Capítulo 2 Aquí No Ha Pasado Nada
Laura cayó frita en el sofá en cuanto terminamos de cenar. El turno extra de urgencias la dejó hecha un trapo y, a eso de las diez y media, ya iba arrastrando los pies hacia su cuarto.
—Amiga, lo siento en el alma, pero me estoy muriendo de cansancio —dijo dándome un beso en la mejilla—. Estas en tu casa. Dani anda por ahí recogiendo, si necesitas algo pídeselo a él.
—Vete a dormir, reina, faltaría más.
Me quedé sola en el salón. Un silencio de tumba, solo roto por los grillos del jardín.
Me serví una copa llena de vino tinto, del caro, que para algo estábamos en casa de la doctora, y salí a la terraza a que me diera el aire.
La luna estaba resplandeciente. Necesitaba enfriar el cerebro y dejar ir mis pensamientos.
No pude evitar recordar el asunto del mediodía, necesitaba convencerme a mí misma de que lo de la cocina había sido una pataleta de chaval guapo con exceso de hormonas.
Oí el chasquido de la puerta de cristal al abrirse.
—Pensaba que ya te habías ido a la cama —dijo Dani.
Apareció con una camiseta negra y unos pantalones de chándal grises. Cerveza en mano, descalzo y desprendiendo una actitud que daba entre rabia y envidia.
—Qué va... El viaje me dejó el cuerpo molido pero la cabeza me va a mil revoluciones —contesté, dándole un trago al vino sin mirarlo mucho, por si acaso.
—Es que el tinto de mi madre pega fuerte —dijo con una sonrisa socarrona.
Se apoyó en la barandilla justo a mi lado. Olía a jabón caro y a juventud de esa que no necesita crema antiarrugas. Un asco, vamos.
—Tranquilo, chaval, que aguantar a tu madre de fiesta en los dos mil me curtió el hígado para siempre.
Él soltó una risa baja, de esas que le retumban a uno en el pecho.
—Me alegro de que haya venido. Mi madre habla mucho de usted, pero siempre la pintaba como un recuerdo lejano. En plan la típica amiga aburrida que se ha quedado fosilizada en el pasado.
—Es que han pasado más de veinte años, Dani. Te salen canas, te aplastan las facturas, te cambia el cuerpo... La Ana de hoy es infinitamente más aburrida que la de las fotos.
Dani se giró despacio y me clavó los ojos. No fue una mirada inocente. Me sostuvo la vista con una desfachatez que hizo que me replanteara mi vida entera.
—No estoy de acuerdo —soltó.
—¿Ah, no? ¿Y tú qué sabrás?
—Sé lo que veo. Esperaba a una señora cansada que viniera a hablar de achaques y de lo terrible que es su monótona vida. Pero has llegado tú.
Dio un paso hacia mí, acortando el espacio a la mitad. La brisa de la noche se volvió de repente más caliente que un horno de leña.
—Dani... —solté a modo de advertencia, pero me salió con un hilo de voz ridículo.
—En serio —siguió él, acercándose peligrosamente —. Tiene un cuerpazo que no es normal y un punto salvaje que intenta disimular, pero se le nota a leguas cuando se ríe.
El corazón me pegó un brinco en las costillas.
—Estás diciendo chorradas...
—No digo chorradas. Lleva todo el día mirándome como si quisiera ver qué pasa si se salta las normas.
Dejó la botella de cerveza en la mesa y me bloqueó el paso contra la barandilla.
El chaval medía metro noventa y ocupaba todo mi campo de visión.
Mi cerebro de cuarentona responsable me gritaba: ¡Tírale el vino a la cara y vete a ver tu novela!
Pero mi cuerpo, traidor como él solo, quería ver que sucedía y se quedó clavado al suelo.
Me levantó la barbilla con un dedo. El calor que emanaba me estaba empezando a derretir por dentro.
—Llevo pensando en esto desde que la vi bajar del coche esta mañana —susurró.
Y se lanzó.
Me buscó la boca y no fue un beso de cortesía.
Fue un beso con ganas, firme, con el hambre propia de un muchacho de veintiún años que sabe perfectamente lo que hace.
Mis instintos primarios tomaron el control.
Solté la copa como pude en la mesa y le enganché del cuello, devolviéndole el beso con un nivel de desesperación bastante patético para mi edad.
Olía a cerveza, tenía la barba de dos días raspándome la piel y una fuerza que me dejó sin aliento.
