CAPITULO 7
CUIDADO, ELLOS NO QUIEREN JUGAR
Un rato después, la tensión había cambiado de forma, pero no había desaparecido.
En la comisaría el ambiente era frío y silencioso, casi incómodo. Eli dormía apoyada en el hombro de Ricardo, aferrada a su brazo como si soltarlo significara quedarse completamente sola en el mundo. Él, en cambio, no lograba descansar. Mantenía la mirada fija en el suelo, el cuerpo rígido, procesando en silencio todo lo que acababan de vivir.
El teléfono vibró en su mano.
Era Norman.
Ricardo contestó sin cambiar la postura.
—Hola, viejito…
—¿No saben en cuánto rato más van a estar por acá? —preguntó Norman al otro lado, con una voz cansada, contenida.
Ricardo miró de reojo hacia el pasillo.
—No… la Maisa lleva harto rato hablando adentro. Yo creo que ya le debe faltar poco para salir.
Hubo una breve pausa.
—¿Están bien ellas dos?
Ricardo soltó un aire corto, casi una risa sin humor.
—No… en realidad estamos pal loli los tres.
Norman guardó silencio un segundo ante de responder.
—La Tania igual está dormida. No le he dicho nada todavía… por eso no puedo ir a acompañarlos. Y más encima la camioneta quedó hecha bolsa… mañana voy a tener que ver una grúa o algo.
Ricardo asintió apenas, aunque Norman no podía verlo.
—Sí… ve eso mejor. Después hablamos.
Cortó.
El silencio volvió a instalarse, más pesado que antes.
Mientras tanto, en la casa todo parecía en calma.
Demasiado en calma.
Tania dormía en su habitación, envuelta en una quietud que contrastaba con lo que había pasado horas antes. La luz apagada, la puerta entrecerrada, el aire apenas moviéndose.
Entonces escuchó risas.
Lejanas. Suaves. Risas de niños.
Sus ojos se abrieron lentamente.
Al principio no se movió. Solo escuchó. Las risas continuaban, claras, cercanas y lejanas al mismo tiempo, como si la rodearan sin dejarse ver. No eran agresivas. Eran… alegres.
Tania frunció levemente el ceño, confundida.
Se incorporó en la cama y dejó caer los pies descalzos al suelo. El frío del piso le recorrió el cuerpo, pero no la detuvo. Caminó despacio hacia la ventana, aún entre dormida y despierta, como si no terminara de decidir si aquello era real o parte de un sueño.
Se asomó.
El patio lateral estaba cubierto por la penumbra de la noche, pero la piscina reflejaba lo suficiente como para distinguir figuras en movimiento.
Tres niños.
Jugaban en el borde, pasándose una pelota, riendo, corriendo de un lado a otro sin caer al agua. Sus movimientos eran livianos, casi irreales, como si no pesaran lo suficiente para resbalar.
Tania los observó en silencio.
El más alto, de cabello claro, se detuvo.
Giró lentamente la cabeza hacia la ventana.
La miró.
Y levantó la mano, haciéndole un gesto suave para que se acercara.
Tania se apartó apenas de la ventana, confundida, sin miedo, como si algo en esa escena le resultara familiar, incluso acogedor. Volvió a mirar.
Ahora era el más pequeño el que la observaba.
Sonreía.
Levantó ambas manos y la saludó con entusiasmo.
Algo cambió.
La expresión de Tania se borró poco a poco. Su sonrisa desapareció y sus ojos se abrieron más de la cuenta, perdiendo enfoque, quedando fijos en un punto que ya no parecía estar frente a ella.
Como si algo se hubiera instalado en su mente.
Se dio vuelta.
Caminó hacia la puerta.
La abrió sin hacer ruido y salió al pasillo. Bajó las escaleras lentamente, sin apurarse, con los movimientos suaves, mecánicos. Pasó por detrás del sillón donde Norman dormía profundamente, con la televisión encendida iluminándole el rostro. No se detuvo.
No lo miró.
Siguió.
Cruzó el living en penumbra y abrió la puerta que daba al patio. El aire frío de la noche la envolvió, pero no reaccionó. Caminó por el costado de la casa hasta llegar a la piscina.
Se detuvo a unos metros, con una mirada indecisa. Pero los niños ya no estaban.
El agua estaba inmóvil y silenciosa.
Detrás de ella, un sonido seco rompió el ambiente. Algo grande cayó detrás de ella.
Un panal de abejas, grande y pesado, se estrelló contra el suelo y se abrió con un ruido húmedo, espeso, como algo que no debía romperse así.
Las abejas salieron de inmediato, en masa y enfurecidas.
Se levantaron en el aire como una nube oscura y se lanzaron sobre ella.
Tania no reaccionó.
Seguía mirando al fondo de la piscina.
Las abejas comenzaron a cubrirla, posándose sobre su piel, en su pelo, en su ropa. El zumbido creció, envolviéndolo todo, llenando el espacio con un sonido insoportable.
Entonces volvió.
El dolor la atravesó de golpe.
Tania gritó.
Un grito agudo, desesperado, mientras intentaba sacarse las abejas del cuerpo, pero ya era tarde. La rodeaban por completo, picándola una y otra vez, sin darle espacio para huir, sin dejarle aire.
Y el agua, frente a ella… seguía completamente quieta.
Un rato después, la tensión había cambiado de forma, pero no había desaparecido.
