CAPITULO 7 #2
En uno de los extremos de la piscina, Nicolai se mantenía inmóvil, con una sonrisa que no cambiaba, completamente ajeno a la desesperación que se desarrollaba frente a él. Sus ojos estaban fijos en Norman, disfrutando la escena con una calma inquietante. Se inclinó sin apuro y, como si se tratara de algo cotidiano, deslizó la mano hacia la rejilla de succión y la retiró con facilidad, dejando expuesta la abertura oscura que vibraba con un sonido bajo y constante, tragando agua con una fuerza que ahora se sentía más evidente.
A la vez, las otras dos figuras se movían dentro del agua con una claridad imposible. No nadaban, no flotaban; avanzaban hacia ellos con una lentitud controlada, segura, rodeando a Tania como si ya supieran exactamente lo que iba a ocurrir. Uno se aferró a su brazo, el otro a su pierna, y comenzaron a tirar de ella hacia el fondo, en dirección a esa abertura que parecía atraerlo todo.
Norman los miró directo a los ojos y, por un segundo, el miedo quedó atrás.
Lo reemplazó la rabia.
Apretó a su hija contra su pecho con una fuerza desesperada y lanzó una patada hacia uno de ellos, sintiendo el impacto real, sólido, como golpear algo que no debería existir. La respuesta fue inmediata: el tirón se volvió más violento, más decidido, como si esa resistencia solo los impulsara a arrastrarla con más fuerza.
El aire comenzó a faltarle. El pecho le ardía. La presión del agua y el esfuerzo le nublaban la vista, pero no aflojó.
No iba a soltarla.
Norman seguía luchando contra los tirones que no daban tregua, cada vez más intensos, más violentos, como si algo al otro lado se aferrara con desesperación a lo que ya consideraba suyo. El cuerpo le empezaba a fallar, los músculos le ardían, el aire se le escapaba en espasmos cortos, y por un instante real, brutal, sintió que no iba a poder, que en cualquier segundo la iba a perder entre sus brazos. Esa idea le cruzó la mente como un golpe seco, pero no alcanzó a instalarse, porque en ese mismo instante algo dentro de él cambió.
No fue un pensamiento.
Fue una reacción.
Algo se quebró o se encendió desde lo más profundo, una fuerza ciega, desesperada, que no aceptaba ese final.
Apretó a su hija contra el pecho con todo lo que le quedaba, clavó los pies contra el fondo de la piscina y empujó hacia arriba con una determinación absoluta, ignorando el dolor que le recorría el cuerpo, el cansancio que lo estaba arrastrando y el miedo que intentaba paralizarlo. Sintió cómo la resistencia cedía apenas, lo justo para avanzar un poco, un espacio mínimo que en otra situación no habría significado nada, pero que ahora era todo. Ganó un centímetro, luego otro, y después uno más, sosteniéndose en ese avance como si fuera la única salida posible.
El tirón volvió a insistir, pero ya no con la misma fuerza.
Norman no aflojó.
Con el último esfuerzo que le quedaba, uno que le desgarró el cuerpo completo, logró sacar a Tania a la superficie y mantenerla fuera del alcance de aquello que aún parecía querer arrastrarla. Se giró como pudo, arrastrándola consigo, y avanzó torpemente hasta el borde, impulsándose con lo que le quedaba de energía hasta lograr sacarla del agua.
Cuando alzó la vista, los hermanos Asimov ya no estaban.
Con manos temblorosas, la levantó como pudo y la dejó caer sobre el cemento húmedo de la orilla, empapada, inmóvil, su cuerpo pequeño completamente vencido. Norman cayó a su lado sin soltarla, jadeando, respirando con dificultad, como si cada bocanada de aire fuera lo único que lo mantenía consciente.
Detrás de ellos, la superficie de la piscina volvió a quedar lisa, tranquila, como si nada hubiera ocurrido, y el silencio del lugar regresó de golpe, pesado, incómodo, envolviéndolo todo.
Mientras tanto, en la comisaría, el tiempo parecía no avanzar.
