La Madura en la Habitación de Invitados
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Capítulo 1 Las Vacaciones
El viaje en autobús fue una paliza monumental: diez horas aguantando a un señor a mi izquierda que roncaba como un generador diésel, el olor a café y los pueblos apenas iluminados pasando por la ventanilla.
Pero bueno, qué le vas a hacer, era el precio a pagar por escapar del despacho.
Necesitaba estas dos semanas libres como comer.
Hablando con Laura, mi mejor amiga de la universidad, apañamos que me venía a su casa a desconectar.
Vive a tomar por culo, en un pueblo pequeño de esos donde todo el mundo se conoce, pero me apetecía un montón verla.
En nuestros tiempos mozos éramos uña y carne.
Llegué a la estación a las nueve de la mañana. Bajé del trasto ese y el olor a pino y humedales me dio directo en la cara.
—Mira a quién tenemos aquí, ¡si es la señorita dinamita en persona! —soltó Laura nada más verme, estrujándome en un abrazo de esos que te crujen las vértebras—. Qué alegría verte, tía.
—¡Pero si estás estupenda, reina! ¡No ha pasado un solo año por ti! —le dije riéndome de oreja a oreja.
—Uff, han pasado más cosas de las que le admitiría a mi terapeuta... Bienvenida, Ana. Venga, vamos a casa, que te hemos preparado un desayuno de diez.
—¿"Hemos"? ¿Hay algún maromo en la ecuación del que no me haya enterado? Cuéntamelo todo ya mismo.
Caminamos hacia su SUV gris, resplandeciente al otro lado de la calle.
—Qué va, tonta, eso del amor ya no es para mí. Me refiero a Dani y a mí.
—Ah... claro, claro.
Daniel. Su hijo. El chico hiperactivo que hace una década se dedicaba a romper los adornos del salón y a tirarle del pelo a mi hijo Luka cuando jugaban en el parque.
El coche de Laura olía a cuero caro y a perfume de boutique. Una pulcritud casi ofensiva que chocaba con las casas bajas del pueblo.
—Joder, Laura, se nota que la vida no te trata nada mal, ¿eh?
—Es la ventaja de ser la única médica especialista en cincuenta kilómetros a la redonda, querida —soltó sin quitar el ojo de la carretera—. ¿Y tú qué tal?
—Bueno, la gestoría es un infierno de papeles, el jefe es un amargado y alquilar algo decente en el centro cuesta un ojo de la cara, pero oye, sigo respirando.
—Estamos todos igual, aunque no te lo creas.
No, no se lo creía ni ella, pero le acepté la piedad.
—Pero ni te preocupes, unos días aquí y verás cómo se te quitan las tonterías de la cabeza. Te voy a llevar a montar a caballo, es súper terapéutico...
—Igual me animo a probar cosas nuevas.
—¡Esa es la actitud! Esa es la Ana de la facultad, la que no le tenía miedo a nada.
Me reí. No sabía si se refería a mi versión valiente o a mi versión fiestera, porque ella en las juergas universitarias, dicho sea de paso, no se perdía una copa ni aunque fuera de garrafón.
—Además, con el cuerpazo que tienes se nota que te cuidas.
—Por favor, Laura...
—En serio, Ana, ¿has visto cómo te miraban esos dos tíos al bajar del autobús? Nada mal para una cuarentona, jajaja.
—¡Cállate, que tenemos exactamente la misma edad!
Nos echamos unas risas estruendosas. Por un segundo volví a tener veinte años. A Laura nunca le importaron los formalismos y a mí tampoco, las cosas como son.
Llegamos a una urbanización privada y aparcamos frente a una casa moderna, preciosa y absurdamente bien puesta. Laura tocó el timbre.
—Espero que Dani no siga durmiendo, ese chico me trae con…
—Déjale en paz, mujer, que los chavales a su edad duermen como osos.
Se oyeron unos pasos pesados a toda prisa y la puerta se abrió de golpe.
—Hola, mamá, casi no os oigo —dijo un chaval quitándose los cascos del cuello—. Hola, señora García.
Me quedé de piedra. Puse mi mejor cara de póker como pude, pero por dentro mi cerebro hizo un cortocircuito.
¿Pero quién es este pedazo de espécimen y por qué me está sonriendo como si saliera de un anuncio de colonia cara?
—Eh... hola...
—Parece que no le reconoces... ¡Dani, saluda bien! —le ordenó Laura.
El chaval dio un paso al frente y me dio dos besos. Madremía. Olía a madera joven y a limpio. Medía fácilmente metro noventa; prácticamente me tapó el sol de la mañana.
