CAPITULO 6
DONDE ESTA HANS
En la parte trasera de la casa, saliendo desde la cocina hacia una especie de terraza, todos —menos Tania, que ya estaba acostada— compartían intentando volver a la normalidad. Sobre una mesa plástica había maní, ramitas, papas fritas, salame y queso cortado en cubos, botellas de vino abiertas, bebidas cola, latas de cerveza y manchas pegajosas que el mantel no alcanzaba a disimular. El ambiente era relajado, forzado en algunos, pero suficiente para sostener la noche. Eli fumaba un cigarro con un vaso de piscola en la mano, apoyada contra la pared; a su lado, Hans estaba sentado en una banca larga, fumando marihuana, mientras Ricardo conversaba a medias con él y, al final, Norman afinaba una guitarra. Levantó la vista y dijo que esa se la sabían todos, y comenzó a tocar una canción de Los Prisioneros. El grupo se sumó al tiro, cantando en coro, cada uno más suelto que el otro, dejándose llevar por el alcohol y el humo. Las voces salían desordenadas, pero con ganas, como si cantar ayudara a empujar lo ocurrido un poco más lejos.
Maisa, sin embargo, no estaba en lo mismo. Se levantó de golpe, perdiendo un poco el equilibrio, y al intentar caminar tuvo que afirmarse. Norman dejó de tocar un segundo, pero los demás lo abuchearon para que siguiera, y Ricardo le dijo que no cortara el tema. Norman sonrió y retomó la canción como si nada. Eli, desde su lugar, alcanzó a ver a Maisa y entendió al tiro que no estaba bien, así que apagó el cigarro contra la pared y salió tras ella. Ricardo la llamó, preguntándole a dónde iba, pero Eli ni lo miró. Maisa avanzaba por el costado de la casa, algo desordenada, mientras atrás el carrete seguía, cada vez más ruidoso. Hans ni siquiera se dio cuenta; ya estaba lo suficientemente volado como para quedarse pegado en la música.
Eli la alcanzó unos metros más allá.—Oye… tú no estái bien, ¿cierto?
Maisa la miró, con los ojos un poco perdidos.—¿Dónde está el computador? Quiero seguir viendo esa hueá… lo de los pendejos. Ya los vimos, po…
Eli frunció el ceño.
—¿Qué computador? Estábamos con los celulares. – le contesta
Detrás, las risas y la guitarra seguían sonando. Ricardo, desde la terraza, comentó algo sobre ellas, medio molesto, y Norman le respondió riéndose que era típico, que al principio se odiaban y después se amigaban, que Eli no la iba a pescar más rato y que siguieran nomás, abriendo otra cerveza.
Eli volvió a concentrarse en Maisa.
—Confía en mí, ya. Te llevo a la pieza y te acuestas un rato. Te podís sacar la cresta si seguís caminando así… estamos todos mal, pero tú estái peor.
Maisa la miró un segundo, evaluando, y finalmente asintió.
—Ya… gracias. Sígueme. Siento como que se me rompió un taco de la bota.
Eli bajó la mirada hacia sus pies.
—No… el problema no es la bota. Eres tú.
Siguieron caminando.
Eli llegó con Maisa casi a la rastra hasta la habitación donde dormiría junto a Hans y la dejó sentada en la cama mientras ella se tocaba la frente, mareada. Sin decir mucho, Eli se agachó, le sacó las botas una por una y luego la ayudó a recostarse. Maisa se dejó caer pesada sobre la almohada, como si el cuerpo ya no le respondiera.
—Cualquier cosa, estoy en la pieza de al frente, me llamas nomás —dijo Eli.
—Sí… gracias —respondió Maisa, apenas.
Eli ya se giraba para salir cuando escuchó su nombre.
—Eli se dio vuelta y se da cuenta que Maisa la miraba, más lúcida por un instante. —He sido súper mala onda contigo… disculpa, ¿ya? Gracias. -le dice Maisa Eli
Eli soltó una leve sonrisa y agrega—Ya, tranquila… estai pal loli. Por hoy te la dejo pasar, mañana me voy a vengar.
Las dos sonrieron apenas. Maisa dejó caer la cabeza y cerró los ojos.
Eli salió al pasillo, cruzó a la habitación del frente y entró. Encendió la luz, dejó sus cosas en el velador, apagó la luz principal y se soltó el pelo frente al espejo. Se sacó la chaqueta y la dejó caer al suelo. En ese momento escuchó un golpe seco desde la ventana y luego otro, como algo chocando desde afuera. Se quedó quieta, mirando la cortina moverse apenas con el viento, dudando un segundo ante de acercarse. Corrió la cortina de golpe y vio que la ventana estaba mal cerrada, moviéndose con cada ráfaga. Respiró aliviada, la cerró bien y se dio la vuelta.
No alcanzó a avanzar cuando la ventana se abrió de golpe a su espalda, chocando con fuerza contra el muro. Eli se sobresaltó, giró rápido y volvió a cerrarla, esta vez asegurándola con firmeza. Se quedó un segundo mirando, comprobando que no volviera a moverse, y luego caminó hacia la cama. Se dejó caer boca arriba, estiró la mano hacia la lámpara y la apagó.
La oscuridad llenó la habitación, y en el rincón comenzaron a formarse tres sombras que, poco a poco, se fueron definiendo y avanzaron hacia ella sin hacer ruido. Eli se incorporó de golpe y encendió la luz; la habitación estaba vacía, sin nada fuera de lugar. Respiró agitada, mirando a todos lados, intentando convencerse de que había sido su imaginación. Dudó unos segundos y volvió a apagar la luz, pero esta vez las sombras no desaparecieron, siguieron avanzando, más.
