La Maldición Asimov CAPITULO 3 #2
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CAPITULO 3 #2

Eli le arrebató el billete sin mirarla y salió corriendo hacia el baño, casi tropezando con sus propios pies.

El resto se quedó junto al puesto, en un silencio incómodo.

Hans se acercó a Maisa y, sin decir nada, le pasó el brazo por la espalda, apoyándolo sobre su hombro con esa naturalidad que siempre tenía con ella. Maisa no respondió. Su mirada se había ido lejos.

A un costado del camino, casi oculto entre las ramas bajas de un árbol, había un letrero viejo, torcido, clavado de cualquier forma.

“Aleje de aquí a sus animales. En este sector ataca el chupacabras.”

Maisa lo leyó en silencio. Frunció apenas el ceño. No dijo nada. Solo desvió la mirada, como si no valiera la pena pensarlo demasiado.

Pero el gesto quedó.

Por la carretera apareció una van blanca, levantando una ligera nube de polvo que se quedaba flotando en el aire caliente. Al volante iba Norman, el primo de Ricardo, el que había organizado la invitación para ese fin de semana y se encargaba de los tours nocturnos en el cementerio del Albarrán. A su lado, en el asiento del copiloto, viajaba su hija Tania, de doce años.

La van se detuvo junto al puesto de sandías.

En ese momento Eli salía del baño. Caminaba erguida, con el paso ligero y una sonrisa leve en los labios, como si hace unos minutos no hubiera estado al borde del colapso. Se acomodó el pelo con la mano y se acercó al grupo con una seguridad extraña, casi como si estuviera en una pasarela.

Norman bajó del vehículo y saludó a Ricardo con un abrazo breve. Luego, uno a uno, comenzaron a presentarse. Hans tomó la iniciativa y fue nombrando a cada uno, tratando de ordenar el momento.

Cuando Eli se acercó, miró a Norman y a Tania con una sonrisa amplia y despreocupada.

—Ay… ustedes son matrimonio, ¿verdad? —dijo con total naturalidad—. Hacen una muy bonita pareja.

El silencio cayó sobre el grupo como un balde de agua fría.

Se miraron entre ellos, incómodos.

Norman frunció ligeramente el ceño antes de responder, con voz calmada pero firme:

—Ella es mi hija… tiene doce.

Eli no reaccionó. No se disculpó. No corrigió nada.

Simplemente desvió la mirada, como si no hubiera pasado nada, y siguió caminando hacia la van con la misma tranquilidad.

Los demás se quedaron ahí, quietos, intercambiando miradas sin saber muy bien qué acababan de presenciar.

Maisa se inclinó hacia Hans y le habló en voz baja, sin mirarlo.

—Necesito hierba ahora… o te juro que me la piteo.

Eli la alcanzó a escuchar y sonrió apenas, como si ya estuviera acostumbrado a sus arranques.

—Linda, ando con una cajita de hierbas surtidas en la mochila —le respondió tranquilo—. Si querís te doy alguna… tengo boldo, menta, jengibre, limón… mi favorita es la manzanilla miel

Maisa giró la cabeza despacio y la miró con una expresión cargada de furia contenida. No dijo nada. Solo volvió a mirar al frente.

Un rato después, la van avanzaba por la carretera con todos a bordo, internándose cada vez más en el sector hasta que finalmente se desvió hacia el terreno de Norman. La casa apareció entre los árboles, aislada, con espacio de sobra alrededor y sin otras construcciones cercanas. El vehículo se detuvo.

Las puertas se abrieron y todos comenzaron a bajar con ánimo, estirando las piernas después del viaje y comentando el lugar.

Todos menos Maisa.

Eli, mirando alrededor, levantó un poco la voz para romper el silencio.

—Qué hermoso lugar… me encanta, te lo juro.

Maisa la miró de inmediato, seria, sin compartir en lo más mínimo su entusiasmo.

—No lo creo —respondió—. Pensé que nada te gustaba.

Eli soltó una pequeña risa y se encogió de hombros.

—Y yo cuando te vi, pensé que ya estábamos en octubre

Maisa no respondió, no supo cómo responder, y con una mirada de indignación al sentir que le salió el tiro por la culata

Hans tensa la boca para disimular sus ganas de reír, y se acerca a Maisa con la mochila de esta, pero antes de que pudiera entregársela, Maisa estiró la mano, se la quitó y se la colgó ella misma sin mirarlo.

Entonces se da cuenta de que, a un costado del terreno, clavado en un árbol cercano a la casa, había un letrero viejo, torcido.

Diferente al anterior, pero con el mismo contenido…

“Aleje de aquí a sus animales. En este sector ataca el chupacabras.”

