Capítulo 4 La Despedida Inolvidable
Los días siguientes transcurrieron dentro de un peligro fascinante.
La casa de Laura pasó de ser un refugio de descanso a convertirse en un campo de diversión donde cada rincón escondía un peligro o un recuerdo prohibido.
Laura continuó con su ritmo frenético en la clínica, entrando y saliendo a deshoras, completamente ajena al volcán que estaba irrumpiendo en la rutina de su hogar.
Nos convertimos en expertos en el arte del disimulo.
Ante la presencia de la dueña de casa, Dani volvía a ser el chico atento, un poco callado, enfocado en sus finales de medicina.
Yo recuperaba mi papel de la vieja amiga de la universidad, educada y formal.
Pero en cuanto el coche de Laura cruzaba la verja del garaje, la máscara, y mi ropa, caían al suelo con una velocidad espeluznante.
El primer encuentro tras nuestra primera vez del salón ocurrió apenas al día siguiente, a media tarde.
Laura se había marchado a su turno en el centro y la casa quedó envuelta en ese silencio espeso de las tres de la tarde.
Yo estaba en la cocina preparando un pastel de banana como la mujer madura que soy, estaba a punto de servirme un vaso de agua fría, cuando sentí unos pasos rápidos detrás de mí.
Antes de que pudiera girarme, Dani me acorraló contra el mármol, pasándome los brazos por la cintura y levantándome el vestido en un movimiento certero.
—Dani, por Dios, son las tres de la tarde... —alcancé a protestar, aunque mis manos ya le buscaban la nuca.
—Cállese, señora García —murmuró contra mi cuello, apretándome con una fuerza que me dejó sin aliento.
—OK, si vamos a hacer esto tienes que dejar de llamarme “señora” —dije mientras jugaba con su cabello.
—Está bien… Ana
—Eso me gusta —le comí la boca.
—¿Y te gusta esto? —Dani me aplasto los hombros para ponerme de rodillas. Sonreí como una chica en cumpleaños.
—Me encanta —dije con una sonrisa tonta, perdida en ese perfecto miembro apuntándome.
—Entonces diviértase señora Gar…
Lo fulminé con una mirada.
—Vuelves a decirme señora y te juro que me levanto y me mudo a un hotel.
—Perdón… ok, entonces diviértete Ana —me dio golpecitos en la cara con su carne dura.
—Eso esta mucho mejor —sonreí y me metí la cabeza caliente en la boca.
Esa tarde decidimos que el piso de la cocina era perfecto para revolcarnos.
Nos volvimos adictos al riesgo. No había horarios ni espacios sagrados.
Un cuarto de hora a solas mientras el café se hacía en la cafetera bastaba para un encuentro rápido y desesperado contra la pared del pasillo.
Una mañana, mientras Laura se duchaba en la planta alta con la música a todo volumen, Dani me empujó al interior del despensero de la cocina.
Entre paquetes de arroz y botellas de aceite, envueltos en la penumbra y ahogando los gemidos con la mano del otro sobre la boca, nos devoramos en un momento de pasión bruta, escuchando los pasos de Laura caminar por el pasillo justo al otro lado de la puerta de madera.
Cada toque casual durante los almuerzos compartidos los tres juntos se transformaba en un mensaje en clave.
Si Dani me pasaba la jarra de agua y sus dedos rozaban los míos un segundo de más, la corriente eléctrica me recorría la espalda entera.
Varias veces me descubrí a mí misma mirándole los hombros bajo la camiseta, recordando la textura de su piel sudada, el peso de su cuerpo sobre el mío o la forma en que se le marcaba la mandíbula cuando alcanzaba el clímax.
El chaval de veintiún años me estaba consumiendo la cordura a fuego lento.
La noche previa a mi partida fue la cúspide de aquella locura.
Laura cayó rendida temprano, agotada por la semana de trabajo.
A la una de la mañana, la puerta de mi habitación de invitados se abrió sin hacer el menor ruido.
La figura alta de Dani se recortó contra la luz tenue del pasillo.
