La madre Capítulo 86 — DOS PALABRAS
86%

Capítulo 86 — DOS PALABRAS

DOS PALAbrAS

Pasillo de la Audiencia Provincial de Madrid

Cristina Olmedo esperó hasta que la mayoría de los presentes hubieran salido de la sala, hasta que los periodistas, decepcionados por una sentencia relativamente moderada que no ofrecía suficiente material para un titular llamativo, se dispersaran hacia otros destinos, antes de acercarse a la puerta del despacho de Irene con su abogado todavía a pocos metros de distancia.

—Señoría, solo quería darle las gracias antes de irme.

Irene levantó la vista, sorprendida por la visita, consciente de que cualquier conversación con la acusada, ahora que la sentencia ya era oficial, navegaba un territorio ético mucho más permisivo del que existía antes de que el fallo se hiciera público.

—No tiene que agradecerme nada, señora Olmedo. Simplemente aplicé la ley con la proporcionalidad que el caso merecía.

—No sé si lo sabe, pero no es la sentencia lo que más me ha quedado de todo este proceso.

—Cristina dudó un momento, como decidiendo si valía la pena terminar la frase—.

Llevaba meses cargando con la culpa de no haber dicho la verdad antes, desde el principio.

Y lo único que me ha ayudado a dormir, estas últimas semanas, ha sido aceptar que ya no puedo cambiar lo que hice. Solo lo que hago a partir de ahora.

Irene se quedó en silencio, sin saber qué responder a una confidencia que no había pedido y que, de alguna manera que no conseguía nombrar del todo, le pesaba más de lo que debería.

Cristina se despidió con un gesto breve de la cabeza, sin esperar ninguna respuesta, y se dio la vuelta para alejarse por el pasillo, seguida de su abogado, dejando a Irene de pie en el umbral de su propio despacho, con la sensación extraña de que una frase pensada por Cristina enteramente para sí misma acababa de encajar, sin que la propia Cristina pudiera saberlo nunca, con una precisión devastadora en la vida de la persona que acababa de condenarla.

Volvió a su despacho, cerró la puerta, y se quedó sentada en silencio durante mucho tiempo, repitiendo mentalmente aquellas dos palabras, que representaban, con una economía perfecta, exactamente lo que necesitaba escuchar en este momento de su vida.

Pensó en lo extraño que resultaba que la persona que más claramente había conseguido nombrar su situación interior fuera precisamente la mujer a la que ella misma acababa de condenar, alguien que, lejos de guardarle rencor por la sentencia recibida, había encontrado en su propia experiencia el espacio necesario para ofrecerle, sin que nadie se lo pidiera, una compasión que Irene no se sentía del todo segura de merecer.

Se preguntó si aquella conexión inesperada entre las dos mujeres, forjada en circunstancias tan particulares, sobreviviría más allá de este momento concreto, o si simplemente representaba una de esas conexiones efímeras que la vida produce ocasionalmente entre personas que, por una combinación extraña de circunstancias, terminan reconociéndose mutuamente en un momento de vulnerabilidad compartida, sin que esa conexión necesite extenderse más allá de su propósito inmediato.

Pensó, mientras recogía sus propios papeles, en lo extraño que resultaba que precisamente este caso, entre los centenares que había gestionado a lo largo de su carrera, fuera el que terminara desvelando, con tanta crudeza, la distancia real entre la persona que había proyectado profesionalmente durante dos décadas y la persona que en realidad había sido siempre, debajo de esa proyección cuidadosamente construida.

Recogió sus papeles y salió de la sala vacía, con el peso de ese pensamiento acompañándola durante todo el camino de vuelta a su despacho, un trayecto breve que esa tarde le pareció más largo de lo habitual, como si cada paso requiriera un esfuerzo consciente que normalmente ni siquiera notaba, un esfuerzo que solo en los últimos días había empezado a reconocer como parte del precio invisible de mantener, durante tanto tiempo, una doble vida tan cuidadosamente compartimentada, una compartimentación que ahora, pieza a pieza, se desmoronaba sin que ella tuviera ya ninguna manera real de sostenerla, dejándola expuesta, después de tantas décadas, a la totalidad de quien realmente era, sin ningún velo profesional adicional detrás del cual seguir escondiéndose de sí misma.

Marina llamó suavemente a la puerta, interrumpiendo aquella reflexión, recordándole que todavía quedaban asuntos administrativos pendientes antes de poder cerrar formalmente la jornada, y Irene se levantó, recomponiendo la expresión profesional que durante años había usado para separar lo personal de lo institucional, aunque ya empezaba a sospechar que esa separación, tan cuidadosamente mantenida durante toda su carrera, estaba a punto de derrumbarse de manera definitiva e irreversible.

Firmó los últimos documentos sin apenas leerlos del todo, con la cabeza todavía ocupada por las palabras de Cristina, y cuando finalmente terminó, se quedó mirando por la ventana de su despacho durante un largo rato, observando cómo la luz de la tarde empezaba a declinar sobre los tejados de Madrid, preguntándose cuántas tardes más como esta le quedarían en aquel mismo despacho antes de que todo cambiara de manera irreversible.