La madre Capítulo 85 — LA SENTENCIA
85%

Capítulo 85 — LA SENTENCIA

LA SENTENCIA

Audiencia Provincial de Madrid, Sala Segunda

La sala estaba más llena de lo habitual para la lectura de la sentencia, con periodistas que normalmente no cubrían casos de este tipo ocupando varios asientos de la zona reservada al público, una presencia que Irene interpretó correctamente como el primer indicio visible de que la noticia sobre su propia situación ya empezaba a filtrarse más allá de los pasillos internos del edificio.

Se puso de pie, con el documento de la sentencia en la mano, y empezó a leer con una voz que se esforzaba en mantener completamente profesional, aunque cada palabra, escrita días antes con un cuidado que excedía ampliamente lo necesario para un caso de esta naturaleza, llevaba implícito un significado que solo ella, en aquella sala llena de desconocidos, podía comprender en su totalidad.

—En el caso seguido contra Cristina Olmedo Vázquez, por los delitos de encubrimiento y obstrucción a la justicia, este tribunal considera probado que la acusada actuó motivada por un instinto de protección hacia su hijo que, aunque humanamente comprensible, no puede eximirla de la responsabilidad legal derivada de sus actos.

Hizo una pausa. Las siguientes líneas, redactadas con tanto cuidado durante las noches anteriores, requerían toda la compostura profesional que pudiera reunir para pronunciarlas sin que la voz se le quebrara delante de toda la sala.

—Sin embargo, este tribunal también reconoce que la motivación detrás de un acto ilícito, por noble que parezca desde la perspectiva limitada de quien lo comete, nunca justifica las consecuencias reales que ese acto produce sobre terceros completamente ajenos a la situación original.

El amor, incluso el amor materno más genuino, no constituye una licencia para sacrificar la verdad ni para trasladar a otros el peso de decisiones que deberíamos asumir nosotros mismos con toda su gravedad.

Continuó leyendo el resto de la sentencia con la precisión técnica habitual, fijando la pena en tres años de prisión con la posibilidad de suspensión condicional dado que se trataba de la primera condena de la acusada, pero las palabras anteriores, pronunciadas con una intensidad que algunos de los presentes notaron sin comprender del todo su origen, quedaron resonando en la sala mucho después de que la sesión formal hubiera terminado.

Cuando finalmente terminó de leer, Irene se quedó de pie un momento más, mirando hacia Cristina Olmedo, que la observaba con una expresión que combinaba alivio por la relativa levedad de la condena con algo más profundo, más reconocedor, como si hubiera comprendido exactamente qué tipo de confesión personal acababa de escuchar disfrazada de fallo judicial.

El fiscal se levantó para hacer una última observación formal, agradeciendo la claridad del razonamiento jurídico expuesto, sin tener ninguna idea de cuánto de ese razonamiento trascendía con creces el caso concreto que estaba resolviendo.

El abogado defensor, por su parte, anunció que no tenía intención de recurrir la sentencia, considerando que la pena impuesta, con la posibilidad de suspensión condicional, representaba un resultado razonable dadas las circunstancias del caso.

Irene golpeó el mazo por última vez, declarando formalmente cerrada la sesión, y se quedó observando cómo la sala se vaciaba poco a poco, los periodistas recogiendo sus cuadernos con cierta decepción evidente ante la falta de un titular más dramático, el público ocasional dispersándose hacia sus rutinas habituales, ajenos por completo a la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre la propia magistrada que acababa de leer aquella sentencia con tanta autoridad aparente.

Se quedó sola en la sala vacía durante varios minutos, algo que no hacía nunca, disfrutando de aquel silencio extraño antes de tener que regresar a su despacho y enfrentar lo que fuera que la esperaba durante el resto de la tarde.

Pensó en cuántas sentencias había dictado a lo largo de su carrera sin permitirse nunca, hasta este momento concreto, la introspección personal que esta última había exigido de ella, y se preguntó cuántas de esas sentencias anteriores, examinadas ahora con la misma honestidad recién descubierta, revelarían patrones similares de proyección personal disfrazada de objetividad judicial.

Se levantó finalmente, recogiendo sus propios papeles de la mesa del estrado, y caminó hacia la salida de la sala con un paso más lento de lo habitual, sintiendo que cada segundo adicional que pasaba en aquel espacio, antes de tener que enfrentar el resto del día, merecía ser saboreado con una atención que normalmente nunca le concedía a los rituales rutinarios de su propio trabajo.