La Maldición Asimov
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CAPITULO 1
ANTES DE LA LEYENDA
En el año 1943, a unos 120 kilómetros al sur de Santiago, se encontraba un pequeño pueblo llamado El Albarrán, oculto entre colinas verdes y viñedos que trepaban como venas por la tierra.
Sus habitantes eran, en su mayoría, criadores de animales, gente de manos ásperas y rutinas silenciosas.
Desde el aire, el pueblo parecía un sueño pintado: Casas de piedra y tejas rojas agrupadas en torno a un antiguo cementerio, mientras, hacia el norte, un lago se extendía como un espejo oscuro.
Dominándolo todo, como un rey viejo y orgulloso, se alzaba la casona de los Ásimov.
El único camino de acceso nacía desde la carretera principal por el este: una huella de tierra que conducía hasta un desgastado cartel de madera, donde, en elegantes letras negras, se leía: “Bienvenidos a El Albarrán.
Nadie llegaba por casualidad, quienes se atrevían a desviarse del camino principal, lo hacían con un propósito claro: negociar.
Hombres de traje oscuro, comerciantes, intermediarios y compradores llegaban desde distintos puntos del país, arrastrados por una misma razón que parecía latir en el corazón del pueblo como una promesa silenciosa.
La familia Asimov de origen ruso, que su llegada a Chile había ocurrido décadas atrás, envuelta en rumores que nadie lograba confirmar del todo. Algunos hablaban de fortuna traída desde Europa; otros, de acuerdos hechos en la sombra. Lo cierto era que, para 1943, su nombre ya pesaba como una ley.
Eran los dueños de la principal lechería del país, un imperio levantado sobre la crianza de animales y la producción de lácteos que abastecía ciudades enteras. Desde El Albarrán salían cargamentos de leche, mantequilla y quesos que recorrían Chile de norte a sur, llevando consigo no solo alimento, sino también la marca invisible del poder que los Asimov ejercían. Nada importante ocurría en el pueblo sin que ellos lo supieran, y en muchos casos, sin que ellos lo decidieran.
Su influencia no se limitaba a los negocios. Se extendía a la tierra, a las personas, a los silencios. En El Albarrán, el apellido Asimov no solo se respetaba… se obedecía
Un domingo 28 de noviembre de aquel mismo año, la familia Asimov se preparaba para salir de picnic, como solían hacerlo en alguno de los rincones de su vasto territorio.
En el pasillo principal de la casona, impregnado con el aroma de cera nueva y lavanda seca, avanzaba Sveta Volkov
v, la madre de los Asimov.
Caminaba erguida, con una elegancia medida, como si cada paso hubiera sido ensayado con antelación. Sus tacones bajos resonaban suavemente sobre la madera oscura, marcando un ritmo casi imperceptible, pero constante.
Se detuvo frente al espejo ovalado del vestíbulo y, sin apuro, comenzó a ajustarse los guantes de cuero blanco. Sus dedos se movían con precisión casi ritual. Cada botón cerrándose producía un leve chasquido, seco, íntimo… como si la casa misma respirara al compás de sus movimientos.
Su cabello rubio, recogido en un moño bajo impecable, reflejaba la luz fría que descendía desde las altas ventanas. Un mechón rebelde escapaba de la perfección, y ella lo sujetó con una horquilla de perlas sin siquiera mirarse, como si conociera de memoria cada detalle de su imagen.
Detrás de ella, Viktor Asimov cruzó el pasillo con paso firme. Vestía un traje impecable, perfectamente ajustado, y de su chaleco colgaba un reloj de bolsillo sostenido por una fina cadena, balanceándose con discreción… como un recordatorio silencioso de que el tiempo avanzaba, incluso cuando nadie parecía prestarle atención.
Como si una coreografía invisible marcara el orden del poder dentro de la casa, tras ellos apareció el mayordomo. Avanzaba en silencio, empujando un carrito de plata donde descansaba el servicio de té. Las tazas tintineaban suavemente con cada movimiento, un sonido delicado, casi elegante… como si la fina porcelana china intuyera, de algún modo inexplicable, que ese sería el último día en que todo permanecería en orden.
Detrás de él, la nana cruzó el pasillo con paso discreto. Llevaba un delantal perfectamente almidonado y sostenía una canasta de mimbre cuidadosamente preparada: manteles blancos doblados con precisión, emparedados alineados como piezas de exhibición y frutas cortadas en rodajas exactas, casi demasiado perfectas para ser tocadas.
Nada estaba fuera de lugar. Nada… excepto una sensación apenas perceptible, como si la casa entera contuviera el aliento.
Y entonces, sin aviso, la armonía se quebró. La elegante marcha, casi ceremonial, dirigida por la matriarca, fue interrumpida por un torbellino de risas, pasos desordenados y energía incontenible.
Desde el fondo del pasillo irrumpieron los cuatro hijos de los Asimov. El mayor empujaba un coche con torpeza decidida, avanzando a toda velocidad, mientras los otros lo seguían entre carcajadas y gritos ahogados. Sus pasos descompasados rompían el ritmo perfecto de la casa, atravesando la escena como una ráfaga de vida que no pedía permiso.
