cerró el expediente.

Y salió de la sala con una decisión distinta, estaba seguro de que no era casualidad.

En la casona de campo de Norman y Tania, el ambiente se sentía distinto, cargado, como si las paredes hubieran absorbido todo lo ocurrido durante la noche. Norman sostenía la grabadora entre sus manos, mirándola sin demasiada certeza, recordando vagamente lo que Maisa le había mencionado horas antes. Frente a él, Maisa insistía en que lo hicieran afuera, convencida de que el entorno podía ayudar, pero la reacción del resto fue inmediata.

—Maisa, por favor —dijo Eli, con la voz tensa—, no quiero salir. Si vamos a hacer esto… hagámoslo aquí adentro.

Maisa la miró, intentando sostener su idea, y negó levemente con la cabeza.

—Es que el sonido del viento, de la naturaleza… eso ayuda. Afuera sería mejor.

Ricardo soltó una risa corta, sin humor, y se cruzó de brazos.

—Con todo lo que ha pasado, ¿de verdad creís que alguien va a querer salir a arriesgarse? —respondió—. Además, es tarde. Si lo vamos a hacer, que sea aquí… y rápido.

—Sí —agregó Eli, bajando la mirada—, tenemos que levantarnos temprano.

Maisa los observó a todos en silencio durante un segundo, evaluando, y finalmente asintió.

—Ya… me quedó claro.

Se movieron hacia la mesa casi sin hablar, como si todos entendieran que ese momento no admitía más discusiones. Las sillas crujieron suavemente al ser arrastradas y cada uno tomó su lugar. Maisa dejó el celular y la grabadora en el centro, alineándolos con cuidado. En la pantalla buscó un video de sonido constante y puso una cascada en reproducción, dejando que el murmullo del agua llenara el espacio con una base uniforme, casi hipnótica.

Luego presionó el botón de grabar.

El pequeño clic de la máquina sonó más fuerte de lo que debería.

Maisa cerró los ojos por un instante, respiró profundo y apoyó ambas manos sobre la mesa. El resto la observaba en silencio, tensos, sin saber exactamente qué esperar. Eli, sin decir nada, buscó la mano de Ricardo y la apretó con fuerza. Él no reaccionó de inmediato, pero tampoco la apartó.

—Amigo… —dijo Maisa finalmente, con una voz más baja, más contenida—, por favor, necesitamos saber qué fue lo que pasó. Danos una señal.

El sonido de la cascada siguió fluyendo.

Nada más.

Los segundos comenzaron a sentirse largos, incómodos, como si el tiempo se estirara dentro de la habitación. Pasaron casi veinte segundos sin respuesta. Maisa abrió los ojos apenas y volvió a intentarlo, esta vez con una urgencia que ya no podía ocultar.

—Amigo mío… te voy a necesitar de ahora en adelante… pero ahora te necesitamos todos. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué te hicieron esto?

El silencio volvió a instalarse, más pesado que antes.

—¿Quién fue? —intervino Eli, con la voz quebrada, mirando fijo el centro de la mesa.

El sonido del agua seguía constante, ajeno a todo.

Pasaron otros largos segundos, hasta que Norman habló por primera vez, sin apartar la mirada de la grabadora.

—¿Cómo lo terminamos?… ¿Qué hay que hacer?

Nadie dijo nada más.

La cascada siguió sonando, pero de pronto el audio del celular se cortó abruptamente, dejando un vacío incómodo en la habitación. Maisa reaccionó de inmediato, volvió a presionar play y el sonido regresó, pero algo en el ambiente ya había cambiado.

Ricardo se levantó de golpe.

—Ya, se acabó esta hueá, Maisa —dijo, pasando una mano por su cara con frustración.

Ella lo miró, incrédula, y también se puso de pie.

—¿Qué te pasa, imbécil?

—A ti te gustan estas mierdas —respondió él, con rabia contenida—. Nos tenís a todos cagados de miedo.

—Todos hemos visto lo mismo —replicó ella sin retroceder—. No seai tan cerrado.

Norman no intervino. Seguía ahí, sentado, con la mirada perdida, atrapado en un pensamiento que giraba únicamente en torno a su hija.

—Necesitamos respuestas, Richie —dijo Eli con firmeza, aunque su voz temblaba—. Veamos si se grabó algo.

Ricardo dudó un segundo, pero finalmente se dejó caer hacia atrás en la silla, cruzándose de brazos, mirando al techo como si no quisiera seguir participando.

Maisa tomó la grabadora y retrocedió la cinta con cuidado. El sonido mecánico llenó el silencio mientras todos se inclinaban levemente hacia el centro, atentos, conteniendo la respiración sin darse cuenta. Cuando se detuvo, levantó la vista y miró al grupo de reojo, como asegurándose de que todos estuvieran listos.

Presionó play.

El sonido volvió, sucio, distorsionado, con ese ruido de fondo propio de las grabaciones antiguas. Primero se escuchó su propia voz, clara, reconociéndose sin dificultad.

—Amigo… ayúdanos, por favor… ¿por qué te hicieron esto?

Luego silencio.

Un silencio largo, incómodo, hasta que apareció la voz de Eli.

—¿Quién fue?

Pasaron unos segundos más, y entonces algo cambió.

Muy al fondo, mezclado con el sonido de la cascada y el ruido de la grabadora, comenzaron a escucharse jadeos. Irregulares. Acelerados. Como si alguien corriera, como si le costara respirar. El sonido creció apenas, lo suficiente para que todos lo notaran. Luego vinieron chillidos, gruñidos lejanos, algo animal, desordenado, imposible de ubicar.

El ambiente en la mesa se tensó de golpe.

Nadie se movía.

Incluso Ricardo dejó de mirar el techo.

Entonces, entre ese caos de sonidos, apareció una voz.

La voz de Hans.

Lejana, arrastrada, como si viniera desde un lugar profundo.

—…Vetal… —se escuchó, alargado, quebrado—. ¡Vetal…!

Eli se llevó la mano a la boca. Maisa no parpadeaba. Norman se inclinó apenas hacia adelante, como si eso pudiera acercarlo más a lo que estaba oyendo.

La grabación continuó.

Se escuchó la voz de Norman, preguntando:

—¿Cómo lo terminamos?

El sonido de la cascada volvió a dominar por un instante… y entonces, casi perdido entre el ruido, un susurro rápido, débil, pero claro que dice… Nastia…

La cinta se cortó y el silencio que quedó no fue normal, fue peor. Se instalo entre ellos como algo vivo, pesado e imposible de ignorar, apretándoles el pecho sin darles espacio para reaccionar,

Nadie hablo, ni movió. Sus miradas comenzaron a cruzarse lentas y rígidas, cargadas de una misma certeza que nadie se atrevió a comentar en voz alta.

Ricardo fue el primero en romper el silencio, aunque lo hizo sin convicción, como si hablara más para obligarse a avanzar que por verdadera claridad.

—Ya… vamos a ir al hospital a ver a la niña, ¿cierto?

Nadie respondió de inmediato, pero uno a uno fue asintiendo, casi en automático, todavía atrapados en lo que acababan de escuchar. Norman fue el primero en reaccionar con palabras, aunque su voz salió más baja de lo habitual.

—Sí… sí, vamos.