Capítulo 3 No Hay Vuelta Atrás
La tarde se arrastró con una lentitud desesperante.
Pasé tres horas infernales metida en la piscina intentando rebajar la temperatura corporal, pero el agua templada no hizo un carajo por serenarme.
Dani se había atrincherado en su cuarto con la excusa de estudiar para el dichoso examen de anatomía, aunque de vez en cuando se oía el retumbar del bajo de su música atravesando el techo.
Cada paso que daba arriba resonaba en mis nervios como una campanada.
A eso de las siete me duché, me puse un vestido playero de tirantes —ligero, negro, sin muchas complicaciones— y bajé a la cocina con la digna intención de prepararme un té y dar por terminada la jornada de tensión.
La casa estaba sumida en una penumbra dorada, esa luz de última hora que lo vuelve todo medio irreal.
Apoyé las manos en la encimera, esperando a que la tetera hirviera, cuando escuché la puerta de las escaleras.
No hizo falta girarme, el calor en mi nuca me avisó antes de que oyera sus pisadas descalzas sobre el parqué.
Dani entró en la cocina. Llevaba solo un pantalón corto de chándal gris. Sin camiseta, despeinado, con la piel bronceada y esa estructura muscular de chaval de veintiún años que no necesita esforzarse para aplastar la moral de cualquiera.
—¿Sigue intentando convencerse de que no pasa nada? —preguntó con esa voz grave, ruda, que le salía a última hora del día.
Me giré despacio, aferrándome al borde del mármol.
—Dani, no empieces otra vez. He pasado una tarde tranquila y me gustaría seguir así.
—Miente fatal, Señora García —dijo, dando un paso largo hacia mí.
—No miento.
—Lleva cinco horas flotando en la piscina mirando hacia mi ventana —soltó sin piedad, acortando la distancia entre los dos hasta quedar a un palmo de mi cara.
Olía a jabón de ducha, a piel caliente y a esa insolencia que me estaba deshaciendo el cerebro desde que llegué—.
Y ahora mismo le está temblando la barbilla.
—Es el agua fría —mentí, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso en la garganta.
—El agua estaba a treinta grados.
No me dio tiempo a responder. Dani estiró el brazo y apagó el fogón de la tetera de un manotazo seco. El silencio en la cocina se volvió total, espeso, envolvente.
—Se acabó el teatro, Ana —susurró.
Me agarró de la cintura con una sola mano, grande, firme, hirviendo, y me pegó de golpe contra su cuerpo. La sacudida me dejó sin aire. Sentí la dureza de su pecho contra el mío, la textura de su piel desnuda y el volumen inconfundible de su deseo presionando directamente contra mi vientre.
Ahogué un gemido en la garganta. Mi mente intentó gritar por última vez el nombre de Laura, la moral, los cuarenta y cinco años, pero el cuerpo le cerró la boca de un portazo.
Eso es todo… a la mierda con esto Ana.
Le enganché los hombros con una desesperación ridícula, clavándole las uñas en la espalda.
—Eres un descarado... —alcancé a murmurar contra su cuello.
—Y a usted le encanta —respondió, e inmediatamente me buscó la boca.
El beso de la noche anterior no fue nada comparado con esto.
Esto fue una invasión en toda regla. Me abrió los labios con una firmeza hambrienta, metiendo la lengua, saboreándome con un descaro que me hizo soltar un gemido ahogado directo en su garganta.
Me subió de un tirón a la encimera de la cocina, entre platos y tazas.
Mis piernas se abrieron solas, rodeando su cadera, pegándolo aún más a mi centro.
—Madre mía, Dani... —jadeé cuando bajó la boca a mi cuello, mordiéndome suavemente la piel justo debajo de la oreja.
—Diga mi nombre otra vez —ordenó con la voz rasgada, hundiéndome los dedos en las nalgas por encima del vestido.
—Dani... joder, Dani...
Me agarró por debajo de las piernas, levantándome de la encimera como si no pesara nada.
Crucé los brazos alrededor de su cuello riendo mientras me llevaba en volandas por el pasillo.
La idea de ir a su cuarto o al mío ni se nos pasó por la cabeza, se metió en el salón, me tiró sobre el sofá de cuero blanco de su madre y se dejó caer encima de mí.
El contraste entre el cuero frío y el calor abrasador de su cuerpo me hizo dar un brinco. Dani no perdió un segundo. Le metió mano al escote de mi vestido, tirando de las tiras hacia abajo con una urgencia salvaje hasta dejarme los pechos al aire.
—Dios mío... —murmuró, contemplándome un segundo con las pupilas completamente devoradas por la penumbra.
Se inclinó y me atrapó un pezón con la boca, succionando con fuerza mientras la mano libre me subía la falda del vestido hasta la cintura.
Yo arqueé las espaldas en el sofá, hundiéndole las manos en el pelo corto, completamente borracha de una sensación que llevaba diez años sin experimentar.
