La Maldición Asimov CAPITULO 4 #3
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CAPITULO 4 #3

—No sé… - contesta Norman - dijo que vio a alguien cerca de la casa, que escuchó ruidos. Ustedes la escucharon. Estaba muy asustada, no le entendí todo, pero por eso me preocupa. Tania no es para nada asustadiza.

Hizo una pausa corta.

—De hecho, es súper raro que haya llamado así. Siempre ha sido independiente, desde chica sabe arreglárselas sola. – agrega Ricardo

Eli intervino, intentando darle sentido. —Pero por lo mismo… con ese papá, siempre tan encima, igual se hizo valiente.

Ricardo la miró serio, sin responder.

Atrás, Hans y Maisa iban en silencio. Él le sostenía la mano, acariciándola con el pulgar, mientras ella apoyaba la cabeza contra la ventana, mirando hacia la oscuridad del camino con la mente en otra parte.

El ambiente dentro de la camioneta era distinto. Más pesado. Más tenso.

Todos seguían atentos al camino.

Hans gia su mirada a Maisa —Andai más rara de lo normal —le dijo en voz baja—. Ni siquiera estái molestando a Eli… ¿qué es lo que te tiene así? –le dice Hans

Maisa giró lentamente la cabeza hacia él. No respondió al tiro. Solo lo miró, seria, y apoyó su otra mano sobre la de Hans, apretándola un poco más fuerte

Norman avanzaba a toda velocidad, concentrado en el camino, con la vista exigida por la oscuridad y la mente puesta en llegar lo antes posible. La ansiedad se le notaba en la forma de manejar. De pronto, una abeja apareció de la nada dentro de la camioneta y se posó sobre su mano derecha, justo donde sostenía el cambio.

Reaccionó de inmediato. Sacudió la mano con brusquedad, intentando quitársela, y por un par de segundos dejó de mirar el camino.

Cuando levantó la vista, ya era tarde y se da cuenta de que al medio de la carretera, frente a él están las tres siluetas, oscuras e Inmóviles.

Norman frenó de golpe. El vehículo chilló sobre la tierra, y los gritos estallaron dentro de la camioneta. Intentó esquivarlas girando el volante, pero perdió el control. La camioneta se desvió violentamente del camino y terminó impactando de frente contra un árbol.

El golpe fue seco y brutal.

El capó comenzó a humear.

Dentro del vehículo se escuchaban quejidos, respiraciones agitadas, movimiento desordenado.

Maisa, aturdida, giró como pudo hacia Hans. Lo tomó del hombro y lo sacudió con fuerza. —Hans… Hans.

Él reaccionó, enderezándose lentamente, aún desorientado. —¿Qué onda…?

—Norman, te dije que íbamos muy rápido —reclamó Eli, con la voz temblorosa.

Ricardo se giró hacia ella de inmediato. —¿Estás bien?

—Sí… sí —respondió, aún nerviosa.

Ricardo miró al resto, pasando la vista por cada uno.

—¿Están todos bien?

—Si, nosotros si ,¿Qué pasó? —preguntó Maisa, todavía aturdida.

Ricardo giró la cabeza y vio a Norman inclinado sobre el volante, completamente inmóvil.

—Norman… primo… oye, primo —insistió, inclinándose hacia adelante.

Eli se enderezó y al fijarse mejor, entendió de inmediato. —Ay, no… está sangrando.

De la frente de Norman caía sangre que se deslizaba por el volante.

Maisa reaccionó al instante. Salió desde la parte de atrás, se inclinó hacia adelante y abrió la puerta del conductor. Norman estaba inconsciente, con la cabeza ladeada y la sangre bajando sin detenerse. —Hay que sacarlo —dijo, firme.

Eli, nerviosa, miró rápido dentro de la camioneta y encontró un polerón entre los asientos. Lo tomó, lo enrolló como pudo y salió apurada. Lo dejó al costado del camino, improvisando una especie de almohada sobre la tierra.

Ricardo y Hans se acomodaron a cada lado de Norman. Con esfuerzo, lo liberaron del volante y lo sacaron de la camioneta, cargando su peso como pudieron hasta recostarlo en el suelo, con la cabeza apoyada sobre el polerón.

Ricardo, desesperado, volvió de inmediato al asiento del conductor. Metió la llave, la giró con fuerza, pero nada, y lo intentó otra vez.

La camioneta no encendía.

—Puta la hueá… ¿qué hacemos ahora? —dijo Hans, mirando a los demás.

Eli reaccionó primero.

—Podríamos llamar a carabineros.

Maisa la miró y asintió, tomando la idea.

—Yo creo que es lo mejor… no sabemos ni dónde estamos, ni hacia dónde ir.

Ricardo y Hans sacaron sus celulares casi al mismo tiempo. Revisaron la pantalla, intentaron marcar, caminaron unos pasos buscando señal.

Nada.

Uno a uno lo intentaron de nuevo.

Nada.

El silencio volvió a caer encima de ellos.

Maisa se acercó a Hans, pero enseguida desvió la atención hacia Norman. Se inclinó, le dio unos golpes suaves en la mejilla y habló más firme.

—Norman… hey, amigo… tienes que reaccionar. La niña nos está esperando.

Por un segundo no pasó nada.

Luego, un leve gesto.

Norman arrugó la frente, como si algo le molestara, y comenzó a abrir los ojos con dificultad. Un quejido bajo escapó de su boca.

Eli soltó el aire que estaba conteniendo y sonrió, juntando las manos cerca del mentón.

—Está reaccionando…

Pero la calma no duró, Norman no miró a ninguno de ellos, su mirada se fue directo hacia la carretera, como si hubiera algo ahí. Algo que los demás todavía no veían.

Maisa siguió esa dirección, entrecerrando los ojos. Al principio no distinguió nada.

Luego, a lo lejos, una luz comenzó a aparecer entre la oscuridad del camino débil y lejana.

Pero avanzando hacia ellos.