La Maldición Asimov CAPITULO 8
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CAPITULO 8

YA NO ESTAMOS SOLOS

Frente la entrada de la casona de Norman, que estaba completamente iluminada por los destellos intermitentes de la ambulancia, la luz roja girando sin descanso y tiñendo todo de un tono inquietante que no dejaba que la escena se sintiera real del todo. El aire era frío, pero nadie parecía notarlo.

Norman estaba de pie, rígido, con la mirada fija en la camilla mientras los paramédicos sacaban a Tania con rapidez, hablándose entre ellos en voz baja, concentrados, sin perder tiempo. El cuerpo de la niña iba cubierto hasta el pecho con una sábana blanca, una mascarilla de oxígeno cubriéndole el rostro, sus brazos inmóviles a los costados, demasiado quieta para alguien que hace unos minutos estaba luchando por su vida.

Norman no decía nada.

Solo miraba.

Como si al apartar la vista todo fuera a empeorar aún más.

La subieron a la ambulancia con cuidado, asegurando la camilla en su lugar, y en cuanto las puertas se cerraron con un golpe seco, la sirena se encendió. El sonido atravesó la noche y el vehículo partió de inmediato, perdiéndose en la oscuridad del camino mientras la luz roja se iba alejando poco a poco.

El silencio que quedó después fue peor.

Ricardo, Eli y Maisa se acercaron a Norman casi al mismo tiempo. No hicieron ruido. No hubo palabras al principio. Solo se posicionaron a su alrededor, como si instintivamente supieran que no podía quedarse solo en ese momento. Eli apoyó la cabeza en el hombro de Ricardo, todavía temblando, mientras él le pasaba un brazo por la espalda sin decir nada. Maisa, en cambio, se quedó de pie, con los brazos cruzados, la mirada baja, pero firme.

Fue ella la primera en hablar.

—Oye… tú, cuando estábamos tomando once, me dijiste que tenías una grabadora… que habían hecho psicofonías alguna vez en el cementerio.

Norman demoró un segundo en reaccionar, como si le costara volver.

—Sí… —respondió, todavía ausente—, pero no sé bien cómo se ocupa.

Ricardo levantó la cabeza, molesto, y miró a Maisa.

—Maisa, ¿qué pretendís ahora? De verdad… yo creo que no es el momento de seguir con tonterías. ¿No cachái todo lo que está pasando?

Ella giró lentamente hacia él, sin perder la calma, pero con algo más firme en la mirada.

—¿Y qué querís que haga? ¿Qué me quede de brazos cruzados como tú, esperando a ver a quién le toca después? ¿Que sea la Eli? ¿Que sea yo? ¿Que seas tú?

Ricardo no respondió.

—Esto no es casualidad —continuó ella, más segura—. Algo nos sigue desde que llegamos. Ya no podemos hacernos los tontos.

Norman asintió apenas, sin levantar la vista.

Eli, que hasta ese momento se había mantenido en silencio, bajó la mirada y apretó los labios. Respiró hondo, como intentando ordenar lo que sentía, y cuando levantó la cabeza, sus ojos estaban húmedos, pero más claros.

—Necesitamos saber cómo terminarlo —dijo, mirando a Ricardo.

Él la miró de vuelta, sin saber qué decir.

Eli se cubrió el rostro con ambas manos por un segundo, inhaló profundo, y luego las bajó lentamente. Giró hacia Maisa, buscando en ella una respuesta que nadie más parecía tener.

—¿Qué hacemos?

Maisa sostuvo su mirada sin dudar.

—Preguntémosle a Hans —dijo— qué fue lo que le pasó… qué le pasó a la Tania… y qué es lo que realmente vio Norman… lo que hemos estado viendo todos.

El silencio que siguió no fue de duda.

Fue de decisión.

En la entrada del cementerio comenzaba a juntarse gente, vecinos curiosos que murmuraban entre ellos, intentando entender qué había pasado, atraídos por el movimiento inusual de patrullas y luces que rompían la rutina del lugar. Algunos se asomaban con cautela, otros simplemente observaban desde más lejos, pero todos compartían la misma inquietud.

Más adentro, el ambiente era completamente distinto.

Carabineros y peritos forenses trabajaban alrededor del cuerpo de Hans con movimientos precisos, casi mecánicos. Vestían trajes blancos, mascarillas ajustadas al rostro y guantes que brillaban bajo la luz artificial. El cadáver ya estaba siendo cubierto con una lona azul, mientras otros levantaban evidencias del suelo, señaladas por pequeños triángulos numerados. El perímetro estaba cercado con cintas plásticas que advertían no pasar, marcando una frontera clara entre el mundo cotidiano y lo que había ocurrido ahí dentro.

El aire se sentía denso.

Extrañamente pesado.

A unos metros, el carabinero mayor conversaba con otros funcionarios, dando indicaciones mientras un fotógrafo documentaba cada rincón de la escena. Todo parecía seguir un protocolo conocido, repetido muchas veces.

Todo… excepto la sensación.

Un poco más apartado, el carabinero más joven, Carlos Villegas, cabo segundo, observaba en silencio. Tenía la linterna aún en la mano, aunque no la necesitaba, y su mirada recorría el lugar sin detenerse en nada específico, como si estuviera buscando algo que no lograba identificar del todo.