Entró descalzo, cerró con llave y se deslizó bajo las sábanas sin pedir permiso.
—Quieres un último pedazo de mi ¿eh?
—Quiero todo de ti.
—Eso puede arreglarse.
Me deshice de mi pijama y mi ropa interior.
Me subí sobre él, guiando su polla dura hasta mi entrada que ya estaba empapada. Bajé despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, el calor grueso de él llenándome por completo.
—Mmmm… —gemí bajo cuando tocó fondo.
Empecé a cabalgarlo, balanceando las caderas en círculos lentos primero, luego más y más amplios, sintiendo cada vena, cada pulso de su carne dentro de mí.
Sus manos subieron a mis pechos, apretando, pellizcando los pezones mientras yo me movía más rápido.
Los sonidos húmedos de mi coño tragándolo una y otra vez, la cama quejándose y golpeando contra la pared llenaban la habitación.
Sentía el roce delicioso de su pelvis contra mi clítoris cada vez que bajaba, una fricción deliciosa que me hacía apretar mis paredes internas alrededor de él.
Aceleré el ritmo, galopando desesperada, de pronto sentí un calor divino desde mi coño y el orgasmo me golpeó sin aviso. Me arqueé, grité, las contracciones me sacudieron con fuerza mientras mi coño lo exprimía.
—AAAHHH… ¡QUE RICO! —el grito me salió más alto de lo que quería. Me congelé un segundo, el corazón disparado, mirando hacia el techo.
¡Carajo!
—Laura… —susurré, todavía temblando encima de él.
Dani me agarró de la cintura y me atrajo hacia su cuerpo, su boca junto a mi oído.
—Está muerta de sueño. Y aunque no lo estuviera… que escuche. Eres mía esta noche.
Su voz era profunda, me sentía totalmente segura a su lado. Algo se rompió dentro de mí. Una risa nerviosa, casi eufórica. Nunca me había sentido tan libre, tan jodidamente feliz. Esta era la última noche. No iba a desperdiciarla siendo tímida.
Me bajé de él, me puse en cuatro sobre el colchón y, con ambas manos, me abrí las nalgas, ofreciéndole la entrada estrecha y oscura.
—Tómame por detrás —dije, la voz ronca—. Ábreme del todo.
Dani acarició mi espalda hasta llegar a mi culo, enseguida se levantó, se arrodilló detrás de mí. Sentí la cabeza gruesa de su polla presionando contra mi anillo apretado. Empujó. El ardor fue inmediato, un estiramiento brutal que me hizo morder la almohada.
—Aaayy… —empujé hacia atrás, ayudándolo.
Entró. Centímetro a centímetro se deslizo por mi ano, abriéndose paso entre mis entrañas que jamás habían sido usadas por un hombre.
Hasta que lo sentí entero, profundamente metido en mi intestino.
El dolor se mezcló con una oleada de placer sucio, prohibido, que me hizo gemir como una perra en celo.
Volteé a verlo, el cabrón tenía una cara de cumpleañero infernal. Se veía delicioso.
Sujetó mis nalgas con ambas manos y comenzó follarme el culo. Cada embestida me abría más, el roce interno era distinto, más intenso, más visceral. Me sentía completamente tomada, invadida.
—Soy tuya cariño... mmm… soy tu puta personal —solté, mirándolo por encima del hombro—. Usa ese culo como te dé la gana.
Los ojos de Dani se oscurecieron. Algo se desató en él. Agarró mis caderas con fuerza y empezó a follarme de verdad, embestidas profundas y brutales que me hacían avanzar sobre la cama. Mis nalgas aplaudían, el sonido de sus huevos golpeando mi coño mojado se mezclaba con mis gemidos.
Yo también me solté.
—Así… rómpeme el culo, bestia. Quiero sentir que me dejas hecha un trapo. ¿Ves cómo te lo ofrezco? Ábrelo más. Lléname de leche hasta que no pueda caminar mañana. Soy tu puta de mierda, Dani. Úsame analmente. Reviéntame el culo hasta que grite.
