Capítulo 98 — UN DÍA CUALQUIERA
UN DÍA CUALQUIERA
Apartamento de Sara Bermúdez, Madrid
Rubén se despertó aquella mañana sin ningún plan urgente organizando su jornada, una sensación que todavía le resultaba extraña después de veinticuatro años de rutina carcelaria seguidos de semanas enteras de planificación obsesiva centrada en un único objetivo.
Se quedó tumbado un momento más, simplemente escuchando los sonidos del apartamento, el agua corriendo en el baño donde Sara se estaba duchando, el tráfico distante de la calle empezando su jornada habitual, y decidió no tener ninguna prisa por levantarse.
Cuando finalmente se preparó para el día, se encontró ante una pregunta que en cualquier otro momento de su vida adulta habría resultado completamente insignificante, pero que esa mañana concreta le pareció cargada de un significado simbólico inesperado: qué quería comer esa noche.
Sara salió del baño, encontrándolo todavía frente a la nevera abierta, considerando las opciones disponibles con una concentración que ella no había visto nunca aplicada a algo tan trivial.
—¿Todo bien?
—Estoy decidiendo qué cenar esta noche. Sin razón estratégica de ningún tipo, sin que nadie más necesite que tome esta decisión por ningún motivo específico. Solo porque tengo hambre y me apetece algo concreto.
Sara sonrió, entendiendo la importancia simbólica oculta detrás de aquel gesto tan simple.
—¿Y qué has decidido?
—Todavía no lo sé. Pero me está gustando, por primera vez en mi vida adulta, el proceso de decidirlo sin presión externa alguna.
Pasó el resto de la mañana ocupándose de tareas pequeñas y completamente ordinarias: organizando algunos papeles personales, investigando en internet los trámites necesarios para terminar formalmente su carrera, incluso dedicando una hora entera a investigar, sin ninguna urgencia particular, qué cursos de especialización en revisión penal podría considerar matricularse el próximo semestre.
Era, comprendió hacia el mediodía, sentado en la cocina con un café que esta vez sí consiguió terminar completamente, la primera mañana en veinticuatro años que había transcurrido sin que ningún pensamiento relacionado con Irene Salgado organizara, aunque fuera mínimamente, el curso de sus propias decisiones.
Por la tarde, salió a caminar de nuevo, esta vez con un destino concreto: la facultad de Derecho donde había realizado sus estudios a distancia, para informarse en persona sobre los trámites necesarios para obtener formalmente su titulación completa, algo que había cursado académicamente desde dentro de prisión pero que nunca había tramitado del todo una vez en libertad.
La funcionaria que lo atendió, ajena por completo a la historia que había hecho posible su presencia en aquella oficina administrativa, le explicó los pasos necesarios con la misma indiferencia profesional que aplicaría a cualquier otro estudiante, y Rubén sintió, en aquel anonimato simple, una libertad que ninguna victoria pública había conseguido ofrecerle con la misma claridad.
Volvió al apartamento ya entrada la tarde, con una carpeta de documentación administrativa bajo el brazo.
Aquel gesto burocrático tan ordinario representaba, paradójicamente, uno de los pasos más significativos hacia la vida normal que durante tanto tiempo había creído que nunca llegaría a experimentar.
Sara lo recibió con curiosidad genuina sobre cómo había ido la gestión, y los dos se sentaron en la cocina a repasar juntos los plazos y requisitos para completar formalmente su titulación, sintiendo, mientras planeaban aquellos pasos tan ordinarios, que estaban construyendo, ladrillo a ladrillo, los cimientos concretos de un futuro que apenas unas semanas antes ninguno de los dos había sido capaz de imaginar con tanta claridad.
—Esto se siente raro —dijo Rubén, mirando los papeles esparcidos sobre la mesa de la cocina—. Planear algo tan ordinario como completar una titulación universitaria, sin que ninguna urgencia mayor compita por mi atención.
—Acostúmbrate —respondió Sara, sonriendo—. Esto es lo que se supone que se siente vivir una vida normal. Vas a tener mucho tiempo para acostumbrarte a partir de ahora.
Terminaron de organizar los papeles, y Sara propuso salir a cenar fuera esa noche, simplemente para celebrar, sin necesidad de ninguna razón más elaborada, el simple hecho de seguir adelante, juntos, hacia lo que fuera que viniera después, sin que ningún plazo ni ninguna amenaza pendiente determinara ya el ritmo de sus decisiones cotidianas.
Rubén aceptó, y los dos se vistieron despacio, sin prisa, disfrutando del lujo nuevo de una tarde sin nada urgente pendiente.