Fueron cinco segundos de gloria pura... hasta que mi única neurona cuerda despertó.
¡Laura! ¡Que Laura está durmiendo arriba y es tu mejor amiga, pedazo de zorra!
Le metí un empujón en el pecho con todas mis fuerzas. El chaval estaba duro como el cemento, pero logré separarlo. Me eché hacia atrás contra la barandilla, jadeando como si hubiera corrido una maratón y con los labios ardiendo.
—¡No! ¡No, no, no! —solté, tapándome la boca, horrorizada.
Dani me miraba con la respiración agitada y las pupilas dilatadas. Parecía un animal al que le acababan de quitar el plato de la mesa.
—Ana... —empezó.
—¡Ni se te ocurra, Daniel! —le corté con la mano arriba—. Esto es una locura absoluta. Laura está arriba. Es mi mejor amiga, ella lo sabe todo de mí, por el amor de Dios.
—Ella está durmiendo. Y esto no tiene nada que ver con ella.
—¡Tiene todo que ver! —susurré desesperada, mirando hacia las escaleras por si venía alguien—. Estás en su casa, eres su hijo y yo soy su invitada. Si se entera de esto, no podré mirarla a los ojos.
Dani se pasó la mano por la nuca y soltó un bufido. Se le notaba la rabia, pero también la satisfacción de saber que le había correspondido el beso sin dudarlo ni un segundo.
—Tú también me has besado. No me lo he inventado —dijo con la voz baja.
—Ha sido un error. Se me cruzaron los cables y estoy cansada —mentí como una bellaca—. No va a volver a pasar. ¿Te queda claro? Jamás.
Me sostuvo la mirada unos segundos, pensando si presionar o no, pero al final dio un paso atrás y se metió las manos en los bolsillos del chándal.
—Vale. Si eso la pone más tranquila... mantenemos las distancias. No ha pasado nada.
—Nada —asentí, intentando que no me temblara la voz—. Mañana actuamos como si esto no hubiera existido. Por la cuenta que nos trae.
—De acuerdo... señora García.
Ese "señora García" dicho con socarronería pura fue la mayor provocación de la noche. Cogió su cerveza, me repasó de arriba abajo con una mirada que me dejó en carnes y se metió para dentro tan tranquilo.
Me quedé sola en la terraza, temblando como un flan y agarrando la copa de vino para no ponerme a gritar de la emoción. Me apoyé en la barandilla y tragué aire.
Madre mía... En qué mierda de lío te has metido, Ana. Pero qué pedazo de lío.
***
Apenas pegué ojo en toda la noche. Me pasé las horas dando vueltas en la cama de invitados, mirando el techo y repasando cada segundo del beso en la terraza. El cerebro me decía que era una irresponsable y una fácil, pero el cuerpo me pedía a gritos que dejara de hacerme la santa. Un desastre.
A las ocho de la mañana finalmente me rendí, me vestí con lo primero que pillé y bajé a la cocina buscando café como si fuera suero intravenoso.
Ahí estaba Laura, en bata, con cara de llevar tres horas despierta y tecleando en el portátil mientras apuraba una taza humeante.
—Buenos días, dormilona —dijo sin levantar la vista de la pantalla—. ¿Qué tal has descansado?
—De maravilla, tía, como un tronco —mentí sin pestañear, sirviéndome una taza negra hirviendo.
En ese preciso instante se oyeron unos pasos en el pasillo y Dani entró en la cocina. Llevaba una camiseta de tirantes del gimnasio y el pelo revuelto. Olía delicioso, a chico joven recién duchado, y el aire de la habitación se volvió hermosamente denso al momento.
—Buenos días —soltó con voz mañanera, grave y pausada.
—Buenos días —respondió su madre.
Yo abrí la boca pero no me salió ni un sonido decente, así que me limité a asentir como una imbécil y a pegarme un trago de café que casi me abrasa la lengua.
Dani se acercó a la encimera a coger un vaso de agua.
Pasó justo por detrás de mí. No me tocó, pero sentí la ola de calor que desprendía su cuerpo a un centímetro de mi espalda.
Me quedé rígida como una estaca, agarrando la taza con las dos manos para que no se me notara el temblor.
Él abrió la nevera, bebió de un trago y me echó un reojo por encima del cristal, una mirada rápida, cargada de una picardía absoluta, recordando perfectamente el beso de la noche anterior.
Será cabrón, pensé. El chaval estaba jugando en casa y se lo estaba pasando en grande viéndome sudar tinta china.
