CAPITULO 2 #2
Alejandro se sobresaltó y bruscamente se giró de inmediato, apuntando la linterna hacia ese lugar. La luz tembló en su mano, el haz recorrió el rincón, hasta percatarse de una escalera de fierro oxidada que se encontraba adosada a la pared, descendiendo hacia una abertura oscura. Un subterráneo.
La oscuridad ahí abajo era distinta, más densa y cerrada. Jano bajó lentamente el teléfono, sin dejar de mirar la escondida entrada que se veía desde la escalera.
Una gota de sudor cae desde su frente. ¿Algo agitado y con la voz quebrada responde, hola. Intentando entender si lo que acababa de escuchar… había sido real .– ¿Hay alguien? - pregunta …Pero nadie contestó… solo silencio, no un silencio normal, un silencio pesado, cargado.
Con miedo, comenzó a descender. La escalera crujía bajo su peso, cada peldaño devolvía un sonido metálico y hueco, que se expandía hacia abajo.
La luz de la linterna temblaba, dibujando sombras irregulares en las paredes.
Jano bajó muy lentamente y con cuidado. Sintiendo cómo el aire se volvía más frío a cada paso. Más denso y pesado. Cuando llegó al fondo, se detuvo. Alumbró hacia adelante.
El espacio se abría y no ve una tumba. Era mucho más grande… Pasillos, pilares, sombras que se perdían más allá de lo que la luz alcanzaba.
Confuso, incorrecto, Jano frunció el ceño y continuó avanzando lentamente. El sonido de sus pasos se repetía en eco, pero… no siempre al mismo ritmo. Como si a veces hubiera uno de más. Miró a su alrededor.
A ambos costados, habían ubicadas unas lápidas horizontales de mármol blanco que se sentían como recién pulidas. Demasiado limpias para el lugar en el que estaban.
Jano acercó la luz apuntando a donde se veían nombres y fechas. Ahí estaban los padres de los Asimov. El apellido repetido. Una y otra vez.
Jano tragó saliva, siguió avanzando hasta el final del pasillo, en donde dos jarrones antiguos con flores plásticas, cubiertas de polvo y telas de araña colgando entre los pétalos rígidos, le provocaron un escalofrió que recorrió todo su cuerpo.
Todo inmóvil, detenido en el tiempo, es interrumpido con una risa otra vez. La risa de un niño que esta vez se escuchó más clara, y como más cerca.
Jano se quedó congelado, el corazón le golpeó fuerte en el pecho. Inesperadamente escucha pasos rápidos de algo que roza su pantalón por detrás, a la altura de las piernas. Ligero pero real. Jano giró de golpe y rápidamente apuntó con la linterna y nada estaba ahí, solo el pasillo silencioso y vacío.
El aire… ya no se sentía igual .Jano ya empezaba a sentir un miedo que cada vez, lo consumía más. La respiración se le desordenó, aceleró el paso y avanzó hacia el rincón, casi sin mirar. Se detuvo y se dio vuelta mirando hacia atrás y a sus costados.
El temblor de la linterna ya no era controlable. Una gota de sudor bajó lentamente desde su frente, cruzándole la ceja.
Su mirada consigue llegar a tres tumbas alineadas, una sobre otra. La luz se detuvo en los nombres. Arriba: Dimitri; al medio: Kristóf; Abajo Nikolai. Jano retrocedió Un paso, luego otro, después otro. Este último lo llevó a chocar contra una de las lápidas a su espalda, golpe que hizo aumentar su temor. El sonido se expandió más de lo normal. Jano apretó la mandíbula, miró otra vez al frente y decidió seguir avanzando.
Jano se detuvo por un momento y alzó la pequeña linterna, apuntando hacia el frente. La luz avanzó débilmente, cortando la oscuridad sin lograr penetrarla del todo. Mientras alumbraba, sin darse cuenta, detrás de él comenzaron a formarse tres siluetas oscuras. Figuras humanas. Inmóviles al principio… y luego avanzando lentamente en su dirección, como si se deslizaran en silencio. No hacían ruido. No respiraban. Solo estaban ahí, acercándose. De pronto, la vibración del celular en su bolsillo lo sobresaltó. El sonido fue seco, inesperado, demasiado fuerte para ese lugar. Jano reaccionó de inmediato, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el teléfono con rapidez. La luz de la pantalla iluminó su rostro pálido cuando lo puso frente a él para contestar. Pero no había llamada en curso. Solo una notificación: llamada perdida. Jano frunció el ceño, confundido, y bajó lentamente el celular. El silencio volvió a cerrarse sobre él. Las sombras que momentos antes se acercaban… ya no estaban.
Empapado en sudor, se acomodó la linterna bajo el brazo y se frotó las manos con torpeza, como si intentara secarlas sin lograrlo. Se agachó lentamente, quedando frente a frente con el nicho de Nikolai. Durante un segundo dudó. No había ningún sonido claro, pero el silencio no era normal; era un silencio que pesaba, que parecía moverse. Entonces, desde arriba, un golpe seco retumbó en la estructura del mausoleo. La reja vibró con un sonido metálico que se arrastró más de lo que debía. Jano se tensó de inmediato y levantó la cabeza hacia la escalera. Su respiración se aceleró, tomó la linterna con la mano temblorosa y alumbró hacia arriba.
Casi un minuto permaneció inmóvil en la misma posición, sosteniendo la linterna, enfrentando la oscuridad. Pero no había nada. Solo oscuridad, quieta y profunda. Permaneció así unos segundos más, esperando, escuchando, con el pulso acelerado… pero no volvió a ocurrir nada. Bajó lentamente la mirada y volvió al nicho. Tragó saliva.
El tiempo que le quedaba en ese lugar dependía únicamente de él; si quería salir, tenía que cumplir su objetivo. Esa idea terminó por romper su duda. Quería irse. Salir de ahí lo antes posible. Sin pensarlo más, sujetó las argollas de la tapa con ambas manos y tiró con fuerza.
El ataúd se abrió de golpe, como si algo desde dentro hubiera empujado con una furia, una furia contenida durante décadas. El golpe seco retumbó entre las paredes de piedra y la tapa cayó hacia atrás con violencia, quedando colgando de las bisagras oxidadas igual a una mandíbula rota.
Jano retrocedió de un salto, el corazón latiéndole en la garganta. La linterna se le escapó de las manos y rodó por el suelo polvoriento, girando sobre sí misma hasta quedar de lado. La luz amarillenta y temblorosa barría las paredes, deformando las sombras y haciendo que las cruces y los epitafios parecieran moverse.
El aire se volvió más denso, más cerrado, como si el mausoleo mismo hubiera respirado y retenido el aliento. Un olor a tierra húmeda, a metal viejo y a algo más —algo dulce y podrido— le llenó la nariz.
Afuera del cementerio, Roberto ya no estaba tranquilo. Miraba su teléfono con el ceño fruncido. Volvió a llamar. Nada. Escribió. Envió audios. Ninguna respuesta. La señal había desaparecido por completo.
—Jano… —murmuró, con la voz baja pero tensa, casi un susurro—. Jano, loco… que pasa hueon..
Intentó llamar una vez más. Esta vez la llamada ni siquiera sonó. Se fue directo al buzón de voz. Roberto apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Un escalofrío le recorrió la espalda.