Maisa no apartaba la vista del letrero clavado en el árbol. La madera estaba gastada, con las letras medio comidas por el tiempo, inclinada hacia un lado como si llevara años ahí sin que nadie se atreviera a tocarla. Se acercó un poco más, entrecerrando los ojos, y recién entonces habló, sin dejar de mirarlo.

—¿Y eso? Pregunta Maisa

Norman siguió su mirada con calma, como si ya supiera exactamente a qué se refería. Metió las manos en los bolsillos y se quedó un segundo en silencio antes de responder.

—Es antiguo… contesta Norman

El viento movió apenas las hojas del árbol, haciendo crujir el letrero.

—Cuando yo llegué a vivir acá tenía como ocho años… y ya estaban por todos lados.

No lo dijo con misterio. Lo dijo como quien recuerda algo que siempre estuvo ahí.

Maisa no se movió. Siguió mirando el cartel, esperando.

Norman dejó salir un leve suspiro, como si supiera que la pregunta no iba a quedar ahí y agrega —En ese tiempo esto era puro campo… criaderos de animales —continuó—. Y empezaron a pasar cosas raras.

Su voz bajó un poco, más lenta.

—Los animales amanecían muertos. Primero uno… después dos… después tres… Y de repente ya eran varios. Rebaños completos. Granjas enteras.

El viento volvió a pasar, esta vez más fuerte, levantando un poco de tierra seca.

—Los dueños empezaron a quebrar —siguió Norman—. Se fueron yendo de a poco. Al final, nadie pudo seguir viviendo de eso. -Se encogió apenas de hombros. —Ni perros tienen ahora los pocos vecinos que quedan.

Hubo un pequeño silencio.

—Así de mal era la cosa. – continuó Norman

Maisa frunció el ceño y apartó la vista del letrero para mirarlo directamente. —¿Pero ¿qué era? -pregunta

Norman soltó una pequeña risa, corta, casi automática.

Maisa no sonrió. —No —dijo, seria—. Lo que se llevaba a los animales.

Norman sostuvo la mirada un segundo más, esa media sonrisa todavía en la cara. —No se los llevaba… —respondió—. Les mordía el cuello… y les chupaba la sangre.

Maisa no reaccionó de inmediato. Solo lo miró.

—¿La dura? – pregunta extrañada

Norman asintió levemente. — y responde - Eso es lo que siempre se decía… sobre todo cuando yo era chico.

El silencio que quedó entre los dos ya no era liviano.

Maisa volvió a hablar, más bajo. —¿Y qué era entonces?

Norman se encogió de hombros, mirando de reojo el letrero.

—No sé…

Una pausa.

—El chupacabras supongo – agrega Norman

Maisa sostuvo la mirada un instante más… y luego cambió el tono por completo.

—Ahora sí que muero de ganas de pasar la noche acá… y quedarme hasta el domingo —dijo Eli, con una sonrisa que no terminaba de ser sincera—. ¿Por qué no me dijiste esto antes, Richie? – dirigiéndose a Ricardo. Lo miró directo, esperando una respuesta.

Ricardo alzó las manos, medio confundido. —Pero si yo no tengo idea que están hablando – contesta el

Tania, que había estado escuchando en silencio, se acercó a Eli y le apoyó suavemente la mano en el codo.

—Son historias, tía… —le dice Tania a Eli con naturalidad—. No tienes de qué preocuparte.

Eli se quedó inmóvil un segundo. Giró la cabeza hacia ella.

—¿Tía?

Maisa, que caminaba detrás de Eli, sonríe con gusto al ver la exagerada reacción de esta, como si estuviera disfrutando cada segundo de su incomodidad.

Todos estaban a punto de entrar por la puerta principal de la casa de Norman y Tania. Caminaban casi en fila, uno detrás de otro, levantando un poco de tierra con cada paso. Solo Maisa y Hans iban juntos, ligeramente apartados del resto.

Más adelante, Norman rodeó a Ricardo por el hombro con confianza.

—Te echaba de menos, primo. – dice Norman

Ricardo sonrió y le devolvió el gesto, riéndose mientras seguían avanzando y conversando.

Tania se adelantó corriendo y llegó primero a la puerta. La abrió sin detenerse y entró a la casa.

Eli fue la siguiente.

Al cruzar el umbral, giró levemente la cabeza hacia la izquierda… y se detuvo en seco. Tan de golpe que Maisa, que venía justo detrás, no alcanzó a reaccionar y chocó contra su espalda.

—Oye, ¿qué onda? - Dice Maisa

Pero Eli no respondió. Se quedó inmóvil, mirando hacia el campo.

Maisa arrugando la frente, molesta al principio, hasta que algo en la forma en que Eli estaba parada la hizo girar la cabeza y seguir su mirada.