La Maldición Asimov CAPITULO 5
43%

CAPITULO 5

NADA ES COINCIDENCIA

Atrapados en la oscuridad de la carretera, con Norman aún aturdido y recostado en el suelo sobre el polerón enrollado, Maisa, Eli y Ricardo permanecían en cuclillas a su alrededor, atentos a cualquier reacción. Hans, por su parte, seguía intentando conseguir señal con el celular, moviéndose unos pasos más allá, sin éxito.

Fue entonces cuando una luz comenzó a iluminarlos desde la distancia.

Al darse cuenta, levantaron la vista casi al mismo tiempo. Un vehículo se acercaba por la carretera.

Eli reaccionó primero. Se puso de pie de golpe.

—¡Es un auto!

Sin pensarlo, avanzó unos pasos hacia el centro del camino, levantando los brazos y agitándolos con fuerza para hacerse visible. Hans se acercó a ella y la imitó de inmediato.

Maisa y Ricardo se quedaron junto a Norman, observando, tensos, esperando que el vehículo no pasara de largo.

La luz creció.

Era un camión de carga.

Venía solo con el conductor.

El camión redujo la velocidad hasta detenerse frente a ellos. Eli y Hans se acercaron rápido a la ventana. El conductor bajó el vidrio con calma, mirándolos con atención.

—Hola, por favor, necesitamos ayuda —dijo Eli, alterada—. Tuvimos un accidente y nuestro amigo está herido. ¿Nos puede llevar a un hospital? Es urgente.

El conductor los miró, evaluando la situación.

—¿Qué les pasó?

Hans intervino de inmediato.

—Por favor, necesitamos que nos lleve. Le contamos en el camino.

El hombre dudó un segundo, luego asintió.

—Ya, súbanse atrás. Pero traten de no ensuciar con sangre, ¿ya?

Sin pensarlo demasiado, Eli y Hans se giraron hacia los demás.

—Vamos —dijeron.

Maisa y Ricardo ayudaron a incorporarse a Norman, pero en ese momento Ricardo dudó.

—¿Y Tania?

Maisa respondió rápido, sin apartar la vista de Norman.

—Primero el hospital. Él está mal.

Norman reaccionó en ese instante. Levantó la cabeza con esfuerzo.

—No… no, si estoy bien —dijo—. Es un rasguño nomás. Vamos con Tania.

Lo miraron, incrédulos.

—En serio —insistió—. Solo me aturdí, me pegué fuerte en la frente, pero estoy bien.

El conductor, desde la cabina, intervino con tono impaciente.

—Ya, decídanse luego… ¿a dónde vamos?

Ricardo subió primero al camión junto a Maisa y Hans, ayudando entre los tres a levantar a Norman y acomodarlo en la parte trasera, justo detrás de la cabina. Cuando ya estuvieron arriba, Ricardo se asomó hacia el conductor.

—Vamos hacia la entrada del pueblo, donde hay un puente.

El conductor asintió.

—Ah, ya… paso por ahí.

—Excelente, muchas gracias —dijo Hans.

—De verdad, muchas gracias, nos cayó del cielo —agregó Eli.

Maisa miró a Hans de reojo y murmuró en voz baja: — y que onda esta, también se pegó en la cabeza

El conductor giró un poco la cabeza hacia atrás, fijándose en Norman.

—¿Estás bien, amigo?

Norman se acomodó como pudo, llevándose una mano a la frente.

—Sí… me pegué fuerte, pero estoy bien. En la casa me están esperando, así que vamos para allá no más.

—Ya, no nos demoramos nada en llegar al puente —respondió el conductor—. ¿Es antes o después?

—Después… ya casi llegando —contestó Norman.

El hombre asintió y retomó la marcha.

El camión avanzó por el camino oscuro, y por unos segundos nadie dijo nada. El ruido del motor llenaba el silencio.

Maisa, dudosa al principio, terminó inclinándose un poco hacia adelante.

—Oiga… ¿usted es del pueblo?

—Sí —respondió el conductor, sin mirarla.

Hans intervino.

—¿De toda la vida?

El hombre soltó una risa corta.

—En este pueblo no hay nadie vivo que haya nacido acá.

Se hizo un pequeño silencio.

Maisa volvió a hablar.

