La madre Capítulo 84 — LA ÚLTIMA SESIÓN
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Capítulo 84 — LA ÚLTIMA SESIÓN

LA ÚLTIMA SESIÓN

Audiencia Provincial de Madrid, Sala Segunda

Irene entró en la sala para la última sesión del caso Olmedo con la sensación extraña de estar interpretando, por última vez, un papel que había definido toda su identidad profesional durante más de dos décadas, sin saber todavía si después de aquella mañana volvería a tener la oportunidad de ocupar ese mismo lugar.

La noticia sobre su propia investigación, aunque todavía no oficialmente pública, ya circulaba en susurros por los pasillos del edificio: dos secretarias que dejaron de hablar abruptamente cuando ella pasó cerca, un compañero magistrado que la saludó con una formalidad excesiva que delataba más incomodidad que cortesía genuina, Sonia que entró al despacho con los ojos visiblemente enrojecidos, sin atreverse a preguntar directamente qué estaba pasando.

—Buenos días —dijo, con la voz tan firme como consiguió fabricarla, y la sala se puso en pie con el mismo ritual de siempre, aunque a Irene le pareció que algunos de los presentes, esa mañana concreta, la observaban con una atención distinta de la habitual, como si ya supieran, o sospecharan, que algo significativo estaba a punto de cambiar.

El fiscal y el abogado defensor presentaron sus últimas observaciones antes de que el caso pasara formalmente a fase de deliberación, y durante toda la sesión, Irene mantuvo una concentración profesional que le costó un esfuerzo casi físico sostener, consciente de que cada palabra que pronunciaba en esa sala podría ser una de las últimas que pronunciara nunca con la autoridad de su cargo.

Durante el receso de mediodía, Marina entró en su despacho con una expresión que ya no intentaba disimular la preocupación acumulada de las últimas semanas.

—Señoría, hay periodistas preguntando en recepción. No sobre el caso Olmedo. Preguntan por usted directamente, por algo relacionado con un caso antiguo.

Irene sintió que el momento que había estado temiendo, postergándolo mentalmente día tras día con la esperanza irracional de que pudiera evitarse, finalmente había llegado.

—¿Qué les has dicho?

—Que no tenía comentarios que ofrecer, y que cualquier consulta debía dirigirse al departamento de comunicación oficial. Pero señoría, han mencionado un nombre. Rubén Sotelo.

Irene cerró los ojos un momento, sintiendo que el suelo de su despacho, por última vez quizás, antes de que todo se hiciera completamente público, se inclinaba bajo sus pies con una violencia que ya empezaba a resultarle familiar.

—Gracias, Marina. Voy a necesitar que me ayudes a mantener algo de normalidad durante el resto de esta sesión, aunque sea solo apariencia.

Marina asintió, y antes de salir del despacho, se quedó un momento más en la puerta, con una expresión que mezclaba lealtad profesional y una preocupación genuina que ya no intentaba disimular del todo.

—Señoría, sea lo que sea que esté pasando, quiero que sepa que estos nueve años trabajando con usted han significado mucho para mí. Independientemente de lo que digan los periódicos en los próximos días.

Irene sintió aquellas palabras como un peso adicional, sabiendo que la lealtad de Marina, sostenida sobre una versión incompleta de los hechos, probablemente cambiaría una vez que la verdad completa saliera a la luz, pero agradeció, en ese momento concreto, tener al menos esa muestra de apoyo antes de que todo se complicara irreversiblemente.

Retomó la sesión de la tarde con el control profesional que veinte años de carrera le habían enseñado a proyectar incluso en las circunstancias más adversas, aunque cada minuto que pasaba sentía la presencia, cada vez más palpable, de los periodistas en la zona reservada al público, observándola con una atención que ya no tenía nada que ver con el caso Olmedo en sí mismo.

Durante un breve receso, se permitió mirar discretamente hacia esa zona del público, identificando al menos tres rostros que reconoció de coberturas mediáticas anteriores de casos de alto perfil, periodistas especializados precisamente en el tipo de escándalo institucional que su propia situación estaba a punto de convertirse.

Se preguntó cuánto tiempo más, exactamente, podría seguir fingiendo control profesional antes de que la presión acumulada de toda esta atención no deseada terminara quebrando, de manera visible para todos, la fachada que había mantenido con tanto esfuerzo durante semanas enteras.

La sesión continuó, y ella siguió adelante, palabra por palabra, gesto por gesto, sin permitirse ningún desliz visible hasta que el mazo final marcó, por fin, el cierre de aquella larga jornada.