CAPITULO 1 #2
Por un segundo, todo pareció detenerse. Y entonces… Lanzó la piedra. La roca lanzada por Dimitri ni siquiera alcanzó a acercarse al panal, golpeó el tronco con un sonido seco y cayó rebotando contra la tierra. Dimitri frunció apenas el ceño y sin perder tiempo, volvió a agacharse y buscó otra piedra.
Kristóf lo observó un segundo y entonces entendió que era su turno. Se inclinó, tomó una roca similar, la sostuvo con fuerza y la lanzó con decisión. La piedra pasó por encima del panal, perdiéndose entre las ramas.
Por un instante, ninguno dijo nada. Y luego, casi al mismo tiempo, ambos volvieron a agacharse una y otra vez para conseguir municiones.
Lo que comenzó como un impulso, se transformó en un juego. Una especie de tiro al blanco improvisado.
Piedras iban y venían, Intentos torpes, risas contenidas. Pero ninguna lograba dar en el objetivo, el panal seguía ahí, intacto.
Hasta ese momento, Nikolai se había mantenido atrás. casi oculto tras el coche de Nastia, sujetando con fuerza los mangos, observando en silencio, como si aún no decidiera si aquello era un juego… o algo más. Pero poco a poco, la duda se disipó. Lo que empezó como inquietud comenzó a parecerle divertido. Sus dedos aflojaron el agarre del coche, sus ojos se encendieron y entonces se lanzó.
Salió desde detrás del coche, corriendo unos pasos hacia adelante, adelantándose a sus hermanos, hasta ubicarse frente a ellos. Dimitri y Kristóf apenas alcanzaron a reaccionar.
Nikolai ya se estaba agachando, tomó una piedra, la empuñó con fuerza, y sin pensarlo, la lanzó.
Esta vez no hubo desvío, no hubo error. La piedra impactó directamente en el centro del gigantezco panal con un golpe seco.
Por un instante, todo quedó suspendido. Y luego, el panal se desgarró. Cayó al suelo y reventó en una masa oscura y vibrante
El silencio de los niños fue instantáneo, los tres quedaron inmóviles.
El panal yacía en el suelo, destrozado, abierto como una herida. Desde su interior comenzó a emerger un zumbido distinto. Más denso. Más profundo… Furioso. Como un motor encendiéndose.
La reacción fue inmediata. Una nube negra se elevó desde los restos, expandiéndose con violencia, cubriendo la luz del sol en cuestión de segundos. El aire se llenó de alas agitadas, aguijones y de cuerpos en movimiento, provocando un sonido que ya no era solo ruido… más bien, algo como una amenaza ensordecedora.
Una gigantesca sombra oscura rápidamente los cubrió a ellos y su entorno..
Dimitri fue el primero en reaccionar y dirigir a sus hermanos —¡Corran! ¡Corran! —gritó, con una urgencia que no había estado antes. El instante se rompió.
Los tres salieron arrancando alarmados. Kristóf giró de inmediato hacia el coche de Nastias, sus manos se aferraron a los mangos y comenzó a empujarlo con fuerza, sin mirar atrás, mientras las ruedas rebotaban con violencia sobre tierra y piedras. El zumbido crecía.
Lo que siguió no fue una huida… fue una dispersión. Cada uno corrió en una dirección distinta, sin pensar, sin coordinarse, guiados solo por el instinto. El zumbido lo llenaba todo.
Kristóf, aferrado al coche de Nastia, corría con todas sus fuerzas, empujándolo sin control, con los brazos tensos y la respiración quebrada.
Las ruedas saltaban sobre la tierra irregular. Demasiado rápido, demasiado torpe… Y entonces—
Una de las ruedas cayó en un hoyo oculto.
El coche se detuvo bruscamente. El golpe lo lanzó hacia adelante.
Kristóf no alcanzó a reaccionar, su cuerpo chocó contra el coche y salió impulsado por encima, cayendo de espaldas sobre la tierra, el aire escapando de sus pulmones en un solo golpe mudo. Quedó mirando el cielo. Inmóvil.