Eli permanecía sentada en la cama, con la luz encendida, mirando nerviosa hacia todos lados de la habitación. El silencio ahora le parecía demasiado pesado. Por un momento pensó en levantarse y salir, pero al intentarlo sintió el mareo en el cuerpo y se detuvo. Dudó unos segundos y terminó recostándose otra vez, sin apagar la luz, como si esa pequeña claridad fuera lo único que la mantenía segura.
Mientras en la terraza las risas de Ricardo y Norman parecían no tener fin, la noche se extendía silenciosa sobre los campos que rodeaban la casa.
Sentados frente a la mesa cubierta de latas vacías, vasos olvidados y cenizas de cigarro, ambos conversaban a gritos entre carcajadas, ajenos a la oscuridad que poco a poco se adueñaba del lugar. Desde el interior llegaba la música amortiguada de la fiesta, mezclándose con el canto lejano de los grillos y el susurro del viento entre los árboles.
Hans estaba con ellos, pero mentalmente parecía encontrarse a kilómetros de distancia.
La droga había comenzado a envolverlo en una sensación extraña, como si el mundo avanzara más lento a su alrededor. Las voces de sus amigos llegaban distorsionadas a sus oídos, flotando entre ecos confusos que apenas lograba comprender.
—No, si estas minas la cagaron hoy —dijo Ricardo entre risas.
Norman se inclinó sobre la mesa.
—Siempre hacen la misma cuestión. Se pelean, se odian y después terminan siendo mejores amigas.
Los dos volvieron a reír.
—Oye, Hans —lo llamó Norman—. ¿Qué te pasó? Estás más callado que la cresta.
Hans levantó lentamente la vista.
—No sé... me siento súper mareado.
—Se fue de viaje este hueón —rió Ricardo.
Hans intentó sonreír, pero el esfuerzo le resultó agotador.
Se puso de pie y caminó lentamente hasta uno de los muros de la casa. Allí se dejó caer sobre el suelo frío y apoyó la cabeza contra la pared. Cerró los ojos por un instante, buscando que el mareo desapareciera.
Pero fue entonces cuando escuchó algo.
Una pequeña pisada.
Abrió los ojos.
Y al otro extremo del patio, donde la luz de la terraza ya no alcanzaba a iluminar los altos pastizales, distinguió la silueta inmóvil de un niño observándolo desde la oscuridad.
Hans entrecerró los ojos.
El niño permanecía inmóvil entre los pastizales, observándolo desde la oscuridad.
Vestía una especie de ropa antigua que desentonaba por completo con el lugar y la época. Llevaba un pequeño gorro oscuro sobre la cabeza, una camisa clara y unos pantalones cortos que le llegaban hasta las rodillas, sostenidos por tirantes que cruzaban su pecho.
Hans frunció el ceño.
—¿Qué...?
El niño sonrió. Era una sonrisa tranquila, inocente. Luego levantó una mano y comenzó a hacerle gestos para que se acercara.
Hans soltó una pequeña risa. No sabía si aquello era real o si su cabeza le estaba jugando una mala pasada. Se inclinó hacia adelante y se frotó los ojos con ambas manos. Cuando volvió a mirar, el niño seguía allí y ya no estaba solo.
Otro niño había aparecido a su lado. Vestía de forma similar y también lo observaba fijamente.
El segundo niño levantó una mano y lo saludó también comenzó a hacer exactamente el mismo gesto.
Ven.
Hans sonrió confundido.
La situación tenía algo absurdo, casi gracioso. Miró por encima del hombro hacia la terraza.
Ricardo y Norman seguían conversando entre carcajadas sin prestarle la menor atención.
Comenzó a bajar los escalones lentamente afirmado de la baranda para salir al patio.
Volvió la vista hacia los pastizales y ahora eran tres los muchachitos que lo esperaban, el ultimo era mas rubio y mas alto que los otros dos y su vestimenta, parecía pertenecer a otra época igual que la de los niños. Permanecía inmóvil entre ellos, con las manos cruzadas frente al cuerpo y una leve sonrisa dibujada en el rostro.
Los tres comenzaron a saludarlo, amistosamente, como si lo conocieran.
Como si llevaran mucho tiempo esperándolo.
Por alguna razón que ni él mismo entendía, Hans sintió curiosidad en lugar de miedo.
Y antes de darse cuenta, ya se estaba caminando hacia ellos
Su motivación por seguir a los muchachos ya lo estaba alejando del terreno, y sin darse cuenta cada vez más lejos de la casa
Hans avanzaba entre los árboles, pero el ahora solo veía al primer niño que le hacía señas en el patio de la casona .El niño que lo guiaba sin mirar atrás. El bosque lo envolvía. Las ramas y los arbustos le cerraban el paso, obligándolo a empujar con las manos mientras avanzaba. Sentía las piernas pesadas, un cansancio extraño que no coincidía con el esfuerzo, como si algo le drenara la energía. Se inclinó, apoyando las manos en las rodillas, respirando agitado. Levantó la vista.
El niño estaba ahí otra vez.
Pequeño, inmóvil, con su camisita blanca, los suspensores y el gorro antiguo. Lo miraba fijo.
—Por aquí —dijo, con voz suave, casi amable.
Y volvió a internarse entre el pastizal.
Hans se enderezó con dificultad y lo siguió.