CAPITULO 4
LA BAJADA AL CEMENTERIO
En el cementerio, mientras el viento que recorría los senderos levantando hojas secas, haciendo mover las copas y crujir las ramas de los árboles, la noche ya había caído por completo.
El frío se colaba entre las lápidas y se metía bajo la ropa. El cielo despejado dejaba ver algunas estrellas y una luna que apenas iluminaba el lugar.
Entre los caminos de tierra se reunían pequeños grupos de personas, unas veinte en total, conversando en voz baja mientras esperaban que comenzara el recorrido. A esa hora, el cementerio no estaba abierto al público; solo funcionaba para el turno nocturno.
Caminando al final del grupo iban Maisa, Hans, Eli y Ricardo, reunidos, pero no del todo integrados al resto. Maisa y Hans se quedaron más atrás, riendo en voz baja, comentando cosas entre ellos, como si el ambiente no terminara de tomárselos en serio. Más adelante, Eli permanecía inquieta, mirando alrededor, tratando de anticipar algo que no terminaba de ocurrir.
De pronto, el murmullo comenzó a apagarse.
Desde uno de los costados apareció una figura cubierta completamente de negro. Subió con calma una pequeña escalinata de piedra y quedó por sobre el grupo. La capucha ocultaba su cabeza y el rostro estaba maquillado de forma simple, imitando una calavera desgastada.
Era Norman, pero no parecía él.
—Buenas noches y bienvenidos —dijo, con una voz más grave de lo normal—. Mi nombre es Marcos… y soy un espíritu abandonado en esta tierra. Habito este lugar hace más de cien años. Conozco muchas de las muertes de quienes están aquí sepultados.
El viento se coló entre las lápidas.
—El recorrido dura aproximadamente cuarenta y cinco minutos. Solo deben seguirme. No se separen del grupo. Guarden silencio para poder escuchar… y no utilicen flash ni grabaciones.
Hizo una pausa breve.
—Ahora comenzamos. Buena suerte. La necesitarán.
Maisa se inclinó apenas hacia Ricardo.
—Le pone talento tu primo…
Eli, que alcanzó a escuchar, giró la cabeza.
—Oye, ¿no escuchaste? Dijo que guardáramos silencio.
Maisa le hizo una mueca apenas Eli volvió a mirar al frente.
El grupo comenzó a avanzar tras Norman, internándose por los senderos del cementerio. El cielo se abría oscuro sobre ellos, apenas iluminado por una luna que se filtraba entre las nubes, mientras las sombras de los árboles se movían con el viento. A medida que avanzaban, Norman iba deteniéndose frente a distintas tumbas, relatando historias que a ratos provocaban risas nerviosas, murmullos y comentarios entre los asistentes.
Maisa, caminando detrás, no dejaba de lanzar gestos a Hans, burlándose en silencio de Eli, que iba más adelante.
—Lo único que espero —dijo Eli en voz baja, sin mirar atrás— es que esto sea solo caminar y escuchar historias… porque si empiezan a aparecer cosas o actores de la nada, a mí en ambulancia me sacan de aquí.
Maisa sonrió. —¿Y eso sería malo? - agrega
Hans no pudo evitar reírse y le dio un codazo suave con la típica suave sonrisa paciente que acostumbraba a tener con Maisa y sus actitudes.
Hans al mirar de reojo hacia sus pies, se dio cuenta de que el cordón de su zapatilla izquierda comenzaba a soltarse. Blanco, impecable, contrastaba con la tierra húmeda del camino y, al ver que empezaba a ensuciarse, se agachó rápido para amarrarlo. Maisa lo miró de reojo.
—¿Qué onda? —dice Maisa
—Dale, dale, te alcanzo al tiro —respondió él, sin levantar la vista.
Maisa no insistió. Se dio vuelta y siguió caminando de brazos cruzados, avanzando detrás del grupo.
Hans terminó de ajustar el cordón con cuidado, tiró con firmeza y se quedó un segundo más abajo, asegurándose de que quedara bien. Cuando se puso de pie, miró ambas zapatillas mientras retomaba el paso.
Apenas avanzó unos metros, sintió pasos detrás de él. No eran lejanos ni suaves; eran rápidos, cercanos, como si alguien estuviera a punto de alcanzarlo. Giró la cabeza de golpe pero no había nadie. Solo el sendero perdiéndose entre las sombras, cada vez más oscuro hacia el fondo.
Frunció el ceño y apuró el paso, casi trotando para alcanzar a Maisa, pero los pasos volvieron, ahora más claros, marcando el ritmo justo detrás suyo. Se detuvo en seco y se giró otra vez. Nada.
Maisa, que ya se había adelantado unos metros, notó que él se había quedado atrás. Retrocedió un poco y lo miró. —¿Qué pasa? -pregunta ella
Hans dudó apenas un segundo. —No… nada. Vamos. -responde
No sonó normal. Maisa lo percibió al instante y se quedó mirándolo un momento más de lo necesario, luego giró lentamente la cabeza hacia atrás, recorriendo con la vista el camino, los árboles y la oscuridad que se acumulaba entre las tumbas. No vio a nadie, pero la sensación estaba ahí, pesada, incómoda, como si algo acabara de moverse y ya no estuviera. No dijo nada. Volvió a girarse y siguió caminando, aunque ya no igual que antes.
Después de recorrer varias tumbas y escuchar historias que iban desde lo trágico a lo macabro, el grupo comenzó a internarse por un sector más antiguo del cementerio.