Eli y Ricardo seguían sentados en la sala de espera, envueltos en un silencio tenso que se rompía a ratos con sus propias respiraciones. Eli tenía el cuerpo inclinado hacia él, aferrada a su brazo como si necesitara sostenerse para no derrumbarse, mientras hablaba en voz baja, pero con una urgencia que no lograba contener.
—Pero la Maisa estaba durmiendo… tuvo un sueño, po. En ese sueño vio cosas… ¿por qué ahora estamos acá? ¿Por qué le van a echar la culpa? Estábamos todos en la casa, no se podía ni la raja que ella saliera sin que nadie se diera cuenta… y aunque hubiera salido, ¿cómo va a hacerle algo a su mejor amigo? No tiene sentido… es cosa de verla…
Ricardo apretó la mandíbula y soltó el aire por la nariz, cansado.
—Oye ya, Eli… me ahogái —dijo, sin mirarla—. También estoy para la cagada. No tienen por qué no creerle. Estamos nosotros de testigos y vamos a decir exactamente lo mismo… que estábamos todos juntos.
Eli negó levemente, inquieta. —Igual vamos a tener que entrar nosotros también…
Ricardo no respondió.
En otra sala, Maisa estaba sentada frente a dos carabineros.
Su aspecto lo decía todo antes de que hablara: demacrada, con el maquillaje corrido, la mirada perdida y el cuerpo quieto, como si aún no terminara de volver del lugar donde había estado. Escuchaba, pero a medias, como si las palabras le llegaran desde muy lejos.
—Señorita Maisa —dijo el carabinero mayor, con un tono firme pero contenido—, nosotros queremos ayudar a resolver esto y saber qué pasó con su amigo. Para eso necesitamos que nos diga la verdad.
Maisa levantó lentamente la mirada y lo fijó a los ojos. Estaba cansada. Harta.
—Ya le he dicho tres veces… —respondió, con la voz baja, pero clara—. Vinimos desde Santiago a un maldito tour en el cementerio… y algo que había en una de las tumbas nos empezó a molestar. Yo estaba durmiendo cuando esto le pasó a mi amigo. Estábamos tomando… me mareé y me fui a acostar. Cuando el salió y nadie se dio cuenta.
El carabinero la observó unos segundos antes de insistir, con un dejo de ironía.
—Y aun así, en tu sueño… viste el lugar exacto donde lo íbamos a encontrar.
—Sí —respondió ella, sin dudar.
El silencio que siguió no fue cómodo.
El carabinero más joven, que hasta ese momento se había mantenido en segundo plano, dejó de escribir y levantó la vista. La observó con atención, con algo distinto en la mirada. No burla. No desconfianza total. Algo más cercano a la duda… o a la inquietud.
El mayor, en cambio, volvió a anotar en su libreta.
Maisa tragó saliva y continuó.
—Son esos hermanos… los Asimov.
Ambos levantaron la mirada.
—Esa tumba tiene algo —siguió ella—. Una historia oscura. Todo el mundo sabe que pasa algo con ellos, pero nadie quiere hablar. Ahora entiendo por qué… empezamos a interesarnos y ahora mi amigo está muerto.
Su voz se quebró apenas, pero siguió.
—Necesito saber más de ellos… ¿por qué nos están acosando así desde que llegamos? Por favor… ayúdenme.
El carabinero mayor bajó la mirada por un instante, como si no tuviera una respuesta que pudiera decir en voz alta.
Maisa lo notó.
—¿Ven? —dijo, casi en un susurro—. Ustedes también saben…
Luego alzó un poco la voz, más desesperada.
—¿Nos puede pasar algo a nosotros? ¿A los que quedamos?
El carabinero cerró la libreta con un golpe suave y se acomodó en la silla.
—Mire… por ahora Los llevaremos de vuelta a la casa donde están quedándose. En un rato más va a amanecer y el día va a ser largo. Tenemos que continuar la investigación, contactar a la familia de Hans Navarrete, trasladarlo a Santiago…
Hizo una pausa breve, mirándola directo.
—Pero ustedes no se pueden ir del Albarrán aún. Ninguno de los tres.