La Maldición Asimov CAPITULO 6 #2
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CAPITULO 6 #2

La vegetación empezó a abrirse. Subió una pequeña elevación y, desde ahí, pudo ver el cementerio a la distancia. No dudó. Era hacia donde quería ir desde el principio. Bajó con cuidado, avanzando directo, sin mirar atrás.

Mientras tanto, en la terraza, Norman y Ricardo seguían riéndose, completamente tomados, recordando anécdotas sin sentido. Chocaban los vasos, hablaban más fuerte de lo necesario, como si nada de lo anterior hubiera pasado. Ricardo, en medio de la risa, miró alrededor.

—Oye… ¿y el loquito?

Norman apenas reaccionó.

—Se habrá ido a acostar…

Se rieron otra vez. A ninguno le importó realmente.

—Ya, vámonos mejor… estoy viendo todo triple —dijo Ricardo.

Se levantaron con dificultad y entraron a la casa. Segundos después, la luz de la terraza se apagó.

La oscuridad volvió a adueñarse del patio.

Hans seguía avanzando. De pronto, junto al niño apareció el otro, el más alto, sonriéndole como si lo conociera. Luego apareció otra vez tercero. Los tres comenzaron a correr en dirección al cementerio.

—Ven… —le dijeron—. Acompáñanos.

Hans los siguió sin pensarlo.

Entraron por un costado, donde la reja estaba rota. Él pasó por el mismo lugar, apurándose, y recién entonces se dio cuenta de que no tenía el celular. No se detuvo. Siguió avanzando entre las tumbas.

El lugar estaba abandonado. El aire era distinto.

Caminó por un sendero estrecho hasta que apareció una antigua pileta de piedra, seca, cubierta de polvo y hojas. Los niños se movían más adelante, guiándolo siempre un poco más lejos.

Hans seguía avanzando entre los árboles, cada paso más pesado que el anterior, como si el bosque mismo le estuviera robando el tiempo. La oscuridad se había vuelto espesa, casi tangible; el aire olía a tierra húmeda y a algo más viejo, algo que llevaba años pudriéndose en silencio. No sabía cuánto llevaba caminando. Los minutos parecían estirarse, deformarse, como si el lugar se negara a soltarlos.

De pronto, a su lado, apareció otro niño. Más alto, con la misma ropa antigua y gastada, mirándolo con una sonrisa tranquila, casi cariñosa. Hans frunció el ceño, confundido, pero antes de que pudiera detenerse, un tercero se sumó al grupo. Los tres niños caminaban ahora juntos, coordinados, como si siempre hubieran formado parte de la misma sombra.

—Ven… —susurraron al unísono, con una voz que no parecía salir de sus bocas, sino de todos lados a la vez—. Acompáñanos.

Hans no lo pensó. Los siguió.

Avanzaron hasta el borde del cementerio, donde la reja de hierro estaba torcida y rota. Uno de los barrotes se había doblado hacia afuera, dejando un hueco estrecho, justo lo suficiente para que un cuerpo delgado pasara. Los niños se deslizaron por allí sin esfuerzo, como si lo hubieran hecho cientos de veces. Hans llegó segundos después, se inclinó y se coló por el mismo espacio, sintiendo el metal frío rozarle la espalda.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que ya no tenía el celular.

Se palpó el bolsillo por inercia. Nada. Dudó un segundo, giró la cabeza hacia atrás, pero las siluetas de los niños seguían avanzando entre las tumbas, esperándolo. Esa imagen fue suficiente. Siguió adelante.

Dentro del cementerio todo se sentía distinto. El aire era más frío, más denso, como si respirara con dificultad. El suelo crujía bajo sus zapatos con un sonido que parecía demasiado cercano. Hans caminaba por un sendero angosto que serpenteaba entre las lápidas, un camino claramente marcado, como si alguien lo hubiera recorrido muchas veces antes en la oscuridad.

Los niños siempre iban unos metros por delante, apareciendo al final de cada tramo, esperándolo con esa misma sonrisa quieta. Cada vez que Hans creía alcanzarlos, ellos volvían a alejarse, obligándolo a seguir más profundo.

Pasó junto a una antigua pileta de piedra, completamente seca, cubierta de hojas podridas y polvo acumulado. Estaba justo en un cruce de senderos. Desde ahí el cementerio se abría en varias direcciones, pero los niños no dudaron. Tomaron uno de los caminos sin mirar atrás. Hans, sin cuestionarlo, los siguió.

Cada paso lo llevaba más lejos de la entrada.

Cada paso lo hundía más adentro.

Y cuanto más avanzaba, más sentía que algo lo observaba desde las sombras entre las tumbas. Algo que no era niño. Algo que llevaba mucho tiempo esperando.

Hans continuaba siguiendo a los niños, cada vez más adentro del cementerio, con esa sensación incómoda creciendo en el pecho, como si ya no pudiera detenerse, aunque quisiera. De pronto, los tres se detuvieron al mismo tiempo. Se giraron lentamente hacia él y quedaron alineados frente a sus ojos, mirándolo directo, con una sonrisa que ya no parecía inocente.

Primero estaba el mayor, luego el más pequeño, y al otro lado el tercero, todos inmóviles, como si lo estuvieran esperando.

—¿Qué hacen aquí a esta hora…? —alcanzó a decir Hans, confundido, con la voz más baja de lo que esperaba.