Pasaron junto a los adultos sin detenerse, esquivándolos apenas, rozando el carrito de plata, el delantal almidonado, la perfección misma… sin siquiera notarlo.
Y en cuestión de segundos, ya iban delante de todos.
Como un estallido de alboroto, empujaron las puertas principales de la enorme casona y salieron corriendo hacia la luz.
Dimitri, de quince años —el mayor y el más rubio de los hermanos— iba al frente, empujando con determinación un elegante coche de la época, construido en madera, mimbre y lona. Dentro, envuelta en delicados encajes blancos, viajaba la pequeña Nastia, de apenas siete meses.
A su lado corría Kristóf, de trece, riendo con esa risa desbordada que siempre parecía meterlo en problemas, como si el mundo fuera un lugar demasiado pequeño para contenerlo.
Y detrás, intentando alcanzarlos, venía Nikolai, de ocho años, saltando con los brazos abiertos, como si en cualquier momento fuera a despegar del suelo.
El coche avanzaba a toda velocidad sobre la grava, traqueteando con un ritmo irregular, inocente… casi alegre.
Ajena a todo, la pequeña Nastia observaba el cielo.
Sus ojos azules, abiertos con una quietud extraña, parecían seguir algo que los demás no podían ver… como si, de alguna forma imposible, ya supiera que algo estaba a punto de cambiar.
Cuando Sveta y Viktor eligieron el lugar donde pasarían la tarde, lo hicieron con la naturalidad de quienes están acostumbrados a decidirlo todo.
Bajo la sombra generosa de los árboles, la nana y el mayordomo comenzaron de inmediato a preparar el sitio. Levantaron una pequeña carpa para suavizar la luz del sol, extendieron manteles impecables sobre el pastizal y dispusieron la loza con una precisión casi ceremonial. Cada objeto encontraba su lugar exacto, como si obedeciera a un orden invisible que no admitía errores. Todo era armonía, todo estaba bajo control.
Fue entonces cuando Viktor, alzando la vista, notó a los niños alejándose más de lo debido.
—¡Ey! ¡No se alejen demasiado! —gritó, con voz firme—. ¡no se acerquen al lago!
Sveta apenas giró el rostro hacia él, sin perder la calma.
—Déjalos —respondió suavemente—. Siempre están encerrados… que al menos hoy puedan divertirse. volvió a lo suyo, como si nada pudiera alterar el curso de aquella tarde.
Más allá, entre la luz fragmentada del sol que se filtraba entre las ramas y las sombras que se mecían sobre la hierba, los niños corrían sin mirar atrás.
Dimitri empujaba el coche con más fuerza de la necesaria, Kristóf reía a carcajadas y Nikolai saltaba intentando alcanzarlos, mientras el traqueteo del coche se mezclaba con sus voces.
Avanzaban directo hacia el enorme lago que adornaba El Albarrán. Sin detenerse, sin saber.
Repentinamente, Dimitri detuvo la carrera. El impulso se cortó de golpe. La grava dejó de crujir bajo sus pies y el coche quedó apenas balanceándose, como si no alcanzara a entender que todo se había detenido. Alzó su brazo derecho, firme, ordenando silencio, y llevó el dedo índice a sus labios.
Kristóf y Nikolai frenaron detrás de él, jadeando suavemente, todavía con la risa a medio escapar. El aire les quemaba un poco el pecho por el esfuerzo y la agitación.
Vestían como siempre: camisitas de algodón en tonos blanco crudo, ligeramente arrugadas por el movimiento, tirantes ajustados sobre los hombros y pantalones cortos que dejaban ver sus rodillas polvorientas. En la cabeza, los pequeños gorros de la época —redondeados, con visera corta— se habían ladeado tras la carrera.
Kristóf alzó las cejas, intrigado. Nikolai retrocedió un paso, con un sentimiento mezclado entre, asombro y temor. Dimitri no dijo nada, solo señaló al frente.ch
A unos pocos metros, suspendido entre las ramas bajas de un árbol, colgaba un gigantesco panal de abejas. Oscuro. Denso. Vivo.
Un zumbido grave y constante vibraba en el aire, envolviéndolos lentamente, como si el sonido no viniera solo del panal… sino que los rodeara por completo.
El coche de Nastia se meció apenas detrás de ellos. Por primera vez, ninguno de los tres niños se movió.
Dimitri esbozó una leve sonrisa. No era amplia, no era alegre del todo, más bien… una de esas sonrisas que aparecían cuando algo despertaba su curiosidad.
Se agachó lentamente, doblando las rodillas con cuidado, sin apartar la vista del panal. Sus dedos tantearon la tierra hasta encontrar una piedra. No era pequeña. Era lo suficientemente grande como para sentirse pesada en la mano, áspera, irregular… casi una pequeña roca. La sostuvo un instante.
Kristóf giró la cabeza hacia Nikolai, ambos se miraron en silencio, con una mezcla de duda y expectación, como si entendieran exactamente lo que estaba a punto de pasar… pero sin atreverse a decirlo.
Kristof frunció levemente el ceño, Nikolai dejó de sonreír.
Dimitri se incorporó despacio, el zumbido seguía ahí, constante, más presente.