—¿Alguna vez ha escuchado qué fue lo que les pasó a la familia esa… la más importante del cementerio?

El conductor frunció levemente el ceño.

—¿Cómo? ¿Por qué voy a saber yo de las familias del cementerio? Mi gente está en Santiago.

Maisa no retrocedió.

—Es que veníamos de un tour nocturno… y nos llamó la atención la historia.

—¿Qué historia? —preguntó el hombre.

—La de los hermanos… Nacimov —dijo ella, finalmente.

El cambio fue inmediato.

El conductor frenó de golpe.

El camión se sacudió y el ambiente se tensó en un segundo.

Su expresión ya no era la misma.

—¿Por qué quieren saber de ellos? —preguntó, serio—. Aquí no se habla de eso. Nadie habla de eso.

Hans se inclinó un poco hacia adelante.

—¿Por qué?

El conductor negó con la cabeza.

—No se puede. Esa tumba está maldita. No se acerquen a ella… y no le pregunten a nadie sobre eso, ¿estamos?

Sin esperar respuesta, volvió a poner el camión en marcha.

El silencio que quedó fue incómodo.

Maisa apretó los labios.

—Solo queremos saber qué fue lo que pasó… lo que nos contaron fue raro.

Ricardo intervino, cortando.

—Ya, Maisa…

Pero Eli, inquieta, se adelantó. —No… es que, hay algo raro…

No, en serio… desde que llegamos ahí, que he sentido una súper mala vibra. Quiero saber —insistió Maisa.

Ricardo la miró, intentando bajarla. —Maisa, ¿qué tiene que ver? Tranquila.

Hans intervino, sin quitarle la vista al conductor. —Pero algo sabe de ellos… por eso dijo que esa tumba está maldita.

El conductor respondió seco. —Nada. Yo no sé nada.

Maisa no le creyó. —Claro que sabe algo. Por eso se puso así. ¿Qué tienen ellos? ¿Qué es lo que pasa con ellos?

Ricardo volvió a intervenir, ya más molesto. —No pueden pasarse tantos rollos por una historia. Es un libreto, Norman, ¿verdad?

Eli no lo soltó. —Pero ¿qué es lo que pasa con ellos? Es raro… porque vimos a tres tipos en la tumba. Y antes, cuando llegamos a la casa, con Maisa vimos a esos mismos tres tipos. ¿Sí o no?

Maisa asintió, seria.

Eli volvió a mirar al conductor. —¿Qué pasa con ellos? ¿Qué es lo tan terrible?

El hombre apretó el volante. —Lo único que les voy a decir es que no se acerquen a ese lugar. No es bueno… ni siquiera leer su historia, ni nombrarlos.

Su tono cambió, más duro.

—Y si siguen hablando de esto acá, me bajo y se bajan todos de mi camión.

Eli trató de suavizar. —Pero si solo estamos conversando en el camino…

El conductor no cedió. —De ellos no vamos a hablar.

El silencio que quedó fue incómodo.

Nadie insistió.

Atrás, Norman comenzó a moverse levemente. Abrió un poco más los ojos y miró alrededor, inquieto, como tratando de ordenar lo que había pasado. Su expresión cambió de a poco, recordando… tres siluetas, de pie en la carretera, justo antes del impacto.

Se quedó mirando hacia el frente en silencio.

El conductor respiró hondo, intentando bajar la tensión, y cambió el tono.

—¿Ustedes son de Santiago?

Maisa no lo soltó.

—Norman dijo que eran cuatro hermanos… pero yo vi tres. Estoy segura de que tiene que ver con ellos lo que hemos estado viendo.

El efecto fue inmediato.

El conductor frenó con más fuerza que antes. Todos se fueron hacia adelante de golpe.

—Ya, bájense —dijo, molesto—. Se bajan ahora.

—Oiga, ¿qué le pasa? —reclamó Ricardo—. Tenemos que llevar a nuestro amigo a la casa.

El conductor se giró hacia ellos, levantando la voz.

—¡Bájense ahora! Es la última vez que se los digo.

Hans intervino rápido, tratando de evitar que escalara.

—Sí, está bien… nos bajamos. Tranquilo.

—¡Ahora! —repitió el conductor.

Los cinco se miraron entre ellos, tensos, y comenzaron a bajar uno a uno del camión.