—Qué bien que habéis llegado. ¿Tenéis hambre? Dadme las maletas, que os las llevo dentro.
—Gracias... ¿Dani? ¡Madre mía, qué bien te ha sentado dar el estirón, chaval! —no pude contenerme.
Laura se reía de lado, como orgullosa del espécimen que había criado.
Entramos a la casa. El chaval llevó mis cosas a la habitación de invitados con una facilidad pasmosa, cargando los dos bultos como si fueran bolsas del supermercado.
—Si necesitáis algo, me decís.
—Gracias, hijo —Laura se giró hacia mí —. Bueno, amiga, estás en tu casa, ¡de verdad! Cualquier cosa que necesites solo pídemelo… o a Dani si es que no está metido en su PC.
Asentí con una sonrisa y nos sentamos a desayunar para ponernos al día. Qué falta me hacía esto. Las llamadas por teléfono no son lo mismo ni de coña.
En un parpadeo ya era mediodía cuando le sonó el móvil a Laura. Miró la pantalla y puso cara de circunstancias.
—Uh, qué rabia, me ha surgido una urgencia en la clínica y tengo que salir pitando. Vuelvo para la cena con suerte. Dani te atiende, tú apáñate tranquila.
Laura salió echando leches. Yo me quedé sola en el salón y decidí que lo primero era deshacer el equipaje y pegarme una ducha.
Estaba colocando mis pantalones en el armario cuando oí un par de golpes suaves en el marco de la puerta abierta.
Ahí estaba Dani. Apoyado en el marco, alto, con los hombros anchos y esa cara de ángel que desentonaba por completo con el cuerpo de tipo que va al gimnasio cinco días a la semana.
—Disculpe, señora García, le dejo la clave del wifi y la llave de la entrada.
Me alargó un papelito. Me acerqué a cogerlo.
—Gracias...
Nos quedamos como dos tontos mirándonos.
—Oye, que sigo sin dar crédito. La última vez que te vi no me llegabas ni a la cintura.
El chaval soltó una sonrisa tranquila, sin perder la compostura.
—El tiempo pasa rápido.
—Ya te digo. Debes tener a medio pueblo comiendo de tu mano.
Ahí se soltó una risita baja, socarrona, que me hizo reordenar la postura sin darme cuenta.
—No se crea, lo normal —dijo, clavándome los ojos un segundo más de lo necesario—. Ah, le he traído esto por si se va a duchar, son toallas limpias y un gel que huele bien.
Me tendió un neceser. Al cogerlo, nuestras manos se cruzaron. No fue un roce accidental de un milisegundo; sus dedos rodeaban la tela y los míos tocaron su piel. Estaba cálido. Se quedó un instante quieto, mirándome la cara con una curiosidad que no tenía nada de inocente.
—Gracias... —dije, sintiendo que me sonrojaba repentinamente, me di vuelta y me hice la ocupada.
—Nos vemos en la comida. —dijo listo para irse.
—¿Cocinas tú?
—Iba a pedir algo fuera. ¿Le apetece algo en especial?
—No, no, para nada... pide lo que más te guste, chaval.
Nos quedamos mirando un segundo de más, en un silencio raro que ninguno de los dos supo romper.
Dio media vuelta y se fue por el pasillo. Cerré la puerta despacio, me apoyé contra la madera y dejé ir el aire que no me había dado cuenta de que estaba aguantando todo este tiempo.
¿Pero qué coño me pasa? ¿Por qué me pone nerviosa este chaval? O peor aún... ¿por qué coño me pone nerviosa el hijo de mi amiga?
***
Salí de la ducha sintiéndome renacida. Con el pelo envuelto en la toalla y el vapor aún flotando en el baño, logré poner las neuronas en orden.
Tranquilidad, Ana, calma. No pasa nada, es perfectamente normal. Te has cruzado con un tío que está para llevártelo y has sentido un chispazo... nada que no esté en tu cabeza. Culpa del cansancio del viaje y de llevar demasiado tiempo a dieta de alegrías.
Saqué el portátil, me atrincheré en la cama y me puse un capítulo de mi serie para distraerme.
Esto es todo lo que necesito.
Llevaba media hora metida en el drama cuando escuché unos golpes en la puerta que me retumbaron directo en la boca del estómago.
Toc, toc, toc.
—Señora García, la comida está lista.
—Gracias, Dani, ahora mismo voy.
Aún seguía en bata; el tiempo vuela cuando la serie se pone interesante. Me encajé unos jeans que me quedaban de escándalo y una camiseta blanca ajustada, más que nada por comodidad, claro.
