La Maldición Asimov CAPITULO 6 #4
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CAPITULO 6 #4

Pero Maisa no respondió. Solo se quedó ahí, temblando, con el maquillaje negro corrido por las lágrimas que no dejaban de caer. Al pasarse las manos por la cara, sus uñas largas y negras solo lograron desordenarle más el rostro.

Mientras Eli intentaba sostenerla, Norman se apartó sin decir una palabra y recorrió de nuevo el pasillo, encendiendo todas las luces que aún estaban apagadas, como si necesitara comprobar con sus propios ojos que todo seguía en su lugar. Regresó segundos después, más serio, sin respuestas.

La escena se trasladó a la sala. Eli hablaba por teléfono con urgencia, envuelta en un polerón gris con capucha que se había puesto encima de la ropa con la que dormía. Ricardo, nervioso, le acercaba a Maisa un vaso con agua y azúcar, intentando estabilizarla, pero ella apenas reaccionaba. Norman se acuclilló a su lado y le apoyó una mano firme en el hombro.

—Tranquila… lo vamos a encontrar. Debe andar por ahí…

Maisa no contestó. Seguía mirando al vacío, completamente ida, como si todavía estuviera atrapada en la imagen que acababa de ver.

Nadie la había visto así antes.

Y eso era precisamente lo que más asustaba.

En ese momento apareció Tania en el pasillo, medio dormida y confundida. Al ver a Maisa en ese estado se quedó paralizada. Norman se levantó de inmediato, fue hacia ella y la tomó con cuidado, hablándole en voz baja mientras la guiaba de regreso a su habitación, alejándola de todo aquello.

La casa, que unas horas antes había estado llena de ruido y risas, ahora estaba completamente tomada por otra cosa.

Maisa una vez más se pone a llamar a Hans. Y una especie de vibración se escucha en la terraza. Maisa es la primera en salir con todo el grupo tras ella…

Un celular vibraba al ritmo de los tonos que marca escuchaba en su teléfono. Era el celular de Hans… no lo llevo con el

Y nadie sabía qué hacer.

Un rato después, envueltos en una niebla espesa que parecía tragarse el bosque, avanzaban dos carabineros abriéndose paso entre los árboles. Maisa caminaba apenas un paso más adelante, como si algo invisible la guiara. Detrás venían Eli y Ricardo; ella prácticamente colgada de su brazo, temblorosa, mirando en todas direcciones, mientras él intentaba mantener la compostura, aunque la tensión ya se le marcaba en cada músculo.

Uno de los carabineros, el más alto y joven, rompió el silencio sin dejar de barrer el camino con su linterna.

—Oye… ¿y por qué tu amigo debería estar justo por acá? — Dirigiéndose a Maisa, pero Ricardo interviene …

Ricardo tardó un segundo en responder, acomodando la voz.—Insistió varias veces en que quería meterse para este lado. Por eso pensamos que podría haber venido hacia acá.

El otro carabinero, más bajo, giró apenas la cabeza.

—Pero si desapareció dentro de la casa… ni siquiera están seguros de dónde se fue.

Maisa lo miró de inmediato, la voz baja pero firme. —Está acá.

El carabinero frunció el ceño.

—¿Y por qué tú sabes eso?

—No sé… —respondió ella, abrazándose el cuerpo contra el frío—. Solo lo sé.

Siguieron avanzando unos metros más hasta que Maisa se detuvo de golpe. Giró el cuerpo lentamente hacia un costado y fijó la vista en la reja del cementerio. El barrote torcido estaba ahí, exactamente como lo había visto en su visión.

Sus ojos se abrieron un poco más.

La niebla se hacía cada vez más densa, como si el propio cementerio se cerrara sobre ellos, absorbiendo el sonido de sus pasos y devolviéndoles un silencio incómodo que no terminaba de ser natural. Las linternas de los carabineros apenas lograban abrirse paso entre la humedad suspendida en el aire, iluminando solo fragmentos del lugar: lápidas inclinadas, cruces torcidas, tierra removida en algunos sectores, como si el suelo hubiera sido perturbado hacía poco.

Maisa no dudaba.

Caminaba con una seguridad extraña, casi inquietante, siguiendo un recorrido que no parecía improvisado. Sus pasos eran firmes, constantes, como si reconociera cada giro antes de llegar a él. No miraba a los carabineros, no buscaba aprobación. Simplemente avanzaba.

Ricardo y Eli la seguían unos metros atrás. Él mantenía la mandíbula tensa, los hombros rígidos, intentando aparentar control, pero el pulso acelerado en el cuello lo delataba. Eli se aferraba a su brazo con fuerza, los ojos recorriendo cada rincón, cada sombra, como esperando ver algo moverse en cualquier momento.

El zumbido volvió.

Más claro esta vez.

No venía de un solo punto. Se desplazaba, pasaba de un lado a otro, rozando el aire cerca de ellos, alejándose y acercándose otra vez, como si los rodeara sin mostrarse del todo.

Uno de los carabineros levantó la linterna, barriendo el entorno con el haz de luz.

—¿Escucharon eso…?

Nadie respondió.

Pero todos lo habían escuchado.

Maisa siguió caminando.

El sendero comenzó a estrecharse, obligándolos a avanzar en fila, con las tumbas cada vez más cerca, más apretadas entre sí, como si el lugar no hubiera sido diseñado para ser recorrido por varias personas a la vez. La tierra bajo sus pies estaba húmeda, blanda en algunos tramos, y el sonido de las pisadas se volvía más sordo, más contenido.