El lugar estaba oscuro, pesado, con el viento cruzando el camino y moviendo la vegetación alrededor. Se quedaron un segundo en silencio, demasiado cerca unos de otros, mirando en todas direcciones como si algo pudiera salir de la oscuridad en cualquier momento.

Eli dio un paso más cerca de Maisa. Sin decir nada, se tomó de su brazo, buscando apoyo. Maisa no reaccionó con molestia esta vez; la dejó, firme, manteniéndose alerta.

Caminaron unos metros.

Ricardo no aguantó.

—¿Qué te cuesta mantener el tarro cerrado un rato, Maisa?

Ella lo miró, molesta, pero segura.

—El tipo dijo que no se podía tener ningún tipo de acercamiento con ellos… y nosotros lo tuvimos. Yo los vi. Eli los vio. Hans los vio.

Hubo un segundo de silencio.

—Y yo también —dijo Norman.

Todos giraron la cabeza hacia él.

Norman los miró, serio.

—Los vi en la carretera… por eso me desvié.

Ricardo, al escuchar a su primo y conocerlo de toda la vida, entendió al tiro que no estaba bromeando. Su expresión cambió; quedó serio, descolocado. Eli y Hans reaccionaron igual, con la misma impresión marcada en la cara. Maisa, por su parte, se llevó una mano a la boca, conteniendo algo que no sabía cómo explicar.

Norman respiró hondo y habló.

—Sí… primero me espanté porque se me paró un bicho… una abeja, parece, en la mano. Eso me hizo perder la vista del camino por un segundo, pero cuando volví a mirar… estaban ahí. Los tres tipos. Al medio de la carretera. Vestidos de negro… como con abrigo.

A medida que hablaba, las caras de los demás iban cambiando. Ya no era duda.

Era impacto.

Norman miró hacia adelante, intentando retomar el control.

—Ya… apuremos. No falta mucho.

Por otro lado, en la casa, Tania estaba sentada en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada en el muro, abrazando sus piernas. Miraba fija hacia los ventanales, completamente alerta. El silencio la tenía tensa.

De pronto, sintió que la puerta principal se abría.

Se puso de pie de inmediato y caminó rápido hacia el acceso. Al verlos, reconoció a su papá y a los demás. Corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.

—Papi… está lleno de abejas allá afuera.

Norman frunció el ceño.

—¿Abejas?

Algo en su expresión cambió, como si todo comenzara a encajar.

Se separó de ella y avanzó rápido hacia la puerta de la cocina que daba al patio trasero, donde había una pequeña terraza. Abrió y miró hacia afuera.

No había nada.

—Ya, dime bien qué fue lo que te pasó —le dijo, girándose.

Tania, en ese momento, notó la sangre en el rostro de su papá y se alarmó.

—Pero… ¿y a ti qué te pasó?

—Nada, un pequeño topón —respondió Maisa, adelantándose—. Cuéntame qué te pasó a ti, amiga.

Tania casi no la escuchó. Seguía mirando a Norman.

—¿Pero estás bien?

—Sí, hija, estoy bien —respondió él, intentando calmarla.

Maisa insistió, más firme. —Tania, ¿qué fue lo que te pasó?

Tania finalmente respondió, todavía agitada.

—Escuché un ruido súper raro… me asomé al patio por la cocina, por acá. De repente se reventó un panal de abejas al lado mío y se llenó todo… había abejas por todas partes. Y allá, al fondo, justo donde empieza el patio… había tres tipos.

Se detuvo un segundo.

—Y cuando me vieron… empezaron a acercarse…

efecto fue inmediato. Todos em skock quedaron en silencio.

Tania miró sus caras, confundida.

—¿Qué pasa?

Al rato, Eli sacó su celular del bolsillo. La luz de la pantalla le iluminó el rostro en medio de la oscuridad de la casa. Sus dedos se movieron rápido mientras escribía en el buscador: leyendas del Albarrán.

Hans, curioso, se acercó y se quedó a su lado, mirando atento la pantalla.

No apareció nada.

Eli frunció levemente el ceño, borró y volvió a escribir: familia Asimov.

Esta vez sí aparecieron resultados.

Entró al primero: Empresas Asimov cierran sus puertas. Alcanzó a ver el logo de productos lácteos, reconocible, antiguo. Presionó “leer más”.

La página no existía.

