Capítulo 96 — EL ASIENTO DEL ACUSADO
EL ASIENTO DEL ACUSADO
Juzgado de Instrucción, Madrid
La sala estaba completamente llena cuando Irene entró, escoltada por su abogado, para su primera comparecencia formal como acusada, un giro que ninguna de las decenas de veces que había ocupado el estrado como magistrada le había preparado para experimentar desde la perspectiva exactamente opuesta.
Se sentó en el banquillo de los acusados, un mueble que físicamente no se diferenciaba demasiado de cualquier otro asiento de cualquier sala judicial que había conocido durante toda su carrera, pero que simbólicamente representaba una distancia que ella nunca había imaginado tener que cruzar en su propia vida.
Buscó con la mirada entre el público presente, identificando a Fernando en la segunda fila, con una expresión seria pero presente, sosteniendo su apoyo con la misma firmeza silenciosa que había demostrado desde que decidió volver a casa.
Hugo estaba sentado a su lado, con Patricia, que había decidido, después de mucho pensarlo, acompañarlo en este momento tan determinante para toda la familia.
Y entonces, en la última fila, casi escondido entre el resto del público anónimo, reconoció un rostro que no esperaba ver presente en aquella sala.
Rubén Sotelo, sentado solo, observándola sin expresión de triunfo ni de rencor evidente, simplemente presente, como si necesitara, después de veinticuatro años, ver con sus propios ojos el momento en que el sistema finalmente empezaba a tratarla con el mismo rigor que le había aplicado a él hace tanto tiempo.
El juez de instrucción inició formalmente la sesión, leyendo los cargos completos con la precisión burocrática habitual: prevaricación judicial, falsedad documental continuada, obstrucción a la justicia.
Irene escuchó cada palabra con la misma atención profesional que había aplicado durante toda su carrera a cualquier procedimiento similar, aunque esta vez, por primera vez, las palabras estaban dirigidas exclusivamente contra ella.
—Señora Salgado, ¿cómo se declara respecto a los cargos presentados?
Irene se levantó, sintiendo el peso de toda la sala observándola, incluyendo la mirada serena de Rubén desde la última fila, y respondió con la voz más firme que consiguió reunir.
—Culpable, señoría. De todos los cargos, sin ninguna reserva ni ninguna estrategia para minimizar mi responsabilidad real.
Un murmullo recorrió la sala, periodistas anotando rápidamente aquella declaración inesperadamente directa, el propio juez de instrucción levantando la vista de sus documentos con una expresión que sugería que no esperaba una respuesta tan completa sin que mediara negociación previa alguna.
—Señora Salgado, ¿es consciente de que esta declaración de culpabilidad, sin ningún acuerdo previo con la fiscalía, puede resultar en la pena máxima contemplada para estos cargos?
—Soy completamente consciente, señoría. Y he decidido, después de mucho reflexionar, que merezco enfrentar esa posibilidad sin ningún intento de minimizar artificialmente algo que hice con plena conciencia hace veinticuatro años.
El juez asintió, anotando algo en sus propios documentos, y procedió a explicar los siguientes pasos del proceso: la fecha en que se fijaría formalmente el juicio, los plazos para la presentación de pruebas adicionales por ambas partes, las condiciones en las que Irene podría permanecer en libertad durante el desarrollo del proceso judicial completo.
Mientras escuchaba aquellas explicaciones procesales, Irene volvió a mirar hacia la última fila, hacia Rubén, que seguía observándola con la misma expresión serena, y por un momento, breve pero significativo, sus miradas se cruzaron directamente, sin ningún intermediario ni ninguna pantalla protectora entre ellos.
Él no sonrió, ni tampoco mostró ningún gesto de satisfacción evidente.
Simplemente asintió, una sola vez, con un gesto mínimo que Irene interpretó, sin poder estar completamente segura de su significado exacto, como un reconocimiento silencioso de que, finalmente, después de veinticuatro años, algo parecido a la justicia empezaba a tomar forma concreta delante de los dos.
La sesión continuó durante otra media hora más, repasando los aspectos procesales pendientes, fijando la fecha del juicio formal para dentro de tres meses, estableciendo las condiciones de su libertad provisional durante ese periodo de espera.
Cuando finalmente terminó, Irene se levantó del banquillo con la misma dignidad con la que había entrado: aquella primera comparecencia, por dura que hubiera sido, representaba solo el principio de un proceso mucho más largo que todavía tenía que afrontar completamente.
Salió de la sala acompañada de su abogado, sin buscar ya ningún contacto visual adicional con Rubén. Aquel intercambio mínimo de miradas, ya consumado, había sido suficiente por el momento para comunicar todo lo que ambos necesitaban comunicarse sin palabras.