—Bueno, familia —soltó Laura de golpe, cerrando el portátil de un portazo que me hizo dar un brinco—. Tengo una noticia de mierda.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Dani, dejando el vaso en el fregadero.
—Me acaban de llamar de la jefatura de guardia del hospital central. Ha habido un accidente múltiple en la autopista y han activado el protocolo de emergencia. Tengo que salir pitando ya mismo.
—Vaya por Dios... —dije, intentando poner cara de pena profesional mientras por dentro se me encendían todas las alarmas.
—Y lo peor no es eso —siguió Laura, recogiendo sus papeles a toda prisa—. Es que me toca quedarme de guardia presencial hasta mañana al mediodía. Lo siento en el alma, Ana, de verdad. Te traigo a mi casa para pasar la semana juntas y te planto este marrón el segundo día.
—Por favor, Laura, ni se te ocurra disculparte. Es tu trabajo, faltaría más. Yo me apaño perfectamente aquí con un libro y la piscina.
—Bueno, por lo menos no te quedas sola del todo. Dani está aquí y te puede hacer compañía o llevarte a dar una vuelta si te aburres.
En ese momento, mi mirada se cruzó con la de Dani durante medio segundo. El chaval tenía la ceja ligeramente levantada y un destello de pura victoria en los ojos. La casa vacía. La madre fuera hasta el día siguiente. Era el escenario perfecto para la catástrofe.
—Claro, mamá, no te preocupes —dijo él con la voz más inocente del mundo—. Yo cuido de la señora García.
Ese "señora García" sonó a recochineo puro y duro. Tenía unas ganas de darle un derechazo y de besarle la boca a partes iguales que me daban ganas de echarme a llorar.
Laura se despidió apresurada, cogió las llaves del coche y salió a toda prisa por la puerta del garaje. Escuchamos el motor alejarse por la calle de grava hasta que el silencio volvió a tragarse la casa.
Un silencio espeso, pesado, que se nos cayó encima como una losa.
Me quedé de pie junto a la cocina americana, apoyada en el mármol y fija en mi taza de café. Dani no se movió del fregadero. Se giró despacio, cruzó los brazos sobre ese pecho de gimnasio y se me quedó mirando fijamente. Sin disimulos. Sin tener que actuar delante de Laura.
—Bueno —soltó con una sonoridad baja que me retumbó en las entrañas—. Parece que nos hemos quedado solos, señora García.
—Ni se te ocurra empezar, Daniel —le corté, intentando sonar madura, firme y autoritaria, aunque la voz me tembló lo justo para delatarme—. Laura se acaba de ir a currar. Lo de anoche dijimos que no había pasado.
—Si, eso dijimos —asintió él, dando un paso lento hacia la mesa del comedor—. Pero yo me acuerdo perfectamente de cada segundo.
—Pues olvídate. Tengo cuarenta y cinco años, tú tienes veintiuno y esto es una falta de respeto enorme para Laura. Así que vamos a pasar el día como dos personas adultas y educadas. Tú te vas a tus cosas, yo me voy a las mías, y aquí no hay nada más que hablar.
El chaval soltó una risita baja, de esas que me ponían los pelos de la nuca de punta, y se acercó dos pasos más. Quedó a la distancia justa para que pudiera oler su perfume.
—Tiene gracia —dijo, mirándome los labios sin ningún tipo de vergüenza—. Habla de respeto, pero no me ha mirado a los ojos ni una sola vez desde que he bajado a la cocina. ¿Tiene miedo de algo, Ana?
Escuchar mi nombre de su boca otra vez me produjo un chispazo eléctrico que me bajó directo a las piernas.
—No tengo miedo de nada, chaval —mentí, clavándole la mirada para demostrarle una fuerza que no tenía—. Solo tengo sentido común. Cosa que a ti te falta.
Dani sonrió con la mitad de la boca, esa sonrisa socarrona que me estaba volviendo loca desde que bajé del autobús.
—Ya veremos cuánto le dura el sentido común con la casa vacía toda la noche —murmuró.
Dio media vuelta sin añadir una sola palabra más y se fue por el pasillo hacia las escaleras, dejándome allí parada, con el corazón latiéndome en las orejas a doscientas revoluciones por minuto.
Me dejé caer en una silla de la cocina y me pasé las manos por la cara, resoplando.
Madre mía, Ana. Veinticuatro horas a solas con este muchacho. Dios nos pille confesados.