Las lápidas se veían más desgastadas, torcidas por el tiempo, cubiertas de musgo y raíces que parecían emerger desde la tierra como si quisieran volver a tomar lo que les pertenecía.
Norman se detuvo frente a un mausoleo parcialmente cubierto por enredaderas oscuras que trepaban por la piedra agrietada. Terminó su relato con una pausa más larga de lo habitual y luego, sin mirar a nadie en particular, habló con un tono más grave.
—Ahora… tienen que acompañarme. Vamos a lo peor de todo. -dice Norman
Maisa, sin perder la costumbre, se inclinó hacia Hans. —Esto te apuesto que es puro invento… estamos viendo cómo le pone color —murmuró.
Eli se giró apenas y se puso el dedo índice frente a la boca, pidiéndole silencio.
No alcanzó a decir nada más, Porque entonces lo vieron.
Al final del sendero, emergiendo entre árboles secos y lápidas torcidas, se alzaba el mausoleo más imponente de todo el cementerio.
Era enorme, antiguo y profundamente inquietante.
La estructura estaba hecha de piedra envejecida, manchada por el tiempo y la humedad, como si llevara décadas absorbiendo todo lo que ocurría a su alrededor. En el centro, una gran puerta de hierro forjado se alzaba cerrada, con barrotes gruesos y terminaciones afiladas que apuntaban hacia arriba, como si quisieran impedir tanto la entrada como la salida. En medio de la reja, una cruz metálica se imponía rígida, oxidada, como clavada a la fuerza.
Sobre la entrada, grabado en piedra, el nombre se leía claro, imposible de ignorar.
FAMILIA ASIMOV.
Más arriba, la construcción se elevaba en una cúpula amplia, cubierta de manchas oscuras y musgo, coronada por una cruz de piedra que se recortaba contra el cielo nocturno. A cada lado, dos figuras de aspecto humano se mantenían inmóviles sobre la estructura, como guardianes. Sus rostros, ocultos bajo capuchas talladas en piedra, parecían inclinados hacia el frente, vigilando en silencio.
El viento sopló más fuerte en ese momento. Las hojas se arrastraron por el suelo y el mausoleo no se movió, pero daba la sensación de que estaba ahí…esperando.
El grupo se quedó en silencio.
A Maisa le llamó la atención lo que Norman comenzaba a decir frente al mausoleo. Sin pensarlo mucho, tomó a Hans del brazo y, con la otra mano a Eli, haciéndolos avanzar entre medio del grupo para acercarse más al frente.
Eli, al darse cuenta, giró la cabeza y levantó la mano hacia Ricardo, haciéndole señas para que no se quedara atrás.
Ricardo los siguió, pero le incomodaba meterse entre la gente, así que rodeó al grupo por un costado y avanzó poco a poco hasta acercarse a ellos.
Cuando ya estaban al frente, Maisa se quedó mirando el ataúd, pero su expresión cambió.
Algo en ella se tensó.
Sin darse cuenta, apretó con más fuerza los brazos de Hans y de Eli.
Eli reaccionó de inmediato y se soltó bruscamente.
—Ay, ¿qué te pasa? -le dice Eli
Maisa la miró seria. —Perdón -responde
Hans la observó con atención, extrañado ya que por amistad de años, conoce a su a,iga y sabe que pedir perdón, no es algo común que salga de ella —¿Está todo bien? -pregunta Hans
Maisa no respondió al tiro. Su mirada estaba perdida, fija en el ataúd, como si algo la estuviera empujando hacia adentro.
—No sé… —murmuró Maisa—. Como que me dieron ganas de irme.
Hans soltó una risa corta, incrédulo. —¿Me estái webeando? ¿Pero qué pasó?
Maisa negó levemente, sin mirarlo. —No sé… no me pesquí. Sigamos nomás.
Norman se detuvo en la última escalinata, justo frente a la reja principal del mausoleo Asimov. Desde ahí quedaba por sobre todos. Levantó la voz.
—Atención, por favor. – dice norman levantando algo la vpz, para conseguir la atención de todos los participantes
El murmullo se apagó casi de inmediato. Las conversaciones se cortaron y todas las miradas se dirigieron hacia él.
—Han llegado a la sepultura más importante… y más tenebrosa de este lugar. -continua Norman
El viento se coló entre las estructuras de hierro.
—Este sitio carga con una de las historias más inquietantes que ha marcado a este pueblo para siempre. Una familia que, con el tiempo, terminó convirtiéndose en una leyenda.
Nadie habló.
En la casa, Tania estaba sentada frente al televisor. La luz azul iluminaba el living mientras reía viendo un antiguo show de Natalia Valdebenito. Todo parecía normal.
Hasta que empieza a escuchar Un sonido irregular, como agua cayendo tal vez
No era el televisor pero si era dentro de la casa.
Tania dejó de reír. Arrugó levemente la mirada, confundida, y bajó el volumen con el control que tenía a su lado, y el sonido se hizo más claro.
Eram gotas golpeando el piso, que ahora las escuchaba como si vinieran del interior, cerca de su habitación
Se quedó inmóvil, escuchando.
En el cementerio, Norman continuó.
—La familia Asimov fue una de las más poderosas en la década del treinta. Eran dueños de una lechería que dominaba gran parte de la economía del pueblo. Tenían cuatro hijos.
Hizo una breve pausa.
—Hace más de ochenta años, tres de ellos desaparecieron.
El grupo permanecía en silencio.