CAPITULO 2 #3
Algo no estaba bien.
Jano se quedó completamente desorientado, respirando en jadeos cortos y desesperados. La oscuridad era absoluta, asfixiante, como si las paredes del mausoleo se hubieran cerrado sobre él. Estiró los brazos a ciegas, buscando cualquier cosa sólida, pero sus manos solo cortaban el aire frío y húmedo.
La única referencia era la débil luz de la linterna, que había quedado tirada lejos, proyectando un círculo amarillento y tembloroso contra una pared lejana. Permaneció inmóvil unos segundos, el corazón golpeándole las costillas, hasta que comenzó a moverse. Se agachó y avanzó casi gateando, torpe, desesperado, guiándose por esa luz lejana como un insecto atraído por la muerte.
Llegó hasta el ataúd abierto y se apoyó con ambas manos en los bordes fríos, con cuidado enfermizo, como si temiera que algo dentro pudiera despertar y morderlo. Dudó un instante. Luego, lentamente, metió la mano derecha en el interior.
Sus dedos avanzaron en la nada… hasta que tocaron el fondo. No había nada. Solo vacío.
La palma de su mano comenzó a mojarse. Al mismo tiempo, un sonido líquido, bajo y viscoso, emergió desde el fondo del ataúd. El agua empezó a subir desde abajo: primero lenta, casi tímida… luego cada vez más rápida, más hambrienta. Una sustancia oscura, espesa, fangosa, rebalsaba por los bordes con un gorgoteo repugnante.
Jano retiró la mano de golpe, pero ya era tarde. El agua negra se derramaba por el suelo, extendiéndose como una mancha viva.
La linterna, tirada en el piso, giró por sí sola con un clic metálico hasta apuntar directamente hacia él, como si una mano invisible la hubiera movido. La luz reveló el horror: el agua fangosa seguía subiendo, lamiendo sus zapatillas.
Jano se quedó inmóvil, atrapado entre el terror y la desesperación.
Desde algún punto indefinido, empezó a percibir un sonido bajo, difícil de ubicar, un ruido extraño que se acercaba lentamente. No supo al principio si era real, si venía del lugar… o si era su cabeza jugándole en contra. Parpadeó, tratando de enfocarse, pero el sonido no desapareció. Al contrario, empezó a crecer, poco a poco, insistente.
Se volvió más claro, más cercano, hasta que ya no hubo duda posible: eran alas miles de ellas. El zumbido se le vino encima de golpe, como una ola invisible que llenaba el lugar
Y entonces lo sintió.
Picaduras, primero una, luego otra y otra más.
Pequeñas agujas ardientes clavándose en su cuello, en sus brazos, en su cara. Jano manoteó el aire con desesperación, girando sobre sí mismo, pero no había nada que golpear. Solo el vacío. Solo la oscuridad. Las abejas no estaban ahí… y al mismo tiempo sí lo estaban. Las sentía hundirse en su piel, rápidas y rabiosas, como si quisieran entrar dentro de él.
El agua fangosa seguía subiendo, espesa, fría, pesada. Ya le llegaba a la cintura, abrazándole las piernas como manos viscosas que lo arrastraban hacia abajo. Cada movimiento lo hundía un poco más. El zumbido se volvió ensordecedor, metiéndose en sus oídos, en su cabeza, vibrando dentro de su pecho.
Jano gritó.
Pero su grito se perdió entre el zumbido, ahogado, inútil, como si el mausoleo se lo hubiera tragado antes de que pudiera salir.
Jano ya no podía controlarse. Lloraba y se quejaba con sollozos rotos, mientras el cuerpo le ardía por las picaduras invisibles y el miedo le apretaba el pecho como una garra helada.
Con el agua fangosa subiéndole hasta la cintura, logró llegar a la baranda de la escalera y se aferró a ella con desesperación, con los dedos blancos de tanto apretar. Subió los peldaños a tirones, resbalando, cayendo de rodillas y volviendo a levantarse, sintiendo cómo el barro le tiraba de las piernas como si tuviera manos vivas.
El agua subía con él, pegajosa y hambrienta, lamiéndole los muslos sin soltarlo nunca. De pronto algo lo jaló hacia abajo con fuerza brutal.
Jano perdió el equilibrio y cayó varios peldaños, golpeándose la cara contra el borde de la escalera. El dolor explotó en su nariz y boca, pero no lo detuvo. Sacó fuerzas de donde ya no quedaban y siguió subiendo, casi arrastrándose, jadeando como un animal herido, hasta que logró salir a la sala principal del mausoleo.
Apenas puso un pie en el suelo firme y corrió desesperado y ciego, sin mirar atrás, chocando contra las paredes hasta llegar a la reja de entrada, que ahora se encontraba con la cadena enrollada y con el candado puesto y cerrado.
Jano desesperado la tomó con ambas manos y la sacudió con violencia, gritando fuera de sí.
Detrás de él, las tres siluetas volvieron a aparecer. Avanzando lentas y silenciosas hacia él, sabiendo que no tenía escapatoria.
Jano no miró, no se atrevió. Siguió tirando de la reja, sacudiéndola, golpeándola, llorando cada vez más frenético.
Repentinamente, algo lo jaló desde atrás, con una fuerza inhumana. Su cuerpo se tensó de golpe, las manos soltaron la reja y un grito ahogado se le escapó de la garganta antes de cortarse en seco.
Fue arrastrado hacia la oscuridad.
Desde la calle, Roberto alcanzo a escucharlo… quedó helado.