Tania no alcanzaba a gritar con fuerza. Lo que salía de su garganta eran quejidos ahogados, un llanto entrecortado que se rompía en el aire mientras movía las manos desesperadamente alrededor de su rostro, intentando sacarse las abejas que la cubrían casi por completo. Cada picadura se clavaba más hondo, más intensa, más insoportable. Retrocedió sin mirar, guiada solo por el dolor y la urgencia de escapar, hasta que su pie resbaló en el borde húmedo y perdió el equilibrio.
Cayó de espaldas al agua con un golpe seco que rompió la quietud de la noche.
El chapoteo fue violento, pero Tania reaccionó de inmediato. Salió a la superficie, moviendo brazos y piernas con rapidez, buscando aire, tratando de orientarse. Era buena nadadora, su cuerpo sabía qué hacer incluso en medio del pánico, y por un segundo pareció que podría llegar al borde por sí sola. Pero entonces lo vio.
Desde el fondo de la piscina, algo comenzaba a moverse.
Una mancha oscura.
Difusa al principio, apenas perceptible, como una sombra que no debería estar ahí. Creció, se expandió, avanzó hacia ella con una intención clara. El agua alrededor se volvió más densa, más pesada, como si esa oscuridad estuviera contaminándolo todo. Tania intentó nadar hacia atrás, hacia el borde, pero la mancha ya la había alcanzado. Se envolvió a su alrededor, fría, opresiva, y la arrastró hacia abajo con una fuerza que no tenía explicación.
La superficie volvió a quedar en calma, por un par de segundos.
De pronto el agua se rompió otra vez y Tania emergió con un grito entrecortado, desesperado, buscando aire con una inhalación que le quemó el pecho. Intentó aferrarse al borde, pero algo volvió a tirar de ella desde abajo, más fuerte esta vez, más decidido.
Dentro de la casa, Norman frunció el ceño y bajó el volumen del televisor, inclinando apenas la cabeza mientras intentaba reconocer ese sonido que no terminaba de encajar con la quietud del lugar. Durante un par de segundos no se movió, escuchando con atención, hasta que los gritos comenzaron a filtrarse con más claridad, quebrando esa falsa calma que lo había tenido distraído.
Se levantó de golpe, sintiendo cómo algo se le tensaba en el pecho antes incluso de entenderlo del todo, y subió la escalera a toda prisa, con pasos torpes por la urgencia. Empujó la puerta de la habitación de Tania sin detenerse y el vacío lo golpeó de inmediato: la cama desordenada, las sábanas corridas, la ausencia.
Los gritos venían de afuera.
Ahora no había duda.
Se acercó a la ventana casi sin respirar y al asomarse, lo que vio le atravesó el cuerpo completo. La piscina estaba agitada, el agua rompiéndose en movimientos violentos que no tenían sentido, y en medio de ese caos estaba su hija, luchando por mantenerse a flote, moviéndose con desesperación, como si algo la estuviera tirando hacia abajo.
No pensó. No tuvo tiempo para hacerlo.
Se dio vuelta de inmediato, bajó la escalera con una torpeza peligrosa, saltándose los últimos peldaños, chocando con la pared al girar, y cruzó la casa sin detenerse. Abrió la puerta hacia el patio con un golpe seco y salió de lleno a la noche, sintiendo el aire frío en la cara sin que eso lograra frenarlo ni un segundo.
Corría mirando solo hacia adelante, con la vista clavada en la piscina, en ese punto donde su hija desaparecía y volvía a aparecer entre el agua que no dejaba de moverse. Llegó al borde sin reducir la velocidad y se lanzó de inmediato, cayendo con todo su peso, hundiéndose sin control mientras el agua le cerraba la visión por completo.
Abrió los ojos bajo el agua, buscando a ciegas, desorientado, sintiendo cómo el pecho se le apretaba por la falta de aire y la desesperación de no encontrarla en ese primer segundo. Movió los brazos con fuerza, girando el cuerpo, tratando de ubicarse en medio de esa oscuridad turbia, hasta que finalmente logró distinguirla más abajo, una silueta que se movía con dificultad, arrastrada hacia el fondo.
Tania.
Apenas logró alcanzarla, Norman sintió de inmediato que algo no calzaba. No era solo el peso del agua ni el pánico de su hija agitándose entre sus brazos; había una resistencia real, una fuerza que tiraba de ella hacia abajo con una determinación fría, constante, como si desde el fondo alguien la estuviera sujetando y no tuviera ninguna intención de soltarla. Apretó los dientes y la rodeó con ambos brazos, intentando elevarla con todo lo que tenía, pero cada centímetro que lograba avanzar era respondido con un tirón más fuerte, más agresivo, que la hacía ceder nuevamente hacia la profundidad.
El cuerpo de Tania comenzaba a fallar. Sus movimientos perdían coordinación, sus manos ya no golpeaban el agua con la misma energía, y su respiración, cuando lograba salir apenas a la superficie, era corta, desesperada, insuficiente. A su alrededor, el agua empezó a enturbiarse con un tono rojizo que se expandía lentamente, arrastrado por el movimiento, naciendo de las múltiples picaduras que cubrían su piel.
Norman intentó girar para impulsarse con más fuerza, buscando el borde con la mirada, y en ese movimiento los vio.
No como un reflejo.
No como una sombra.
Estaban ahí, dentro del agua, observándolo.