La Maldición Asimov CAPITULO 2
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CAPITULO 2

ALGO DESPERTO

Año 2024.

A las afueras del cementerio de El Albarrán —el único del pueblo—, a las 21:07 de la noche, ya estaba cerrado, sin visitantes, sin ruido, sin vida.

El viento recorría los senderos de tierra arrastrando hojas secas, que raspaban el suelo con un murmullo constante, casi hipnótico. No era un sonido fuerte… pero tampoco terminaba de desaparecer. Se quedaba ahí, girando entre las tumbas, como si algo lo repitiera. Algunas lápidas estaban inclinadas, vencidas por los años. Otras, resquebrajadas, con las letras ya casi borradas por el tiempo.

A un costado del camino, una tumba antigua permanecía entreabierta, dejando ver una oscuridad más densa en su interior, como si nunca hubiera sido sellada del todo… o como si alguien la hubiera abierto alguna vez.

Una lagartija gris oscura se cruzó entre las piedras, el viento volvió a pasar, pero más frío esta vez Y, aun así— Alguien estaba dentro del cementerio, escondiéndose entre las tumbas, agachado, cauteloso y muy atento. Este sujeto llamado Alejandro tenía la intención de robar supuestas cosas de valor que se encontraban en una tumba… Los amigos le decían Jano. Llevaba una parka verde gastada, manchada en los bordes, jeans sucios y un gorro de lana que apenas le cubría la cabeza. La barba le crecía dispareja, descuidada, como si llevara días sin mirarse en un espejo… o como si simplemente ya no le importara, además, por cómo se movía, parecía que nada le importaba demasiado. Salvo una cosa, no ser visto. Sus pasos eran torpes, pero intentaba hacerlos silenciosos. Cada pisada la pensaba un segundo ante de darla, apoyando primero la punta, luego el peso completo, evitando las piedras sueltas, las ramas secas. Se detenía cada pocos pasos, escuchaba el silencio, miraba hacia los lados, hacia atrás y hacia arriba. Tenía una sensación de peligro que no podía identificar de donde provenía, como si pudiera aparecer de cualquier parte, o de ninguna. Muy inquieto volvía a mirar a su alrededor. Trataba de concentrarse en cualquier sonido que rompiera el silencio, o algo fuera de lugar… un paso, una voz, una rama quebrándose. Nada… pero ese “nada” no lo tranquilizaba, al contrario, le pesaba. Por otro lado, en las afueras, a unos cincuenta metros de la entrada del cementerio, oculto entre unos árboles, estaba Roberto, un amigo de Jano que vigilaba que nadie descubriera su fechoría.

A diferencia de Jano, su aspecto era más cuidado. Vestía una chaqueta de mezclilla oscura, jeans en buen estado y zapatillas limpias. Su cabello estaba peinado hacia atrás, firme, con una capa de gel que aún brillaba bajo la poca luz. Pero sus ojos… No se quedaban quietos. Recorrían el lugar una y otra vez. Se frotó la nariz sin dejar de mirar hacia la entrada principal del cementerio. Luego alzó la vista hacia el cielo, como si esperara ver algo moverse entre las estrellas que ya se asomaban.

Volvió la mirada al camino, pero solo lo acompañaba un profundo silencio. Demasiado silencio. Sacó el teléfono de su bolsillo. Grabó un audio, hablando bajo, casi en un susurro: —Ya, compa… asegúrate de que nadie te vea. No vaya a ser cosa que ande algún cuidador. Por acá todo en orden. Me vai contando – Enviarlo le tomó un segundo. Pero Roberto no guardó el teléfono de inmediato. Esperó y seguia mirando. Como si algo dentro de él le dijera que no todo estaba en orden. Finalmente lo guardó. Pero su mirada no se movió. seguía fija en la entrada… Atenta e inquieta.

Mientras Jano por su parte, que continuaba caminando con cautela, se detuvo. Una especia de aire frio, subió por su espalda hasta llegarle a la cabeza y no pudo seguir moviéndose, algo lo detuvo su interior. Su respiración se volvió más lenta y pesada.

Y entonces lo vio - Frente a él, emergiendo desde la oscuridad, el imponente mausoleo antiguo.

La estructura parecía levantarse más de lo que recordaba, como si la oscuridad la estirara hacia arriba, las grietas recorrían la piedra, y la humedad descendía por los muros en líneas oscuras, como venas que nunca terminaban. No era solo una construcción. Se sentía… presente. Jano no parpadeó. Se quedó mirándolo. Como hipnotizado. Las grietas recorrían la piedra. La humedad descendía en manchas largas, como venas oscuras que se extendían por la superficie envejecida del mausoleo. Sobre la cúpula, una cruz enorme se recortaba contra el cielo nocturno, inmóvil, rígida… demasiado quieta.

En la entrada, sobre una placa de metal envejecido y oxidado, se distinguían las letras: FAMILIA ASIMOV. Algunas estaban más gastadas que otras. Como si el tiempo no hubiera pasado igual sobre todas. Jano tragó saliva. El sonido le pareció más fuerte de lo normal. El viento cruzó nuevamente entre las tumbas. Esta vez más frío. Más seco, repentinamente unas risas de niño se escuchan a lo lejos, le erizaron la piel y esto lo tosigoso aún más. Jano giró la cabeza. Miró hacia atrás. No había nadie. Pero tampoco sintió alivio. Entonces— Su celular vibró. Jano se sobresaltó. El movimiento fue mínimo, pero suficiente para no detener la tensión de su cuerpo. Sacó el teléfono rápido. —¿Qué pasa hermano? —susurró.

