La Maldición Asimov CAPITULO 6 #3
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CAPITULO 6 #3

Arriba, cada uno dormía en su habitación, hundido en un sueño profundo y pesado, atravesado por el alcohol y las drogas. Ninguno estaba en condiciones de reaccionar a nada de lo que ocurría a su alrededor.

Ninguno… excepto Maisa.

En su cama, comenzó a moverse.

Al principio fue solo un gesto leve en el rostro, un pequeño fruncir de ceño. Luego su cuerpo se tensó de golpe, como si algo dentro del sueño la estuviera apretando por dentro. Llevó una mano a la frente, apretando los ojos con fuerza, intentando escapar de una imagen que no podía detener.

Algo estaba pasando.

Y no era un sueño cualquiera.

Hans subió las escaleras con desesperación, apoyándose con fuerza en el pasamanos mientras arrastraba una pierna que ya no le respondía del todo. Respiraba agitado, mirando constantemente hacia atrás, como si el aire mismo pudiera alcanzarlo. Cada escalón parecía más alto que el anterior, como si el mausoleo se resistiera a dejarlo escapar.

Cuando por fin estaba a punto de alcanzar el nivel superior, giró la cabeza una última vez. En ese mismo instante sintió cómo algo le atrapaba el tobillo con una fuerza brutal y lo jalaba hacia abajo. Su cuerpo rodó por los escalones sin control, golpeándose contra la piedra en una caída desordenada y violenta.

El impacto le sacó todo el aire de los pulmones. Un recuerdo fugaz, casi como un reflejo, le cruzó la mente: la misma forma, la misma violencia. El pánico le inundó el pecho. Sin pensarlo, estiró el brazo con desesperación y logró aferrarse a un borde, tensando todo el cuerpo para no caer de nuevo. Con un esfuerzo torpe y lleno de urgencia, recogió las piernas, se impulsó hacia arriba y consiguió salir, incorporándose a medias antes de empezar a avanzar lo más rápido que podía.

Atravesó el interior del mausoleo casi sin mirar, con la única intención de alejarse. Salió jadeando, el cuerpo temblándole entero, y alcanzó el callejón principal del cementerio. El aire de afuera le golpeó la cara, pero no trajo alivio. Solo trajo algo peor.

Se giró.

Ahí estaban.

Los tres.

De pie, alineados, mirándolo fijamente.

Pero ya no eran niños.

Sus cuerpos habían crecido, se habían endurecido, convertidos en versiones adolescentes de aquellas mismas figuras que lo habían guiado. Las sombras que había visto durante el tour ahora estaban ahí, frente a él, sin ocultarse.

Hans sintió que el miedo le cerraba la garganta. Giró la mirada de inmediato y siguió avanzando, sin dejar de moverse, intentando escapar. Volvió a mirar hacia atrás apenas unos pasos después, pero ya no había nadie.

Solo el vacío.

Se detuvo. Respiró con dificultad. El cuerpo le temblaba completo.

Comenzó a retroceder lentamente, sin darle la espalda al mausoleo, manteniéndolo siempre a la vista, como si en cualquier momento algo fuera a salir desde ahí. Se inclinó, apoyando las manos sobre las rodillas, intentando recuperar el aire, sintiendo el pulso latiéndole en la garganta, en la cabeza, en todo el cuerpo.

Pasaron unos segundos.

Se enderezó.

Miró el mausoleo con atención, recorriendo cada rincón, cada sombra, buscando cualquier señal de movimiento.

Y entonces ocurrió.

Sin previo aviso, dos manos descendieron desde arriba y lo sujetaron por los hombros con una fuerza imposible. Hans no alcanzó a reaccionar. Su cuerpo se tensó al instante mientras era levantado del suelo, elevándose cada vez más, alejándose de la tierra sin nada que lo sostuviera. Intentó moverse, soltarse, pero no había control, no había apoyo, no había nada que hacer.

El aire se volvió más frío.

Más delgado.

Más alto.

El tiempo pareció estirarse mientras su cuerpo quedaba suspendido en el vacío, completamente expuesto.

Y de pronto, lo soltaron.

La caída fue directa, sin resistencia, sin nada que la amortiguara. Su cuerpo descendió con violencia hasta impactar de espaldas contra una lápida en uno de los pasillos interiores del cementerio, más adentro del lugar, lejos de la entrada y del mausoleo. El golpe fue brutal, seco, suficiente para quebrar el silencio de todo el sector en un solo instante.

Hans quedó ahí.

Torcido.

Inmóvil.

La respiración cortada.

La sangre comenzaba a extenderse lentamente bajo su cuerpo, oscureciendo la piedra fría sobre la que había caído.

Y esta vez, no se levantó.

Maisa seguía atrapada en un sueño inquieto, el cuerpo tenso y el rostro contraído como si algo la retuviera contra la cama con fuerza invisible. Sus cejas se fruncían, las mejillas se apretaban y los párpados temblaban, pero no conseguía despertar. Había algo en ese sueño que la sujetaba desde dentro.

Las imágenes llegaron fragmentadas, sin orden, como si no le pertenecieran del todo.

Primero vio a Hans.

Estaba tendido sobre una lápida, el cuerpo rígido, la respiración contenida. Sus ojos se abrieron lentamente, como si su mente se diera cuenta antes que él mismo. De pronto el miedo le deformó el rostro y abrió la boca en un grito que nunca llegó a salir.

La imagen se quebró.