No había delicadeza educada ni formalidades; había una potencia brutal, joven, que me devoraba sin pedir permiso. Y me encantaba.
Le enganché la goma del pantalón de chándal y se lo bajé de un tirón hasta las rodillas.
Cuando lo toqué, escuché cómo ahogaba un juramento entre mis pechos.
Estaba enorme, duro como una piedra y ardiendo.
Me quitó las braguitas de un tironazo seco, tirándolas en alguna parte de la alfombra de salón.
—Míreme, Ana —pidió, posicionándose entre mis piernas abiertas.
Le miré. Tenía la mandíbula apretada, los hombros marcados por la tensión y una mirada de dominación absoluta que me hizo temblar entera. Se acomodó en mi entrada, rozándome despacio con la cabeza de su polla una, dos veces, haciéndome suplicar con la mirada.
—Vas a hacérselo a la amiga de tu... —susurré, entrecortada.
—Te vas a olvidar hasta de cómo te llamas —respondió él.
Y se hundió en mí de un solo empujón, largo, profundo y rotundo.
Grité. Tuve que morderle el hombro desnudo para aplacar el alarido que se me escapó del pecho.
La sensación de llenado fue tan intensa que se me saltaron las lágrimas de puro placer.
Dani se quedó inmóvil un segundo, su pedazo de carne caliente enterrado hasta el fondo dentro de mí, dejando que mi cuerpo se amoldara a su tamaño.
Soltó un gruñido grave contra mi oído y empezó a moverse.
El ritmo fue una locura. Empezó con embestidas largas y pesadas, marcando el terreno, dejando claro que era suya, mientras sus manos no paraban de explorar mi cuerpo, para luego acelerar en un bocado de pasión rítmica y salvaje.
El sofá de cuero crujía a cada golpe de su cadera contra la mía.
Mis manos iban y venían por sus brazos, por su espalda sudada, agarrándome a él como a una tabla de salvación en mitad de una tormenta.
—Así... justo así, Dani... —gemía fuera de mí, perdiendo por completo el papel de mujer madura y responsable.
Él no decía nada; solo respiraba hondo, con una potencia animal, embistiéndome cada vez más fuerte, buscando el ángulo exacto que me hacía perder el sentido.
La mezcla de lo prohibido, la casa de mi mejor amiga y la fuerza desmedida de ese chaval de veintiún años me empujó a un abismo de placer que me quemaba las entrañas.
Sentí que el clímax se me venía encima como un tren que ya no podía detenerse. Me agarré a sus caderas, clavándole las uñas, tironeándolo hacia abajo.
—No te pares... Dani, no te pares que me voy...
Él aceleró las embestidas al límite, volviéndome loca, sacudiéndome debajo de él, hasta que mi cuerpo colapsó en una serie de espasmos violentos. Espasmos que me hicieron arquear la cintura y soltar un gemido largo que retumbó en todo el salón.
—AAAAHHHHH!!! ¡¡SÍ, FOLLAME DURO!!
—aagh… ¡me voy a correr! —su cuerpo lo delataba.
—¡Córrete! ¡Córrete adentro de mí! ¡SÍ ESO ES! ¡¡DAMELO TODO!!
Aprete a mi muchacho con todas mis fuerzas y me corrí a gusto, Dani esperó a que el calor de mi orgasmo lo envolviera para dar tres arremetidas finales, profundas, salvajes, soltando un rugido ahogado mientras se vaciaba dentro de mí con una sacudida larga que nos dejó a los dos temblando sobre el sofá.
Nos quedamos aplastados el uno contra el otro, jadeando como dos animales exhaustos, con el sudor pegándonos la piel y el corazón latiéndonos en el pecho a un ritmo descontrolado.
Él tenía la cabeza enterrada en mi cuello, dándome besos lentos, tibios, mientras yo le acariciaba la espalda con los dedos entumecidos y el coño totalmente mojado.
—Joder... —musité, incapaz de articular más.
Dani soltó una risita baja, exhausta, y levantó la cabeza para mirarme con un triunfo absoluto. No era para menos, allí estaba yo sudada, despeinada, recuperando el aire después de que me follara. Le regale una sonrisa de satisfacción. Se lo había ganado.
Vaya… no puedo creer que le haya tenido tanto miedo a esto…
Y justo en ese milisegundo de paz... el universo decidió cobrarse la factura.
A lo lejos, en la entrada principal, escuchamos un chasquido metálico. El mando a distancia del garaje. Luego, el estruendo inconfundible de la persiana eléctrica del garaje subiendo.
El mundo se congeló.
¡Mierda!
El corazón me dio un vuelco tan violento que casi me caigo del sofá.
—¡Es el coche de Laura! —chillé en un susurro aterrado, pegándole un empujón de pánico a Dani.
