Capítulo 97 — LOS LÍMITES DEL SISTEMA
LOS LÍMITES DEL SISTEMA
Comisaría General de Madrid
Andrade siguió la comparecencia a través de los informes que le llegaron durante el resto de la tarde, sintiendo, con la confirmación formal de la declaración de culpabilidad, la satisfacción profesional habitual de un caso que finalmente alcanzaba su resolución después de semanas de trabajo meticuloso.
Pero aquella satisfacción, esta vez, llegaba acompañada de una reflexión más profunda que no había experimentado con tanta intensidad en ninguno de los otros casos significativos de su carrera de once años dirigiendo la unidad de revisión.
Se quedó en su despacho, ya con la mayoría del personal habiendo terminado su jornada, repasando una última vez el expediente completo: la firma falsificada que había llamado su atención inicialmente, el testimonio devastador de Lucía Ferrer, la confesión voluntaria de Rubén Sotelo, y finalmente, la declaración de culpabilidad que cerraba formalmente, desde una perspectiva puramente legal, un caso que había tardado veinticuatro años en resolverse correctamente.
Cabrales entró en el despacho, encontrándolo todavía absorto en sus propios pensamientos.
—¿Todo bien, jefe?
—Sí. Solo pensando en lo extraño que resulta este tipo de victoria profesional.
Hemos hecho exactamente lo que se supone que debe hacer este trabajo: descubrir la verdad, exigir responsabilidad, dar voz a quien fue silenciado injustamente durante tanto tiempo.
Y sin embargo, no siento la satisfacción simple que esperaría sentir.
—¿Por qué no?
—Porque detrás de cada pieza de este caso hay vidas humanas reales que ya no van a ser las mismas, independientemente de lo correcto que haya sido nuestro trabajo.
Una familia destruida, una carrera profesional terminada, un hombre que recuperó la justicia pero perdió veinticuatro años que nunca va a poder recuperar de ninguna manera.
El sistema, incluso cuando funciona correctamente, como creo que ha funcionado en este caso concreto, sigue dejando un rastro de daño que ninguna sentencia, por justa que sea, consigue reparar completamente.
Cabrales se quedó pensativa, considerando aquella reflexión con la misma seriedad con la que Andrade la había formulado.
—Quizás esa es exactamente la parte más honesta de este trabajo, jefe. Entender que la justicia, incluso cuando se consigue, nunca borra completamente el daño previo. Solo evita que ese daño siga acumulándose indefinidamente.
Andrade asintió, guardando finalmente el expediente en el archivador correspondiente, un gesto simbólico que marcaba, al menos desde la perspectiva de su propia unidad, el cierre formal de un caso que había dominado gran parte de su atención profesional durante las últimas semanas.
—¿Crees que aprenderemos algo de esto, como sistema, o simplemente vamos a archivarlo como un caso resuelto más, sin extraer ninguna lección institucional más profunda?
—No lo sé, jefe. Pero espero que al menos sirva para recordarle a alguien, en algún momento futuro, que ninguna posición de autoridad debería ofrecer inmunidad permanente frente a la rendición de cuentas, sin importar cuántos años hayan pasado desde la decisión original.
—Esa sería una buena lección para extraer. Aunque sospecho que el sistema, en su conjunto, tiene una memoria institucional bastante corta para este tipo de advertencias.
Cabrales se despidió poco después, dejando a Andrade solo en su despacho, repasando una última vez los nombres de todas las personas implicadas en este caso: Irene, Hugo, Rubén, Sara, Lucía Ferrer, cada uno cargando ahora con una versión distinta del peso que esta historia les había impuesto, sin que ninguna sentencia formal, por correcta que fuera, consiguiera devolverles completamente la vida que tenían antes de que la verdad finalmente saliera a la luz.
Apagó finalmente la luz de su despacho, ya pasadas las ocho de la tarde, y caminó hacia su coche con la sensación habitual de cualquier caso cerrado: la satisfacción del trabajo bien hecho, mezclada con la conciencia inevitable de que, en algún lugar de la ciudad, varias vidas seguían reconstruyéndose, pieza a pieza, sobre los cimientos que su investigación había terminado de derribar.
Condujo hacia casa en silencio, sin radio, pensando en su propia hija, todavía adolescente, y en lo que querría que alguien hiciera por ella si algún día se encontrara en una situación similar a la de Marta Lago: que alguien, en algún momento, sin importar cuánto tiempo tardara, se preocupara lo suficiente por descubrir la verdad completa.