—Ya, po, hueón… cuéntame qué onda..—respondió Roberto.

Jano no apartó la vista del mausoleo, pero sin dejar de que sus oídos no estuvieran pendientes de lo que se pudiese escuchar detrás de el

—Ya estoy frente a la mina de oro, compa. Hubo un pequeño silencio.

– Oye, pero hueon ¿estái seguro? —preguntó Roberto—. ¿Después de tanto tiempo… queden weas de valor ahí?

Jano sonrió. Tenso. Sin humor. —Sí, te dije… si nunca encontraron los cuerpos de los pendejos.

Se acercó apenas un paso más. —En los cajones hay ropa… y mil cosas de valor de la familia. Bajó la voz. Como si alguien pudiera escucharlo. Aunque sabía que no había nadie.

-Hermano… entiéndeme una cosa —murmuró Jano, sin dejar de mirar el mausoleo—. Del Albarrán jamás, nadie se atrevería a entrar a esta tumba. Hay una historia terrible cuática detrás con esta familia…

Jano se quedó en silencio un segundo. —Ya… cálmate —añadió en voz baja—. Te hablo enseguida. Voy a entrar. Cortó, guardó el teléfono y dio un paso más. Se acercó a la reja, extendió la mano derecha. El candado que estaba abierto, colgaba de una gruesa cadena oxidada. Era pesado y se notaba muy antiguo. Lo tomó con cuidado y empezó a sentir una sutil tensión en la mandíbula mientras lo levantaba lentamente.

El metal rozó contra la cadena que soltó un chirrido que se sintió largo, demasiado largo.

Jano se quedó inmóvil. El sonido no terminaba de irse. Se extendía en el aire como si el lugar lo retuviera. El viento levantó hojas secas que giraron sobre el suelo.

Algo golpeó una lápida a lo lejos. Jano no se movió. Esperó rigido y atento por si algo se escuchaba, pero nada, o eso quiso creer.

Se agachó muy lentamente, dejó el candado en el suelo, justo al borde de la entrada. Y volvió a ponerse de pie. Empujó la reja. El óxido cedió con un quejido profundo, arrastrado. Abriéndose poco a poco. Jano metió la mano en su chaqueta y sacó una linterna plástica verde. Se le resbaló apenas entre los dedos, y la apretó con más fuerza. La encendió… La luz cortó la oscuridad en un haz estrecho.

Jano exhaló lento, como si recién ahí se diera cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Y dio el primer paso hacia la oscuridad.

El interior lo envolvió de inmediato. El aire era pesado. Antiguo… Como si no hubiera sido removido en décadas. El suelo crujía bajo sus pasos. Cada movimiento devolvía un sonido seco, que parecía quedarse flotando más de la cuenta.

Telarañas colgaban desde las esquinas, densas, acumuladas, moviéndose apenas con el paso del aire. El polvo cubría cada superficie. Todo olía a humedad, a encierro… azumagado.

Un goteo constante rompía el silencio. Lento e irregular, como si viniera desde más adentro de lo que la vista alcanzaba.

Jano recorrió el lugar con la mirada, de un extremo al otro. Era una sala pequeña. Más de lo que esperaba. Una sola sala, cerrada y sin pasillos. Sin salidas a la vista. Esa simpleza le devolvió algo de calma.

Por un segundo pensó que tal vez había exagerado. Que no había nada más, y que todo terminaba ahí. Pero la sensación no se fue, solo cambió y se volvió más incómoda. Como si el lugar fuera más de lo que mostraba. Continuó mirando.

Al fondo. Un muro de mármol liso que se sentía muy frio, en donde abajo se encontraba un florero antiguo con plantas artificiales rígidas, cubiertas de suciedad. Tan inmóviles que parecían pegadas al tiempo.

Jano levantó la linterna. La luz tembló apenas en su mano. El haz iluminó el mármol. Era un epitafio, con las letras gastadas, pero aún legibles:

En este lugar se representa el descanso de nuestros amados hijos y hermanos

Nikolai Asimov Volkov (1935–1943)

Kristóf Asimov Volkov (1930–1943)

Dimitri Asimov Volkov (1928–1943)

La luz volvió a temblar. Jano sonrió burlesco, pero no del todo tranquilo. Volvió a meter la mano en el bolsillo y sacó el teléfono. Sus dedos se movieron temblorosos pero con rapidez, casi automáticamente, activó la grabación y levantó levemente la mirada hacia el epitafio. —“En este lugar se representa el descanso de nuestros amados hijos y hermanos bla,, bla bla…” —murmuró, arrastrando las palabras, imitando un tono solemne y burlon—. Nikolai Asimov… Kristóf Asimov… Dimitri Asimov… Dejó escapar una leve risa por la nariz, corta e insegura. Su voz resonó dentro del mausoleo más de lo que esperaba. El eco volvió con un pequeño desfase, que no coincidía del todo con lo que acababa de decir.

Jano arrugo la frente y poco a poco bajó apenas el teléfono, al escuchar una gotera. Sintió el aire más frio. Alumbro a su alrededor y comprobó que tal vez lo imagino o eso quiso creer.

Desde un rincón de la habitación, una voz que no identificó si era de niño o de adulto en tono bajo le dice “hola”