La Maldición Asimov CAPITULO 3 #3
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CAPITULO 3 #3

Entre las ramas, a lo lejos aproximadamente a unos ochenta metros más allá, se veían tres siluetas. Hombres. Oscuros. Quietos. Observando.

Maisa dejó de moverse. El aire pareció quedarse detenido entre los árboles.

Hans, se acercó y se mete por entremedio de ambas y pregunta… —¿Qué paso? —preguntó agregando – mentira que ahora son amiguitas

Ninguna respondió.

Serias miraron corto a Hans como para hacerlo mirar a él también, pero en cosa de segundos, las siluetas ya no estaban ahí, no había nada, solo árboles, sombra y el viento moviendo las hojas.

Eli tragó saliva. —¿Qué fue eso…? —murmuró, todavía mirando.

Maisa no apartó la vista de donde estaban las figuras. Luego giró lentamente hacia ella.

—Tú los viste también… ¿verdad? Maisa, los viste? – insiste Eli

En ese momento, Ricardo y Norman se acercaron a la entrada de la casa también. —Ya, vamos, vamos, chicas —dijo Norman, sin notar nada extraño.

El grupo comenzó a entrar, pero ellas no. No del todo. Algo ya no calzaba.

Afuera, el campo estaba en silencio. No un silencio absoluto, sino ese que se llena con pequeños sonidos: el viento pasando entre los árboles, el roce de las hojas secas arrastrándose por la tierra, algún crujido aislado que se perdía en la oscuridad. El cielo estaba despejado y las estrellas se marcaban con nitidez. A lo lejos, la luna comenzaba a asomarse, apenas un borde pálido levantándose sobre el horizonte.

Adentro, en cambio, la casa se sentía viva.

Norman y Tania recibieron a sus invitados con una amabilidad tranquila, casi familiar. La mesa ya estaba preparada cuando todos se sentaron a tomar once. Había pan, té caliente y conversaciones cruzadas que no terminaban de unirse. No hablaban como un solo grupo; se formaban pequeños núcleos separados, como si la confianza aún no alcanzara para mezclarlos del todo.

Eli estaba sentada con los codos apoyados sobre la mesa, la barbilla descansando en sus manos. Miraba fijamente hacia el centro, como si estuviera concentrada en algo mínimo, casi contando los granos de azúcar dentro de un azucarero de madera.

A un lado, Hans intentaba conversar con Maisa. Tenía ganas de hablar, de romper el silencio, pero a ella le costaba enganchar. Respondía poco, sin mucha energía, como si estuviera en otra parte.

En un momento, Maisa levantó la mirada. Eli también. Se encontraron, y las dos, casi al mismo tiempo, desviaron los ojos. Quedaron serias. Incómodas. Sin decir nada.

Las dos sabían que habían visto lo mismo afuera. Y ninguna tenía claro cómo decirlo sin que sonara absurdo.

El silencio se estiró un poco más de lo normal, hasta que Eli habló.

—Jordan… disculpa… —dijo, sin levantar mucho la voz—. ¿Por aquí cerca hay más gente? No vi ninguna casa.

Ricardo la miró al tiro —Se llama Norman. - dice

Norman, desde el otro lado de la mesa, negó suavemente —No… por acá no—le contesto

Maisa intervino, retomando la idea de Eli. —Es que adelante estaban unos tipos afuera… a lo mejor eran trabajadores.

Norman frunció el ceño, ahora sí extrañado.

—¿Personas? No… si estamos súper lejos de la carretera, que raro.

Eli y Maisa se miraron de nuevo. Un segundo. Y luego bajaron la mirada, como si decidieran dejarlo ahí.

Hans notó el ambiente y trató de mover la conversación.

—Oye —le dijo a Tania, con una sonrisa—, ¿y a ti no te da miedo el tour?

Tania negó con naturalidad.

—No… si yo no puedo ir. Tengo que ser mayor de edad. Me quedo acá sola. - Se encogió de hombros. —Ya estoy acostumbrada.

Maisa la miró, ahora sí interesada. —¿Y no te da miedo?

Tania negó otra vez. —No… si mi papi tiene que ir siempre para allá de noche

Ricardo observó a todos con calma, recorriendo la mesa con la mirada. De pronto juntó las manos y dio un golpe seco con las palmas, llamando la atención del grupo. Varias cabezas se giraron hacia él.

—Ya po, ¿qué onda? —dijo, con una sonrisa—. Parece que estuviéramos en un funeral.

Algunos soltaron una risa corta, más por compromiso que por gracia.

Ricardo se inclinó un poco hacia Norman. —Primo, aclárame dos cosas… ¿vos no estái de vacaciones?

Norman asintió, sin perder la tranquilidad. —Sí, estoy de vacaciones… pero yo soy guardia. Esta peguita la hago como extra, de vez en cuando. El cuidador de antes dejó de ir… y nunca más apareció. Tienen que encontrar a alguien estable que lo reemplace.

Maisa reaccionó de inmediato e interviene —¿Y qué le pasó?

Norman se encogió levemente de hombros. —No tengo idea. De un momento a otro dejó de ir… y no se supo más de él. Pero pagan buenas lucas, así que aprovecho yo. Con la Tania queremos armar algo acá atrás.

Ricardo asintió, medio entusiasmado. —Entonces, como somos invitados de lujo y tú el anfitrión… ¿podemos llevar mochilas con combustible y cosillas para la mente?

Maisa abrió los ojos de inmediato. —¡Sí! Olvidando en un segundo su reciente preocupación

Norman negó con una sonrisa contenida. —Prefiero que no. Dejemos el carrete para cuando volvamos del tour. Ahí hagan lo que quieran… pero no quiero arriesgar la pega.

Hizo una pausa corta y miró a Tania de reojo. Con un tono más suave, agregó: —Tú no escuches – le dice con voz de simpatía a su hija Tania quien sonríe