Había algo que no le cuadraba.

Algo que ya había visto antes.

Sin darse cuenta, su mirada se detuvo en el mausoleo de la familia Asimov, que se alzaba a unos metros, oscuro, imponente, ajeno al movimiento del resto. En ese instante, un recuerdo le cruzó la mente con una claridad inesperada.

Se vio a sí mismo de niño, no más de doce o trece años, de pie en medio del campo junto a un anciano. El olor a tierra húmeda, el zumbido de las moscas, la tensión en el ambiente. Frente a ellos, una vaca yacía muerta sobre el pasto. El anciano se agachaba con dificultad, observando el cuello del animal, y entonces señalaba dos perforaciones pequeñas, precisas, como marcas de colmillos.

—Esos malditos vampiros… —decía, con una mezcla de rabia y temor.

El recuerdo no se detuvo ahí.

Otro llegó de inmediato, superponiéndose al primero.

La misma zona, la misma sensación de inquietud, pero esta vez de noche. Él, escondido detrás de su madre, observando desde lejos cómo unos carabineros abrían la puerta de una camioneta vieja. Dentro, el mismo anciano yacía sin vida, cubierto de sangre, con el cuello marcado de la misma forma.

Dos perforaciones.

Exactamente iguales.

Villegas parpadeó y volvió al presente de golpe, como si alguien lo hubiera sacudido desde adentro. El ruido del lugar regresó de golpe, pero ya no era el mismo. Ahora todo le parecía más cargado, más incómodo.

Miró otra vez hacia el mausoleo.

Esta vez no dudó.

Apretó la linterna con más fuerza y comenzó a caminar, alejándose del resto sin decir nada. A medida que avanzaba, el ruido de los peritos y las conversaciones se iba apagando detrás de él, reemplazado por el crujir seco de la tierra bajo sus botas y el leve susurro del viento entre las cruces y las lápidas.

Se internó entre las tumbas con cautela, apuntando con la linterna a su alrededor, iluminando fragmentos del lugar que parecían cambiar apenas los dejaba atrás. El mausoleo crecía frente a él, cada vez más presente, más pesado, como si no fuera solo una construcción, sino algo que lo estuviera esperando.

Y mientras avanzaba, una idea comenzó a instalarse en su cabeza.

No sabía si iba a encontrar algo.

Pero Villegas avanzaba entre las tumbas con una inquietud que ya no podía ocultar. Su paso, que al principio había sido medido, comenzó a acelerarse casi sin que él mismo se diera cuenta, como si el lugar lo empujara a salir o, peor aún, como si algo lo estuviera apurando desde atrás. La linterna temblaba en su mano, dibujando sombras inestables sobre las lápidas y los troncos, deformando las formas del cementerio hasta volverlo irreconocible por momentos.

A su derecha, de pronto, algo golpeó el suelo con fuerza, levantando un crujido seco de hojas aplastadas. Villegas se detuvo en seco y giró con rapidez, alumbrando el sector con la linterna. La luz recorrió el suelo, se detuvo en las raíces expuestas de un árbol, subió por el tronco, se perdió entre las ramas… pero no encontró nada. El silencio que quedó fue peor, más pesado, como si el sonido hubiese dejado una presencia suspendida en el aire.

Antes de poder moverse, sintió un desplazamiento cerca de su cabeza, una ráfaga breve que le rozó el oído con la velocidad de algo que no alcanzó a ver. No era un pájaro, no tenía la ligereza de uno; aquello era más grande, más denso, y lo había pasado demasiado cerca. Se encogió instintivamente y volvió a girar, ahora con la respiración contenida, intentando anticipar otro movimiento.

El sonido regresó, esta vez a su espalda, más lejano pero igual de claro, como si algo estuviera jugando con la distancia, dejándose sentir sin mostrarse. Villegas tragó saliva, consciente de que ya estaba demasiado adentro, y levantó la linterna con firmeza, apuntando hacia el frente.

El mausoleo de la familia Asimov se alzaba ahí, oscuro, sólido, dominando el espacio como si todo el cementerio girara en torno a él. Y entonces notó la reja.

No estaba cerrada.

Quedaba entreabierta, apenas lo suficiente para que esa pequeña diferencia resultara imposible de ignorar. Le apuntó directamente con la luz, y el metal viejo devolvió un reflejo opaco, desgastado. Mientras la observaba, la reja cedió un poco más, acompañada de un rechinar largo, áspero, que se arrastró por el aire como una advertencia.

Villegas sintió cómo el pulso se le aceleraba. Sin dejar de mirar, bajó la mano libre hacia su cinturón y rozó el arma, no para sacarla aún, sino para asegurarse de que estaba ahí. Dio un paso hacia adelante, midiendo el terreno, y el sonido volvió a repetirse, esta vez más claro, más intencional.

No era el viento.

Esa certeza le llegó sin esfuerzo.

Y fue suficiente.

La decisión no fue racional, fue instintiva. Retrocedió primero con cautela, luego con más rapidez, sin apartar la vista de la reja, hasta que el impulso de alejarse se volvió más fuerte que cualquier curiosidad. Finalmente giró y se internó entre las tumbas en dirección contraria, sintiendo que el lugar lo seguía mirando, que algo desde ese mausoleo no lo había perdido de vista.