Arqueé la espalda. Él gruñó, acelerando. Yo seguía:
—Písame la cabeza amor. Domíname. Quiero que me sientas debajo de tu pie mientras me follas el culo como si fuera un agujero cualquiera.
Dani se quedó sorprendido un segundo, pero entendió el juego de enseguida, levantó un pie y lo apoyó con firmeza sobre mi nuca, empujándome contra el colchón. El peso de él, la presión, la humillación voluntaria… me hizo gritar de placer.
—¡Soy tu puta! ¡Me gusta ser tu puta personal! ¡Más fuerte cabrón!
Con una mano me sujetó ambos brazos a la espalda, inmovilizándome.
Justo como quería. Con la otra empezó a nalguearme con fuerza, el sonido seco de la palmada resonando en la habitación cada vez que su polla desaparecía dentro de mí.
El pie seguía aplastándome la cabeza. Yo ya no pensaba.
Solo sentía. El dolor dulce de las nalgas, el estiramiento brutal del culo, la presión en la nuca, la sensación de estar completamente a su merced.
Mi sonrisa de tonta mientras gemía y me mordía los labios. Estaba en la puta gloria.
El chico aceleró sin piedad. Sentí que estaba llegando al clímax.
—Córrete adentro —jadeé—. Lléname. Quiero sentir cómo me llenas de semen caliente mientras me tienes así, como una puta.
Dani soltó un gruñido animal y se hundió hasta el fondo.
Sentí las pulsaciones gruesas dentro de mí, el calor de su liquido espeso llenándome.
Al mismo tiempo mi propio orgasmo explotó.
El placer fue tan brutal que perdí el control.
Mi cuerpo se arqueó, convulsioné debajo de él, un squirt potente me salió del coño mientras me retorcía bajo su peso.
—AAAAAAAAHHHHHYY!!!! —gritando sin palabras, como un animal en celo. Las contracciones me recorrían todo el cuerpo, mi culo apretando su polla todavía dentro, exprimiendo cada gota.
Mi muchacho se vino en oleadas, sentí dentro cada una de ellas.
Cuando por fin aflojó, los dos caímos sobre el colchón, sudados, jadeando, el olor a sexo y a nosotros llenando el aire.
Su semen empezaba a escaparse por mi ano que no terminaba de cerrar, caliente y espeso, y yo aún temblaba con las últimas olas.
Nunca me había sentido tan usada. Ni tan completa.
Dani me abrazó, acarició mi cuerpo. El ano me ardía, sabía que al día siguiente tendría marcas en la piel, las marcas de una puta. Sonreí y me di vuelta hasta tenerlo frente a frente.
—Estuviste maravilloso.
—Tú también Ana, nunca pensé que…
—¿Que podría ser tan puta? —me reí.
—No iba a decir eso… pero ya que lo mencionas.
Le di un beso.
—Soy tu puta, me encanta serlo.
Nos acostamos en silencio, acariciándonos, hasta que sentí que se ponía duro de nuevo.
Le di la espalda, acostados el me levantó la pierna y se introdujo en mí de nuevo, yo me acariciaba las tetas mientras el me follaba de costado.
Su mano encontró mi clítoris y comenzó a masturbarme al ritmo que me penetraba.
Esa noche no hubo prisas ni el pánico de ser pillados de inmediato.
Fue un encuentro largo, pausado y profundamente erótico.
Dani me hizo el amor. No fue solo sexo, se tomó su tiempo para recorrer cada centímetro de mi cuerpo con la boca y las manos, haciéndome olvidar las canas, las dudas y los cuarenta y cinco años que pesaban sobre mis espaldas.
Me poseyó con una mezcla de ternura y posesión salvaje, ahogando mis suspiros contra la almohada hasta que el amanecer empezó a teñir las cortinas de un tono azulado.
Perdí la cuenta de las veces que me corrí esa noche.
No importaba. El mundo entero era todo lo que hacíamos en esa habitación de huéspedes.