Al entrar al comedor, allí estaba él: despeinado con estilo y con esa sonrisa de anuncio encuadrada en su cara de ángel. Por un milisegundo pensé que me había delatado a mí misma mordiéndome el labio, pero disimulé como una campeona.
—Espero que le guste el pastel de patatas relleno.
—Chaval, con el hambre que traigo me comería hasta el mantel.
—¿Qué tal el viaje?
—Una paliza.
—Me lo imagino... —soltó, clavándome los ojos directo a los míos.
—Y tú… ¿qué tal en la facultad? —dije volviendo la atención a mi plato antes de que el cuerpo me traicionara y me pusiera roja como un tomate.
—Bien... En dos semanas tengo el examen de anatomía, así que ando bastante liado.
—¿Ah, sí? ¿Sigues el camino médico de la familia?
—Me gusta el área.
—Eso es lo importante. Ya sabes lo que dicen: encuentra un trabajo que te guste y no trabajarás ni un solo día de tu vida —solté, sonriendo como una tonta.
Pero qué coño acabas de decir, Ana, por favor. ¿Un chaval guapo te mira a los ojos y se te olvida cómo articular una charla normal?
Nos sonreímos con cierta timidez y, tras un par de bocados, él volvió a levantar la vista.
—¿Y cómo está Luka?
—Ah... bien, anda también liado con los exámenes de la universidad.
—Sí, algo de eso me contó.
—¿Cómo? ¿Habláis?
—Me agregó a redes el año pasado y de vez en cuando charlamos de lo que surja.
—¿"De lo que surja"? —puse mi mejor cara de burlona—. ¿Así le llamáis a hablar de tías ahora?
—Jajaja, no, no, señora García, yo no decía...
—A Luka siempre se le ha dado bien el tema novias, pero como te dije, me da a mí que tú debes tener a todas las chicas del pueblo comiendo de tu mano.
El chaval sonrió, levantó las cejas y miró su plato unos segundos antes de devolverme la jugada.
—Pues me da a mí, señora García, que a usted le pasa exactamente lo mismo en el gimnasio.
Y me lanzó una sonrisa que no tenía absolutamente nada de inocente.
—Pero bueno, ¿qué dices, chaval?
—Jajaja, perdón, solo quería devolverle el cumplido.
Cambió de tema al instante, pero mi sexto sentido me decía que solo estaba mareando la perdiz, que me había puesto a prueba y yo le había dado justo la respuesta que buscaba... O igual eran fantasías mías, vete a saber.
Terminó de comer y se fue hacia la cocina.
Compórtate, Ana, por lo que más quieras.
Apuré los últimos bocados y llevé mi plato para allá. Él estaba ordenando la encimera, cuando me acerqué.
—Oye, no te preocupes que ya lavo yo todo, no quiero sentirme como una parásita.
—Para nada, es la invitada de honor… aunque si tanto le molesta, por hoy le cedo el puesto —dijo, señalando el fregadero con una inclinación burlona.
Le seguí la corriente haciendo una reverencia absurda: "Me honra, con su permiso". Y ahí estaba yo, una mujer de 45 años siguiéndole el juego a un chaval de...
—Oye, Dani, ¿cuántos años tienes exactamente?
—Veintiuno, señora García. ¿Por qué?
—Nada, nada, curiosidad... Es buena edad.
—¿Buena edad para qué?
—Pffff, nada, tonterías mías, no me hagas ni caso.
—Vale —sonrió él, encaminándose hacia la puerta.
Solté el aire que tenía retenido, aliviada. Pero justo al pasar a mi lado, se detuvo apenas un segundo, recortando el espacio entre los dos. Alzó la mano y, con un gesto aparentemente casual, me apartó un mechón de pelo que me caía sobre la cara. Sus yemas me rozaron la mejilla, lentas, calientes.
—Supongo que se refería a edad para divertirse… —murmuró con una voz baja que me erizó hasta el último pelo de la nuca.
Me clavó la mirada un segundo eterno, me regó la cara con otra sonrisa socarrona y salió de la cocina sin prisa, dejándome clavada junto al fregadero.
Me apoyé contra el mármol, intentando que el corazón no se me saliera por la boca.
Madre mía... Mierda, Ana. Mierda.
Esto no podía estar pasándome. ¿El muchacho estaba jugando conmigo? ¿me estaba tentando abiertamente en su propia casa...? y lo peor de todo es que ese solo movimiento me aceleró el pulso a doscientos por hora.
Maldito muchacho.