No respondieron.

Solo siguieron mirándolo.

Sonriendo.

Luego, casi al mismo tiempo, se dieron vuelta y comenzaron a correr entre las tumbas, riendo en voz baja, como si jugaran con él.

Hans dudó un segundo, pero volvió a seguirlos.

Aceleró el paso, intentando no perderlos de vista, esquivando lápidas, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado a cada metro que avanzaba. Entonces empezó a levantar la mirada, primero desde el suelo, luego más arriba, como si algo lo obligara a hacerlo poco a poco.

Y lo vio.

Frente a él.

El mausoleo de la familia Asimov.

La estructura se alzaba oscura, imponente, más grande de lo que recordaba, con una presencia que no se parecía a nada más dentro del cementerio. No era solo una construcción: se sentía como si estuviera ahí para algo más.

Hans se detuvo.

La reja de entrada, que momentos antes estaba cerrada, comenzó a abrirse sola con un chirrido largo, metálico, que se extendió por todo el lugar, rompiendo el silencio.

El sonido le recorrió la espalda.

Se quedó inmóvil un segundo.

Respiró.

Y dio un paso adelante.

Dentro del mausoleo el aire era más frío, más denso, como si llevara décadas sin moverse. Hans se detuvo apenas cruzó el umbral y miró alrededor, intentando que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. Las flores plásticas, opacas por el polvo acumulado, el epitafio gastado en la piedra y las paredes oscuras creaban la sensación de que todo aquel lugar había quedado suspendido en el tiempo, como si no perteneciera del todo al mundo de afuera.

Entonces la vio.

La escalera que descendía hacia el subterráneo.

Se acercó con cautela, inclinando el cuerpo hacia adelante para intentar ver hasta dónde llegaba, pero antes de que pudiera dar el siguiente paso, una fuerza violenta lo empujó desde atrás. Perdió el equilibrio al instante. Su cuerpo rodó escaleras abajo sin control, golpeándose contra los peldaños de piedra hasta que quedó tendido en el suelo, entre polvo, tierra y restos que olían a humedad antigua.

Se quedó allí unos segundos, aturdido, con la respiración entrecortada. Lentamente logró incorporarse hasta quedar sentado, apoyando una mano en el piso frío para no volver a caer. Fue entonces cuando algo chocó suavemente contra su pie. El objeto rodó apenas unos centímetros y se detuvo cerca de él.

Hans frunció el ceño. Metió la mano en el bolsillo, sacó el encendedor y encendió una pequeña llama temblorosa. La luz reveló una linterna plástica verde, desgastada, con manchas oscuras y secas adheridas al mango. La tomó con cuidado, la sostuvo con fuerza y presionó el interruptor.

La luz se encendió.

Un haz débil pero suficiente iluminó el subterráneo: paredes húmedas y cubiertas de musgo, superficies irregulares, restos abandonados y sombras que parecían ocupar más espacio del que debían. Hans se puso de pie con dificultad, todavía inestable, y recorrió el lugar con la linterna, intentando orientarse.

Fue en ese momento cuando lo sintió.

Un contacto leve, preciso.

Dos toques suaves en su hombro derecho.

El cuerpo le reaccionó antes que la mente. Giró bruscamente, levantando la linterna y apuntando hacia atrás.

No había nadie.

El espacio estaba vacío.

Pero entonces, desde algún punto imposible de ubicar, comenzó a escucharse una risa. Suave al principio, casi lejana, pero inconfundible. Risas de niños. Vivas, alegres… y completamente fuera de lugar.

Hans tragó saliva, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba en las sienes. Ahora lo entendía con una claridad helada: algo en ese lugar no estaba bien. Y ya no se trataba solo de lo que había visto arriba.

Apretó la linterna con más fuerza, retrocedió un paso y buscó desesperadamente la escalera con la mirada, con la única intención de salir de allí lo antes posible.

Mientras tanto, en la casa, la noche se volvía más pesada.

El viento había cobrado fuerza y golpeaba las ramas de los árboles contra el techo con ráfagas irregulares, como si algo intentara entrar a la fuerza. En la terraza trasera, el desastre del carrete quedaba expuesto bajo la luz débil que aún salía desde el interior: el piso húmedo y pegajoso por el alcohol derramado, cenizas de cigarro esparcidas por todas partes, vasos plásticos volcados y el mantel completamente empapado, adherido a la mesa entre botellas vacías y latas de cerveza aplastadas.

El lugar ya no tenía nada de acogedor.

A lo lejos, casi imperceptible al principio, comenzó a escucharse un zumbido. Leve. Constante. Difícil de ubicar, como si viniera de todas partes y de ninguna al mismo tiempo.

Dentro de la casa, el silencio era distinto. No era tranquilidad, era ausencia. De vez en cuando, un crujido de la madera vieja recorría el primer piso, como si la estructura se acomodara sola… o como si alguien caminara con mucho cuidado sobre ella. Desde la cocina, una olla colgante se mecía apenas, golpeando suavemente contra otra, movida por una corriente de aire que no terminaba de explicarse.

La escalera, todavía marcada con las huellas de tierra y polvo que los muchachos habían dejado al subir, parecía ahora más larga, más oscura, como si condujera a un lugar que no estaba ahí antes.