CAPITULO 6 #5
Ricardo y Eli la seguían unos metros atrás. Él mantenía la mandíbula tensa y los hombros rígidos, intentando aparentar control, aunque el pulso acelerado en el cuello lo delataba. Eli se aferraba a su brazo con fuerza, los ojos recorriendo cada rincón y cada sombra, como esperando ver algo moverse en cualquier momento.
El zumbido volvió, más claro esta vez. No venía de un solo punto. Se desplazaba, pasaba de un lado a otro, rozando el aire cerca de ellos, alejándose y acercándose otra vez, como si los rodeara sin mostrarse del todo.
Uno de los carabineros levantó la linterna y barrió el entorno con el haz de luz.
—¿Escucharon eso…?
Nadie respondió. Pero todos lo habían escuchado.
Maisa siguió caminando. El sendero comenzó a estrecharse, obligándolos a avanzar en fila, con las tumbas cada vez más cerca y más apretadas entre sí, como si el lugar no hubiera sido diseñado para ser recorrido por varias personas a la vez. La tierra bajo sus pies estaba húmeda y blanda en algunos tramos, y el sonido de las pisadas se volvía más sordo, más contenido.
Entonces Maisa desaceleró. No se detuvo de golpe, fue más sutil, como si algo frente a ella la obligara a bajar el ritmo.
Los carabineros se miraron brevemente. Ricardo levantó la vista.
Y ahí estaba.
La fuente. Una estructura antigua de piedra, agrietada y cubierta de suciedad y hojas acumuladas, ubicada en medio de un cruce de senderos que se abrían en distintas direcciones. El lugar parecía más expuesto… y al mismo tiempo más vulnerable.
Maisa se quedó inmóvil. La reconocía. No porque la hubiera visto antes ahí, sino porque ya había pasado por ese lugar en su sueño.
El aire pareció volverse más frío. Más pesado.
El zumbido desapareció de golpe.
El silencio que quedó fue peor.
Ricardo dio un paso hacia adelante, mirando la fuente, luego a Maisa, luego alrededor, como intentando entender qué era lo que estaba ocurriendo realmente.
—Este lugar…
No terminó la frase. No hacía falta.
Todos lo sentían.
Eli apretó con más fuerza su brazo. Uno de los carabineros avanzó un par de pasos más, levantando la linterna e iluminando el interior seco de la fuente, recorriendo sus grietas como si esperara encontrar algo ahí dentro.
Maisa no se movía. Su mirada estaba fija en uno de los caminos que salían desde ese punto: un sendero más oscuro que los otros, más estrecho, más profundo, como si no quisiera ser visto.
Avanzaban entre la niebla sin atreverse a bajar la guardia, con las miradas inquietas recorriendo cada rincón del cementerio, cada sombra entre las lápidas, cada espacio donde algo pudiera estar observándolos. Las linternas se movían nerviosas, iluminando solo fragmentos del terreno, pero nunca lo suficiente como para dar seguridad.
De pronto, Maisa se detuvo.
No fue un freno brusco, sino una pausa mínima, casi imperceptible, como si algo dentro de ella terminara de encajar. Y entonces avanzó. Más rápido. Sin mirar atrás.
—¡Ey, ey! ¿A dónde vas? —alcanzó a decir uno de los carabineros, sorprendido por el cambio.
Pero Maisa no respondió. Aceleró el paso, atravesando el sendero como si ya supiera exactamente a dónde tenía que llegar. Sus pies se hundían levemente en la tierra húmeda, pero no se detenía. Los demás reaccionaron tarde y comenzaron a seguirla, primero los carabineros, luego Ricardo y Eli, que intentaban no perderla entre la niebla.
—¡Maisa! —gritó Eli, con la voz quebrada.
No hubo respuesta. Solo el sonido de sus pasos apresurados.
Hasta que ocurrió.
Un grito.
Desgarrador. Profundo. Un grito que no parecía salir solo de su garganta, sino de todo su cuerpo.
Maisa se desplomó de rodillas.
Frente a ella, sobre una lápida, estaba Hans.
Su cuerpo yacía torcido, completamente fuera de lugar, como si la caída lo hubiera quebrado desde adentro. La ropa manchada, el rostro irreconocible bajo la sangre seca y reciente, la posición antinatural de su espalda contra la piedra dejaban claro, sin necesidad de acercarse más, que no había nada que hacer.
Maisa avanzó los últimos centímetros arrastrándose, temblando, hasta quedar junto a él. Lo miró sin poder tocarlo al principio, como si acercarse demasiado hiciera que todo fuera aún más real. El llanto le salió sin control, ahogado, quebrado, mientras negaba con la cabeza una y otra vez, incapaz de aceptar lo que tenía frente a sus ojos.
—No… no… no…
Detrás de ella, los demás llegaron uno a uno.
El primero en detenerse fue uno de los carabineros, que bajó la linterna lentamente, enfocando el cuerpo. El haz de luz recorrió la escena y se quedó fijo. Su expresión cambió de inmediato.
Ricardo se quedó paralizado a unos pasos, con el cuerpo rígido, mirando sin entender, como si su mente se negara a procesar lo que veía. El silencio lo golpeó de lleno.
Eli, en cambio, reaccionó distinto. Se llevó ambas manos a la boca, ahogando un grito que igual logró escaparle entre los dedos, los ojos abiertos, húmedos, fijos en el cuerpo de su amigo.
Nadie se movía. Nadie hablaba.
El único sonido que quedaba en ese lugar era el llanto de Maisa, quebrándose contra la piedra, mezclándose con el silencio pesado del cementerio.
Y entonces, por primera vez desde que todo había comenzado…
ya no quedaban dudas…