La Maldición Asimov CAPITULO 3
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CAPITULO 3

BIENVENIDOS AL ALBARRAN

ACTUALIDAD

Una pequeña micro blanca, con franjas azules descoloridas a los costados, avanzaba dando tumbos por un camino de tierra rodeado de campo abierto. En la parte superior del parabrisas, un letrero viejo y medio borrado anunciaba el destino: El Albarrán.

El vehículo saltaba con cada bache, sacudiendo a sus pocos pasajeros. En los últimos asientos, cuatro jóvenes viajaban entre risas y conversaciones sueltas.

Al fondo, junto a la ventana trasera, iba Ricardo, con la cabeza apoyada contra el vidrio sucio.

Ricardo, de veintiséis años, es alto y delgado, de piel morena y cabello castaño oscuro despeinado bajo un gorro que siempre lleva con la visera hacia atrás. Tiene la barba a medio afeitar, una camiseta deportiva de la selección chilena y zapatillas. Sus ojos marrones tienen una expresión relajada, casi somnolienta, como si todo le diera un poco lo mismo. Es el novio de Eli.

A su lado estaba Eli, su polola de turno, que de vez en cuando soltaba una carcajada demasiado fuerte. Justo delante de ellos, sentada junto a la ventana, iba Maisa, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el paisaje. A su lado, su mejor amigo, Hans.

La micro seguía avanzando, levantando una leve nube de polvo que se quedaba flotando en el aire caliente del mediodía

Después de varias horas de viaje, el ambiente dentro de la micro empezó a cargarse. Desde los últimos asientos, las arcadas exageradas de Eli rompían el ruido constante del motor. Eran fuertes, húmedas, imposibles de ignorar. Algunos pasajeros volteaban apenas un segundo, con miradas rápidas e incómodas, antes de volver la vista al frente.

Maisa ya estaba harta.

Sentada justo delante de ellos, apoyó la cabeza contra la ventana y cerró los ojos con fastidio, como si quisiera bloquear todo ese espectáculo que apenas toleraba desde hacía unas horas.

Maisa es una chica de piel muy clara, con ojos celestes intensos que resaltan de inmediato, enmarcados por un delineado negro grueso arriba y abajo que le endurece la mirada. Su pelo es largo, liso, un negro profundo que cae o más abajo de los hombros, con las puntas teñidas de un turquesa apagado que aparece solo cuando la luz lo golpea.

Viste casi siempre de negro: chaqueta de cuero ajustada, mini falda o shorts oscuros, pantis caladas y botas también de cuero. Tiene las uñas pintadas de negro, largas, cuidadas, casi como una extensión de su actitud.

Su presencia mezcla algo fino con algo agresivo; no es solo “oscura”, es controladora, como si supiera exactamente cómo imponerse sin levantar la voz.

—Ya, po, amiga… —murmuró Hans desde su lado, mirándola con preocupación—. ¿Qué onda? Relájate un poco.

Maisa giró la cabeza y se voltea hacia Eli, claramente irritada.

—¿En serio?

Detrás, Ricardo intervino sin levantar mucho la voz, mientras le sobaba la espalda a Eli.

—Ya, déjala tranquila.

Eli seguía inclinada hacia adelante, haciendo ruidos húmedos y exagerados, como si en cualquier momento fuera a vomitar… pero sin que nunca llegara a pasar.

Elizabeth es una mujer de 31 años, de estatura baja. Tiene el cabello rubio teñido hasta los hombros y usa aros grandes. Viste poleras cortas y shorts o jeans rasgados, junto a botines de tacón. Su rostro muestra leves líneas de expresión que intenta disimular con exceso de maquillaje. Su figura no siempre encaja con el tipo de ropa que usa, pero ella se mueve con seguridad, como si no lo notara o no le importara.

Hans suspiró, intentando bajar la tensión.

Hans es un joven de 22 años, atractivo, de piel clara y cabello corto castaño claro, siempre perfectamente peinado hacia atrás. Sus ojos, entre verde y café, cambian con la luz, dándole una mirada difícil de leer. Viste ropa de marca ajustada, cuidada al detalle, como si incluso en un viaje incómodo mantuviera una imagen impecable. Es caballeroso, tranquilo, y tiene una forma de hablar medida, como si pensara más de lo que dice. Estudia para ser profesor de inglés, y suele observar todo con una atención silenciosa, casi analítica.

—Ya, pero si esto era la idea —insistió con ese tono más liviano que siempre usaba—. Escaparnos de Santiago, desconectarnos un rato, pasarlo bien… ¿sí o no?

Maisa no respondió. Solo soltó una risa corta, seca, sin ninguna gracia.

Hans insistió, todavía tratando de engancharla.

—Además, vamos a ir a esa cuestión que te encanta… el tour nocturno en el cementerio. Deberíai estar feliz.

Maisa lo miró de reojo, con una sonrisa torcida.

—Sí, claro – le contesta

Hans se encogió de hombros, medio resignado, pero sin rendirse del todo. —Si yo vine por ti, po… si sabís que a mí no me gustan estas hueás.

Eli soltó otra arcada, más fuerte y húmeda que las anteriores. El sonido llenó la micro y varios pasajeros volvieron a mirar, visiblemente incómodos, aunque nadie se atrevía a decir nada.

Maisa ya no aguantaba más.

Se inclinó levemente hacia Hans y le susurró entre dientes, con la voz cargada de rabia contenida:

— Pero ¿por qué no vomita de una vez? Está puro haciendo show…

Luego volvió a apoyarse contra el asiento, empujando su propia cabeza hacia abajo con ambas manos. Sus largas uñas negras se clavaron en el cuero cabelludo mientras intentaba contener la rabia que le subía por el pecho.

