CAPITULO 4 #2
—Fueron tragados por una laguna que se encontraba en el centro del pueblo.
Algunos se miraron.
—Sí… oyeron bien. Tragados.
El viento volvió a levantarse, moviendo las ramas sobre sus cabezas.
—Sus cuerpos nunca fueron encontrados. Y en este lugar… —continuó, señalando el mausoleo— solo se sepultaron sus pertenencias. Ropa. Joyas. Cosas que representaban lo que ya no estaba.
El mausoleo se alzaba detrás de él, inmóvil.
Demasiado quieto.
Tania, por su parte, entró al baño. Miró la tina, el lavamanos, revisó rápido, pero todo estaba en orden. Salió con el ceño levemente apretado, inquieta, y caminó hacia la cocina mientras el sonido del agua seguía, más débil, pero constante. A medida que avanzaba encendía las luces del pasillo una a una, como si eso pudiera darle algo de seguridad.
Llegó a la cocina. Nada. Se detuvo un segundo, mirando los ventanales. Afuera, el patio se veía tranquilo, inmóvil, como si nada estuviera ocurriendo. Dudó apenas, luego abrió la puerta, encendió la luz exterior desde dentro y salió con cautela. El aire estaba frío. Miró a su alrededor. Nada fuera de lugar.
En ese momento, algo cayó detrás de ella. Un golpe seco, vidrio rompiéndose. Tania giró de inmediato. Desde uno de los árboles, una enorme colmena se había desprendido y yacía en el suelo, abierta, agrietada. El pasto se movió. Algo avanzaba entre las plantas. Tres figuras, hombres, oscuros, caminando lento hacia ella.
Tania retrocedió, paralizada por un segundo. De la colmena comenzaron a salir abejas, primero pocas, luego muchas. El zumbido creció. Reaccionó de golpe, se dio vuelta y corrió hacia la casa. Entró casi chocando con la puerta, la cerró de golpe y se apoyó contra ella, respirando agitada mientras el sonido quedaba afuera, creciendo.
En el cementerio, Norman continuaba. —Se cuenta que la madre de los niños nunca quiso sellar los ataúdes —dijo—. Tenía la esperanza de que ellos pudieran volver a descansar aquí. Algunos bajaron la mirada hacia la reja. —Si se fijan, la entrada no tiene candado ni seguro. Tal como ella lo deseaba, ellos vienen, entran y salen de este lugar durante la noche.
El viento movió las ramas sobre sus cabezas.
—Muchos en este pueblo aseguran haberlos visto. – Continuaba con su relato Norman- Y dicen que no es el chupacabras el responsable de que aquí ya no se críen animales… son ellos. Deambulan hambrientos, sin saber que ya no están vivos.
Hans miró hacia el interior del mausoleo y al fijarse bien, distingue que tres siluetas están de pie, quietas, que se podían ver frente a la ventana de atrás, apenas visibles, al lado de unas unas flores plásticas bajo el epitafio. Hans tensó el rostro, achicando la mirada para enfocar mejor, pero en ese momento Norman se movió y se interpuso.
—Continuamos —dijo Norman
Hans se inclinó levemente, tratando de mirar por un costado, rodeándolo con la vista, pero ya no había nada.
Maisa lo observaba.—¿Todo bien? – pregunta a Hans
Hans no respondió. Seguía mirando el interior, fijo, como esperando que volvieran a aparecer.
Maisa insistió, más baja.
—Hans… los viste también, ¿verdad? – insiste Maisa
Él reaccionó. E—¿Qué?
—Allá adentro —dijo ella—. Viste lo mismo que yo.
Eli se acercó un poco más.
—No pueden mentirnos —dijo, Eli inquieta—. Nos han estado molestando desde hace rato. Los vimos en la casa.
Maisa giró la mirada hacia Eli y luego volvió a Hans, como buscando confirmar que no era idea de ellas.
Ricardo, sin entender nada, se acercó.—Ya, vamos, no nos quedemos atrás. Se nos viene el carrete. -interviene
Ricardo parecía no haber puesto atención a nada de lo que hablaban, pero en realidad sí los había estado escuchando. Los miró con una media sonrisa, intentando bajarle el peso a la situación.
—No le caguen el show a mi primo —dijo—. Es obvio que tiene gente trabajando con él.
Hans y Eli intercambiaron una mirada breve.
—¿Ven? —agregó Ricardo—. Se asustaron.
Luego clavó la vista en Maisa.
—¿Te asustaste? ¿No se supone que tú eres la experta en estas cosas?
Maisa lo sostuvo la mirada un segundo más de lo normal. No respondió. En su rostro se mezclaban la inseguridad, el nerviosismo y algo de molestia, como si no supiera bien qué hacer con lo que estaba sintiendo.
Al rato, cuando los últimos participantes del tour comenzaban a salir del cementerio hacia la calle, Hans, Ricardo, Eli y Maisa se quedaron cerca de la entrada, esperando. El ambiente ya no era el mismo de antes; algo había cambiado y ninguno terminaba de decirlo en voz alta. Norman salió de una pequeña sala, cerró la puerta con llave y se acercó a ellos mientras se pasaba las manos por la cara, revisándolas después para asegurarse de que ya no le quedara maquillaje.
—¿Y qué tal? —preguntó—. ¿Qué les pareció?
Hans no esperó. —Oye… ¿había más gente trabajando contigo? ¿Por qué no salieron ahora con todos?
Norman lo miró, confundido. —No… soy yo nomás.
Maisa dio un paso adelante. —No, en serio. Había más gente, ¿verdad? Nosotros vimos personas en la tumba de la historia de los hermanos.
Norman negó con una pequeña sonrisa. —Con suerte me pagan a mí. La idea es que uno se lleve todo, porque si no, nadie haría esta pega.
Ricardo intervino de inmediato, casi riéndose. —Ya, se asustaron nomás. Se están pasando películas.
Hans lo miró, incómodo. —¿En serio? ¿Nosotros tres estamos mal y tú estás bien? – contesta Hans
Luego volvió a girarse hacia Norman.
Continua Hans —¿Y la historia… de dónde la sacaste?
Norman frunció levemente la frente.
—¿Qué historia?
Maisa no dudó. —La de los hermanos Asimov. ¿De dónde salió?
Eli se acercó un poco más. —¿Fue real? – pregunta Eli
Norman se encogió de hombros. – y responde —Se supone, es una leyenda antigua. Antes se hablaba harto de eso, pero al final es un guión que me pasan y que yo me tuve que aprender. Igual le meto un poco de mi cosecha.
En ese momento, su celular comenzó a sonar. Miró la pantalla.
—Tania.
Contestó de inmediato y, sin pensarlo mucho, dejó el teléfono en altavoz. —Hola, princesita.
Del otro lado se escuchó la voz de Tania, tensa, quebrada. —¿Aló, papá? ¿Te falta mucho?
Norman cambió el tono al instante. —No, amor, ya terminamos. Vamos saliendo. ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
Hubo un silencio breve.
—No, papá… no estoy bien. – responde Tania - Vénganse rápido, porfa… han estado pasando cosas raras.
El silencio que quedó fue distinto, más pesado. Se miraron entre todos, sin saber bien qué decir.
Y esta vez, nadie se río.
La camioneta avanzaba a toda velocidad por el camino oscuro. El motor sonaba exigido y las luces apenas alcanzaban a iluminar la carretera por tramos.
—Vas muy rápido, Norman —dijo Eli, inquieta.
—¿Está bien Tania? —preguntó Maisa, sin despegar la vista del frente.
Ricardo se pasó una mano por la cara, nervioso.