El coche, inclinado, se balanceó un instante antes de quedar detenido. Dentro, Nastia no lloraba, solo observaba. Sus ojos seguían algo que se movía sobre ellos. Aquella nube oscura.
Una masa negra y furiosa cruzó por encima, cubriendo la luz por un instante, como una sombra viva.
Por su parte, Dimitri, ya podía sentir el zumbido detrás de él. No era solo un sonido, era una presencia, cada vez más cerca. El aire parecía vibrarle en la espalda.
Transpirado, agitado, con el pecho ardiendo y el miedo clavado en la garganta, dio un par de pasos más… y se dejó caer. Se lanzó al pastizal húmedo, e encogió sobre sí mismo en posición fetal, apretando los ojos con fuerza, cubriéndose la cabeza con ambos brazos, como si pudiera desaparecer. Su rostro se contrajo y un sollozo se le escapó sin control.
—¡No… no…! —alcanzó a gemir entre dientes, mientras el zumbido lo envolvía. El sonido creció, se volvió insoportable. Y entonces— Comenzó a alejarse de a poco, como si algo llevara a las abejas decididas a otra dirección.
Dimitri no se movió de inmediato. Se quedó ahí, temblando, respirando entrecortado, con el corazón golpeándole el pecho, hasta que lentamente, abrió los ojos. Sobre él… no había nada, solo el cielo limpio. Y a su alrededor, el leve movimiento del pasto.
Cuando Dimitri comprendió que el zumbido ya no estaba sobre él, dejó caer su cuerpo hacia atrás.
El pasto húmedo le enfrió la espalda. Tomó una bocanada de aire profunda, desesperada, como si recién volviera a respirar después de haberse ahogado.
El silencio que quedó era extraño, demasiado limpio.
Pero de pronto — El sonido de unas ruedas acercándose rompió esa quietud. Un traqueteo irregular sobre la tierra.
Dimitri giró la cabeza. El coche de Nastia venía hacia él. Detrás, empujándolo con lo último de sus fuerzas, apareció Kristóf. Venía transpirado, agitado, con el rostro desencajado por el miedo. Al verlo, soltó el coche de golpe. Se acercó a Dimitri y lo tomó del brazo, ayudándolo a incorporarse con urgencia.
Ninguno habló, no hacía falta…Y fue entonces cuando— un grito agudo y desgarrador se escuchó a lo lejos, imposible de ignorar.
Los dos se quedaron congelados.
Dimitri y Kristóf, congelados abrieron los ojos de golpe, la piel se les erizó. Se miraron apenas, sin palabras, pero con el mismo pensamiento atravesándolos —No… Nikolai…
Salieron corriendo, siempre Dimitri preocupado de conducir el coche de su pequeña hermana.
El sonido los guiaba.
Gritos desgarradores.
Llanto desesperado.
Una voz que ya no sonaba como la de un niño jugando. Se abrían paso entre los árboles, tropezando, empujando ramas, sin detenerse.
Hasta que lo vieron… cerca de la orilla del lago.
Nikolai. Una masa oscura se movía sobre él. Una nube viva, espesa, furiosa.
Las abejas lo cubrían casi por completo, aferrándose a su rostro, a sus brazos, a sus piernas. Su piel estaba enrojecida, inflamada, marcada por picaduras sangrientas, que brotaban una tras otra. Intentaba respirar, pero el aire no le alcanzaba. Sus manos golpeaban el vacío, tratando de apartarlas, sin lograrlo. Y sus gritos… ya no tenían forma.
Dimitri y Kristóf no sabían qué hacer, el miedo los tenía paralizados, solo podían mirar, sintiendo cómo la desesperación les apretaba el pecho sin darles salida. No había forma de ayudarlo.
A unos metros, el coche permanecía detenido, Nastia observaba… Sus ojos seguían cada movimiento, fijos, inmóviles, mientras el cuerpo de su hermano se agitaba cada vez con menos control.
Nikolai retrocedió un paso, luego otro hasta pisar mal. Su pie resbaló en la orilla húmeda y cayó hacia atrás, directamente al lago. El agua se cerró sobre él, con un sonido opaco.