Retrocedió.

Probó con otro enlace: Familia Asimov cierra lechería.

Sin información.

—Pon “muerte” —dijo Maisa, acercándose.

Eli escribió: muerte de los hermanos Asimov.

Aparecieron sugerencias, resultados incompletos, títulos cortados.

Entró en uno.

Trágico 28 de noviembre de 1941… alcanzó a leerse. La familia Asimov… paseo… los tres menores… ahogados en el antiguo lago del Albarrano…

Presionó “leer más”.

Error.

La página no existía.

Retrocedió otra vez.

El siguiente resultado quedó al centro de la pantalla.

La maldición Asimov.

Los tres lo leyeron en silencio.

Se miraron.

Ricardo se acercó desde atrás.

—¿Por qué no lo dejamos hasta ahí? —dijo, serio—. Hagámosle caso al chofer del camión y no averigüemos más.

Hans no apartó la vista del celular.

—Deberíamos ir a esa tumba… y entrar.

Eli lo miró de inmediato.

—¿Estás loco?

—¿Y eso para qué serviría? —agregó Ricardo.

Hans tragó saliva.

—Puede que haya algo adentro… algo que nos diga qué está pasando.

Ricardo negó, incómodo.

—¿Y si es verdad que son… lo que dicen? Mejor no molestarlos. Dejarlos en paz.

Eli volvió a mirar la pantalla.

—Ábrelo.

Maisa asintió.

—Sí… ábrelo.

Ricardo la miró, serio, pero no dijo nada.

Eli tocó el enlace.

La página cargó lenta.

El fondo apareció negro.

Las letras, blancas.

Una fotografía antigua, en blanco y negro, ocupaba el centro: los hermanos, inmóviles, con miradas que parecían demasiado serias para su edad.

Debajo, el texto.

En noviembre de 1943, tres de los hijos del matrimonio Asimov fueron tragados por el lago del Albarrano.

Eli bajó un poco más.

El lago estaba maldito. Nadie debía entrar en él.

Siguió leyendo.

La culpa fue de la madre.

El silencio se hizo más denso.

Si te acercas… su maldad te alcanzará.

Con los hermanos Asimov… te pasará lo mismo.

Hans frunció el ceño.

—¿Qué es esto…?

Maisa repitió en voz baja, casi sin darse cuenta.

—¿La culpa fue de la mamá…?

No alcanzó a terminar.

La oscuridad cayó de golpe sobre la casa.

Un segundo antes había luz y al siguiente, nada.

El sobresalto fue inmediato. Todos reaccionaron al mismo tiempo, pero Eli fue la única que no lo contuvo: soltó un grito corto y se aferró con fuerza al brazo de Ricardo.

—Ya, tranquila… —dijo Norman, intentando mantener la calma—. Es normal que se corte la luz por acá. Prendan las linternas de los celulares… voy a buscar unas que tengo guardadas.

—No, no… —dijo Eli, sin soltar a Ricardo—. Esto no es normal. ¿Qué está pasando?

Hans no quitó la vista de la oscuridad. —Tenemos que ir a la tumba —dijo—. Averiguar. Norman tiene las llaves, ¿o no?

Maisa giró hacia él, molesta. —No, hueón, córtala… ¿qué te pasa? — Su voz subió, más alterada.

—Si te metís en el lago su maldad te atrapa… ¿y ahora con ellos va a ser lo mismo? ¿Dónde está ese lago? ¿Qué onda?

Se volvió hacia Norman.

—¡Oye! Queda muy lejos el lago?

Norman, que ya se estaba alejando, se detuvo y se devolvió un paso. —No hay ningún lago… o sea, ahora no. Capaz que antes sí hubo uno.

Eli habló desde atrás, más baja. —Tal vez el chofer del camión se refería a eso… dijo que no había que meterse con ellos.

Maisa negó de inmediato.

—Pero si nosotros no nos metimos con ellos… ellos se metieron con nosotros desde que llegamos.

Eli la miró. —Sí… tienes razón.

Ricardo explotó.

—¡Maisa, para la hueá! —dijo, alzando la voz—. De verdad, córtenla con la tontera. ¿A qué vinimos? A pasarlo bien. Ahora nos vamos a relajar, ¿ya? No se habla más del tema.

Nadie respondió.

Pero nadie se relajó.