Ahora era ella quien caminaba. Salía por la parte trasera de la casona de Norman, avanzando hacia el patio sin dudar, exactamente hacia el lugar donde aquel niño había llamado a Hans. No pensaba. Solo caminaba, como si sus piernas ya no le pertenecieran.

El entorno empezó a cambiar. El aire se volvió más denso, el paisaje más oscuro, y pronto se encontró internándose entre árboles envueltos en una neblina espesa que borraba los contornos y absorbía los sonidos. A su alrededor comenzaron a escucharse risas de niños, dispersas, cercanas y lejanas al mismo tiempo, rodeándola sin que pudiera ver de dónde venían.

Siguió avanzando.

Llegó hasta la reja del cementerio. El mismo barrote torcido. La misma entrada.

Atravesó el hueco sin detenerse y continuó por el sendero, siguiendo un recorrido que parecía ya conocido, como si lo hubiera caminado antes en otra vida. Las tumbas se alineaban a su paso y, más adelante, apareció la fuente antigua, seca, cubierta de polvo, justo en el cruce de caminos.

La visión se rompió otra vez.

Hans apareció más cerca.

Su rostro estaba manchado de sangre, la piel tensa por el dolor, los ojos desorbitados sin enfocar nada concreto, como si no pudiera ver lo que lo estaba atacando. Su cuerpo se contraía, resistiendo algo invisible, hasta que un grito desgarrador escapó de él, crudo, desesperado, llenando todo el espacio.

Luego sus ojos se cerraron.

Su cuerpo cedió.

Y su cabeza cayó con peso contra la piedra.

El golpe se sintió en el pecho de Maisa como si fuera propio.

Despertó de golpe.

Se incorporó bruscamente en la cama, respirando agitada, el cuerpo empapado en sudor frío. Sus manos buscaron a tientas el interruptor de la lámpara y la luz inundó la habitación de manera violenta. Sin pensarlo, bajó la mirada hacia los pies de la cama.

El colchón de Hans estaba vacío.

Maisa se llevó una mano a la frente húmeda, intentando ubicarse, mirando alrededor sin entender del todo lo que acababa de vivir. El corazón le latía con fuerza contra las costillas y un miedo profundo, viscoso, se le instaló en el estómago.

El miedo le había quedado pegado al pecho, húmedo, profundo, viscoso, como si se le hubiera instalado en el estómago y ya no quisiera salir. Le faltaba el aire

Parpadeó varias veces, intentando enfocar la habitación, convencerse de que ya estaba despierta. Sin pensarlo demasiado, estiró el brazo hacia el velador y tomó su celular. Con los dedos todavía temblando, buscó el contacto de Hans y marcó.

Se llevó el teléfono al oído, el pulso latiéndole tan fuerte que casi tapaba el sonido de los tonos.

Sonó una vez, dos veces, tres veces. La llamada se fue directo al buzón de voz.

Maisa no dejó mensaje. Cortó de inmediato y volvió a marcar, esta vez más rápido, casi con rabia, como si el tiempo se le estuviera escapando entre los dedos. El celular volvió a sonar contra su oreja. Un tono, otro.

Al tercero, bajó lentamente el teléfono sin esperar a que terminara. Su mirada se quedó fija al frente, vacía, como si en ese preciso instante algo terminara de encajar dentro de ella con una claridad helada.

Hans no iba a contestar.

Algo andaba muy mal.

Y Hans ya no estaba allí.

Maisa irrumpió en el pasillo como si la casa entera se estuviera incendiando, gritando el nombre de Hans con una desesperación que rompía el silencio de la noche. La puerta del frente se abrió de golpe y Eli apareció, desorientada, el pelo revuelto y los ojos aún llenos de sueño.

—Maisa, ¿qué pasa?

Pero Maisa ni siquiera la miró. Pasó de largo, abriendo puertas una tras otra, asomándose a cada habitación con movimientos bruscos, sin detenerse realmente a mirar, como si ya supiera que no iba a encontrarlo. Entró incluso a la pieza de Norman y Ricardo, despertándolos en medio de la confusión, y luego a la de Tania, que apenas se removió entre las sábanas sin llegar a despertar del todo. Siguió hacia la cocina, recorrió los pasillos y bajó al primer piso casi tropezando, respirando agitada, completamente fuera de sí.

Detrás de ella, los pasos se multiplicaron. Eli la seguía cada vez más cerca, mientras Ricardo y Norman, ya alertas, salían tras ellas intentando entender qué demonios estaba ocurriendo. Cuando Eli por fin la alcanzó, la tomó con firmeza por los hombros y se plantó frente a ella.

—Maisa, mírame… ¿qué te pasa? Tranquila, por favor, ¿qué te pasa?

—Hans… —la voz de Maisa se quebró—. Hans…

—¿Qué le pasa a Hans? —preguntó Eli, ahora visiblemente asustada.

Maisa no lograba enfocar la mirada. Sus ojos iban de un punto a otro, como si todavía estuviera viendo algo que no estaba allí. Eli la sacudió con suavidad, insistiendo hasta que finalmente consiguió que la mirara a los ojos.

Fue entonces cuando todos lo notaron.

La expresión de Maisa no era solo miedo. Era terror puro. Un terror tan profundo y crudo que nadie en esa casa le había visto nunca.

—Lo mataron… —susurró, con la voz rota—. Los Asimov… lo mataron.

El silencio cayó como una losa.

Ricardo dio un paso adelante, incrédulo. —A ver, Maisa… ¿de qué huevada estás hablando?