Entonces Maisa desaceleró.

No se detuvo de golpe. Fue más sutil. Como si algo frente a ella la obligara a bajar el ritmo.

Los carabineros se miraron brevemente.

Ricardo levantó la vista y ahí estaba. la fuente.

Una estructura antigua de piedra, agrietada, cubierta de suciedad y hojas acumuladas, ubicada en medio de un cruce de senderos que se abrían en distintas direcciones. El lugar parecía más expuesto… y al mismo tiempo más vulnerable.

Maisa se quedó inmóvil.

La reconocía.

No porque la hubiera visto antes ahí, sino porque ya había pasado por ese lugar.

En su sueño.

El aire pareció volverse más frío.

Más pesado.

El zumbido desapareció de golpe.

El silencio que quedó fue peor.

Ricardo dio un paso hacia adelante, mirando la fuente, luego a Maisa, luego alrededor, como intentando entender qué era lo que estaba ocurriendo realmente.

—Este lugar…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Todos lo sentían.

Eli apretó con más fuerza su brazo.

Uno de los carabineros avanzó un par de pasos más, levantando la linterna e iluminando el interior seco de la fuente, recorriendo sus grietas, como si esperara encontrar algo ahí dentro.

Maisa no se movía.

Su mirada estaba fija en uno de los caminos que salían desde ese punto.

Un sendero más oscuro que los otros.

Más estrecho.

Más profundo.

Como si no quisiera ser visto.

Y aun así…

Era exactamente el camino que tenía que seguir.or acá —dijo.

Los carabineros intercambiaron una mirada breve, desconfiada, y enfocaron sus linternas hacia ese punto antes de avanzar. Maisa pasó primero, sin dudar, atravesando el hueco entre los fierros. Los demás la siguieron.

Ya dentro, el ambiente cambió.

El aire se volvió más frío, más quieto, como si la niebla tuviera peso propio. Ricardo levantó la voz, intentando que sonara firme.

—¡Hans!

Eli lo imitó casi al instante.

—¡Hans!

Pero sus gritos no viajaban. Se perdían ahogados en la bruma, como si el cementerio se los tragara antes de que pudieran llegar lejos.

Maisa no gritaba. Solo caminaba.

Avanzaba con la mirada fija, ausente, siguiendo un recorrido que parecía conocer de memoria, mientras los demás se veían obligados a seguirle el paso. Ricardo mantenía las manos en los bolsillos, rígido. Eli se aferraba cada vez más fuerte a su brazo.

De pronto, algo crujió detrás de ellos.

Hojas secas.

Pasos.

Eli se detuvo en seco y giró la cabeza con rapidez.

—¿Escucharon eso?

Ricardo la miró, confundido. —¿Qué cosa?

—Algo… atrás —insistió ella, bajando la voz hasta casi un susurro—. Como pasos.

Ricardo dudó, mirando hacia la oscuridad.

—No… no escuché nada.

Eli apretó su brazo con más fuerza, la voz temblando.

—Apurémonos.

Ricardo se detuvo unos segundos, girando la cabeza hacia atrás, intentando ubicar el punto exacto desde donde creyó haber escuchado ese ruido. Algo parecido a pasos que no terminaban de encajar con el lugar. Se quedó observando en silencio, el ceño levemente fruncido, tratando de convencerse de que no había sido nada.

Cuando finalmente volvió la vista hacia adelante, algo lo hizo detenerse de golpe.

A un costado del camino, casi fuera de foco, alcanzó a ver el lago.

El lago del Albarrán. Oscuro, extendiéndose entre la niebla como si aun estuviera estado ahí, ocupando un espacio imposible.

En una de sus orillas, el agua se agitaba con un chapoteo irregular, como si algo se moviera justo bajo la superficie.

Ricardo giró la cabeza de inmediato, mirando de lleno hacia ese punto y no había nada, solo árboles, tierra firme. El mismo sendero por donde avanzaban.

Se quedó quieto un segundo, sintiendo cómo el cuerpo se le tensaba sin que pudiera evitarlo. La imagen había sido demasiado clara para ser un error, demasiado real como para descartarla tan rápido.

Eli, que seguía aferrada a su brazo, lo miró de reojo, notando el cambio en su postura.

Ricardo no dijo nada. Se tragó la inquietud, apretó la mandíbula y retomó el paso, aunque por dentro ya no le quedaban dudas: algo en ese lugar no estaba bien. Y fuera lo que fuera, los estaba observando.

La niebla se volvía cada vez más densa, como si el propio cementerio se cerrara sobre ellos, tragándose el sonido de sus pasos y devolviéndoles un silencio incómodo que no terminaba de ser natural. Las linternas de los carabineros apenas lograban abrirse paso entre la humedad suspendida en el aire, iluminando solo fragmentos del lugar: lápidas inclinadas, cruces torcidas, tierra removida en algunos sectores, como si el suelo hubiera sido perturbado hacía poco.

Maisa no dudaba. Caminaba con una seguridad extraña, casi inquietante, siguiendo un recorrido que no parecía improvisado. Sus pasos eran firmes y constantes, como si reconociera cada giro antes de llegar a él. No miraba a los carabineros, no buscaba aprobación. Simplemente avanzaba.