Al rato, la micro empezó a desacelerar con un quejido mecánico y se detuvo por completo en un camino de tierra, justo al lado de un improvisado puesto de sandías.

Los cuatro jóvenes se quedaron junto al puesto de sandías, a un costado del camino polvoriento. Maisa y Hans se apartaron un poco, mientras Ricardo avanzaba con Eli, alejándola lo suficiente para que pudiera vomitar tranquila. Ella caminaba encorvada, lenta, como si en cualquier momento fuera a desvanecerse.

Estaban esperando a Norman, el primo de Ricardo, el que se encargaba de los tours nocturnos en el cementerio del Albarrán. Él pasaría a buscarlos junto a su hija Tania para llevarlos hasta su casa donde pasarían el fin de semana.

Ricardo había llevado a su polola Eli y, de paso, invitó a Maisa, sabiendo que a ella le gustaban ese tipo de cosas: los tours, el misterio, lo oscuro. Aunque, en realidad, apenas se conocían. Maisa, por su parte, no dudó en llevar a su mejor amigo Hans. Entre todos, la relación era reciente, todavía superficial. No había confianza real.

Siguieron esperando.

Maisa, inquieta, volvió la mirada hacia Hans y le habló bajando un poco la voz, con esa curiosidad que nunca soltaba fácil:

—Oye, ya po, amigo… cuéntame —le dijo, casi en un susurro—. ¿Cómo encontrai a mi amigo? ¿Es bonito, cierto?

—¿De qué estái hablando? —respondió Hans, frunciendo el ceño—. No hay nada que contar.

Maisa lo miró con una media sonrisa, acercándose apenas, como si fuera a contarle un secreto.

—Amigo… —le dijo en voz baja, casi divertida—. Si a ti te gusta, yo puedo hacer que se conozcan. Después salen, y así deja a esa perra odiosa.

Hans soltó una risa corta y negó con la cabeza.—Estái completamente loca - responde

Maisa sostuvo la mirada un segundo más, segura de sí misma.—Sabís que podís confiar en mí, ¿cierto?

Hans suspiró, resignado, y terminó abrazándola por los hombros. Maisa se apoyó en él sin dejar de mirar hacia adelante.

A unos metros, Ricardo y Eli seguían en lo suyo. Desde donde estaban, se veían como si discutieran en voz baja. Eli se movía inquieta, dando pequeños pasos casi saltando, llevándose las manos al estómago.

—Richie, ¿por qué no llega tu primo? —reclamó Eli, apretando la voz—. Se supone que debería estar acá.

—Pero si estamos en la hora… —respondió Ricardo, tratando de mantener la calma—. Ya debe estar por llegar.

Eli no esperó más. Se dio la vuelta y caminó rápido hacia Maisa y Hans, cada vez más desesperada.

—Oye, por favor… —dijo, señalando el puesto de sandías—. Ahí dice baños. ¿Podís ir a preguntar? Estoy desesperada… de verdad.

Maisa la miró en silencio un segundo. Luego giró apenas hacia Hans, esbozó una sonrisa ladina y volvió a clavar los ojos en Eli, ahora con un evidente gesto de fastidio.

—Por favor… —insistió Eli, casi doblándose—. Por favor, de verdad… es urgente… me voy a hacer pipí en la ropa… por favor…

Maisa, de brazos cruzados, levantó la vista al cielo, luego al suelo, y soltó un suspiro largo, cargado de paciencia agotada. Sin decir nada más, dirigió la mirada al puesto de sandías y avanzó con ese estilo suyo, entre sutil y agresivo a la vez

El vendedor, un hombre mayor, estaba sentado detrás del mesón, leyendo un periódico sin apuro.

—Amigo, tenemos una emergencia —dijo Maisa, seca—. Si la señorita rubia que está allá no consigue un baño ahora, me voy a dar un tiro en la sien.

El hombre no levantó la vista. Siguió leyendo.

Maisa se quedó ahí un par de segundos esperando, y nada.

—Oiga… en serio —insistió, bajando un poco la voz, pero más firme—. ¿Nos puede prestar el baño? Es urgente.

El vendedor dobló apenas una esquina del diario, sin mirarla del todo.

—El baño no se presta, mi hijita… —dijo con calma—. Si lo quiere ocupar, son cuatro lukitas.

Maisa abrió los ojos, sorprendida, y entreabrió la boca.

—¿Me está hueviando?

Ahora sí, el hombre bajó el diario y la miró de pies a cabeza, deteniéndose un segundo más de la cuenta en su ropa negra.

—No, mi Morticia linda… —respondió, con una media sonrisa—. Con todo respeto. Si no le gusta el precio, puede cruzar al frente y hacer pichí en la zanja.

Indicó el borde de la carretera con un leve movimiento de cabeza.

Maisa sostuvo la mirada un instante más, sin responder. Luego sonrió, pero sin humor, y se dio la vuelta.

Regresó donde estaban los demás.

—El guatón culiado cobra cuatro lucas por el baño —dijo, seca.

Eli no dejó de moverse. Seguía trotando en el lugar, desesperada, como si cada segundo contara.

Ricardo logró convencerlos después de un rato. Entre todos juntaron el dinero a regañadientes, cada uno poniendo mil pesos. Maisa fue la última en ceder. Al principio se negó, cruzada de brazos y con la mandíbula apretada, pero terminó estirando la mano por sobre la cabeza de Eli con los mil pesos y cara de fastidio.