El chaval saltó del sofá como si le hubieran puesto un petardo en el culo. La cara de triunfo se le borró de golpe, sustituida por una palidez absoluta.
—¡Mierda! ¡Se habrá olvidado algo! —soltó él, subiéndose el pantalón de chándal a toda prisa mientras se tropezaba con las patas de la mesa.
—¡Mis bragas! ¡¿Dónde coño están mis bragas?! —susurré fuera de mí, gateando por la alfombra con el vestido desajustado y las tetas al aire, buscando como una loca.
Se oyó el portazo del coche dentro del garaje. Pasos apresurados. Las llaves tintineando al otro lado de la puerta de servicio que conectaba el garaje con la cocina.
—¡Aquí! —siseó Dani, lanzándome mis bragas a ciegas desde el otro extremo del salón mientras se colocaba el pelo con las dos manos.
Atrapé mi ropa interior, me las encajé debajo del vestido como pude, me subí los tirantes de un solo impulso y me coloqué el pelo con un manotazo desesperado.
Dani se tiró al suelo del salón de un salto y agarró un libro de anatomía que había sobre la mesa baja, abriéndolo por cualquier página al azar.
Yo me dejé caer en el sillón individual, crucé las piernas de golpe y agarré una revista de decoración que había por allí, poniéndola del revés sin darme cuenta.
La puerta de la cocina se abrió de golpe.
—¡Hola! ¡Soy yo! —gritó la voz de Laura desde el pasillo, acompañada por el taconeo rápido de sus zapatos de trabajo—. ¡Me he dejado un expediente en la mesa del despacho y he tenido que darme la vuelta! No saben que fastidio…
Mi corazón no es que fuera a mil, estaba directamente a punto de reventarme las costillas. Sentía las mejillas ardiendo, el pecho agitado y una humedad delatadora entre las piernas que me hacía rezar a todos los santos que no conocía.
Laura entró en el salón a paso ligero, con el bolso colgado del hombro y la cara llena de estrés.
—Hola, chicos... Ay, perdonad que interrumpa. Es que si no llevo esto a la reunión de urgencia me matan.
Nos miró a los dos.
Ahí estábamos: Dani en el suelo, con el pecho desnudo, sudado, sujetando el libro de anatomía como si fuera la Biblia; y yo en el sillón, con el vestido medio torcido, la revista del revés y el pelo hecho un nido de pájaros.
—¿Pasa algo? —preguntó Laura, frenando el paso y frunciendo el ceño—. Estáis muy raros. Y aquí huele... no sé, raro. Como a humedad.
Dani no pestañeó. Levantó la vista del libro con una tranquilidad de caradura experimentado.
—Es que la señora García estaba mareada por el calor de la tarde, mamá. He abierto los ventanales de la terraza para que corriera el aire y le he estado explicando unos ejercicios de respiración que vimos en la facultad.
Laura me miró a mí. Yo le encajé una sonrisa congelada, de muñeca de porcelana, apretando la revista contra el pecho para que no me viera el escote descolocado.
—Sí... tía. Un bajón tremendo —dije con la voz un tono más agudo de lo normal—. De verdad, un calor inhumano. Dani ha sido un amor sujetándome... digo, ayudándome.
Laura nos repasó de arriba abajo durante tres segundos que duraron exactamente diez años de mi vida. Finalmente, soltó un resoplido de agotamiento y se pasó la mano por la frente.
—Ay, Ana, es que este clima de interior es horroroso si no estás acostumbrada. Bebe mucha agua, por Dios. Dani, cuídala, ofrécele algo no seas bruto.
—Tranquila, mamá. La tengo totalmente bajo control.
—Bueno, me voy pitando que ahora sí que llego tarde a la comisión. ¡Os quiero, no me esperéis para cenar!
Laura dio media vuelta, atravesó el pasillo a toda prisa, escuchamos el portazo de la cocina, el motor del coche arrancando y, finalmente, el chasquido de la persiana del garaje bajando de nuevo.
Nos quedamos en absoluto silencio durante diez segundos. Solo escuchaba mi corazón latiendo.
De pronto, dejé caer la revista al suelo, me eché hacia atrás en el sillón y solté un bufido de aire que me vació los pulmones. Dani se dejó caer de espaldas sobre la alfombra, soltando una carcajada baja, salvaje, llena de adrenalina pura.
—Puta madre... —susurré, llevándome las manos a la cara, sintiendo que el pulso me volvía poco a poco al cuerpo—. Casualmente... nos hemos librado de milagro.
Dani se incorporó despacio, se me quedó mirando desde el suelo con esa sonrisa socarrona de demonio y volvió a gatear hacia mi sillón.
—Bueno —dijo, apoyando los brazos en mis rodillas y mirándome desde abajo con los ojos brillándole de nuevo—. Ya se ha ido otra vez. ¿Por dónde íbamos?